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Historia, tradiciones y leyendas de calles de México. Vol 1

Historia, tradiciones y leyendas de calles de México. Vol 1


Historia, tradiciones y leyendas de calles de México. Vol 1

valoraciones:
5/5 (2 valoraciones)
Longitud:
519 páginas
8 horas
Publicado:
17 ene 2014
ISBN:
9781940281223
Formato:
Libro

Descripción

Inmersos en vidas ajenas, envueltos en un atuendo que no es el nuestro y viviendo la vida de otros, los lectores de este libro poco a poco nos adentramos en los arcanos de la urbe. Aprendemos, en un paseo a la vez geográfico y temporal, que el origen del nombre antiguo de ciertas calles puede hallarse en una historia de amor o en una disposicion testamentaria, o en una tragedia. Este libro constituye un universo completo, orgánico, cerrado: el reflejo de una ciudad durante toda una época, de sus conflictos y sus diferencias tanto sociales como culturales, de sus creencias y supersticiones, de sus miserias y grandezas.

Publicado:
17 ene 2014
ISBN:
9781940281223
Formato:
Libro


Vista previa del libro

Historia, tradiciones y leyendas de calles de México. Vol 1 - Artemio de Valle Arizpe

ÍNDICE

Prólogo

El pobre labrador

La muerta resucitada

La llorona

Las velas del jubileo

La tentación

Un duende y un perro

Por el aire vino, por la mar se fue

La higuera de San Felipe

El barco fantasma

El Indio Triste

Ni cerca de río, ni cerca de frailes

¡Ved cómo nacen bienes de los males!

En las visitas, obsequios

La conciencia es lo primero; el interés, lo postrero

La confesión de una muerta

Por qué la calle del Puente del Cuervo se llamó así

Hijos, para unos, luz; para otros, cruz

Santo de otra fe

Los polvos de los jesuitas

No se sabe cuándo llega

Primero, don; después, doña

Nuestra señora de la Piedad

El alacrán de Fray Anselmo

El mayor monstruo, los celos

Caras vemos, corazones no conocemos

Él, errado, y ella, herrada

La salvación del Divinísimo

La cruz de Santa Catarina

Don Juan Manuel de Solórzano

Los panecillos maravillosos

Orgullosa porfía

El resucitado

El niño de Santa Brígida

El puente del Clérigo

El Señor del Veneno

El misterio del fantasma

Don Fernando de Balmaceda

Las dos bellezas

Sin morir estaba muerto

El armado

Delito con su castigo

El mandato

Así fue la cosa

Sin sombra y sin dinero

Alma en pena

Ojos, herido me habéis

La capilla de la Purísima Concepción

La dama del abanico

Diligente hace amor a la pereza

Lo manifiesto no engaña

Ir a la culpa por el juego

Tan campante quedó después que lo hizo

La muerte tras la desdicha

Prólogo que habla de algunas vicisitudes de la historia y del excelso Don Artemio de Valle-Arizpe que nos legó un abundante patrimonio de lo imaginario y literario en su andar por esta noble y leal ciudad de México

Jermán Argueta

Las ciudades históricas son testamentarias, están ahí como legado, herencia para quien las habita y también para quien las disfruta. Y si los herederos quieren disfrutar de esta herencia, entonces tendrán que leer cuáles son sus bienes y apropiarse de la memoria y de la espiritualidad que late en sus plazas, calles y casas emblemáticas.

Las ciudades históricas son pródigas en sucedidos y relatos mágicos y sobrenaturales. Pero sólo existen espiritualmente cuando la mirada y la palabra les da vida. Don Artemio de Valle-Arizpe, ese excelso caballero que vivió la transmutación vertiginosa de la ciudad de México del siglo XIX al XX, es quien nos ha dejado ese testamento por escrito gracias a su pluma que concibió tantos libros para sólo abrirlos y disfrutar de esta herencia histórica que se compone de cantera, tezontle, olores, sabores, rincones que atisban desde las buhardillas, hierro forjado, balcones desnudos, maquillaje en los muros y miradas que están ahí desde siempre para mirarse espiritualmente en nuestros ojos. Sólo quien deletrea una ciudad histórica sabe que ésta existe porque al caminarla la disfruta, la siente en la sangre, en el pensamiento, en el diálogo nocturno, en su piel de piedra y argamasa y, sólo entonces, la nombra. Digo tu nombre luego me reconozco en ti. Digo tu nombre y algo de tu vida me pertenece.

Hay ciudades que uno imagina en su esplendor: Chichén Itzá, Palenque, Tebas, Troya, Cholula, Teotihuacan, Machu Picchu, Alejandría, Pompeya, Tikal, Cobá, Tenochtitlan. Pero estas ciudades sólo son un tiempo efímero de luz, esplendor para quien se adentra en la historia de ellas. Ciudades en ruinas, ruinas son. Sólo se reconstruyen a pedazos en la memoria arqueológica, y la ciencia con su carbono 14 que dialoga con los vestigios y la cimentación de la arquitectura, la vida cotidiana, la alimentación y los utensilios para reconstruir la historia dorada y de auge de estas ciudades. La arqueología las restaura sólo un poco y escribe de ellas para que no las olvidemos, pero muertas están. La memoria las regresa del cementerio de las ciudades muertas, pero lo que se fue, paradójicamente, vive en la historia (los muertos regresan de vez en vez para dialogar con los vivos).

Otras ciudades sólo son museos en su centro histórico. Ésta es una práctica común de muchos políticos que hacen ciudades para el turismo. Expulsan a los habitantes de los viejos cuadros poblacionales para hacer museos, centros comerciales, bancarios, antros, restaurantes. Las divisas, el dinero, el glamur, el maquillaje arquitectónico y el turismo marcan la pauta para hacer de ciudades históricas ciudades-museo. Pero una ciudad-museo pierde el calor de sus habitantes que le dan vida y espiritualidad con sus fiestas y la cultura de su vida cotidiana. Las ciudades-museo con sus centros comerciales y de consumo vertiginoso para el turismo, en algo están frías como los amantes de piedra o de mármol. Amantes que nos hacen evocar a otros fantasmas en el pensamiento. El calor humano sólo es humano porque no se sustituye con quimeras.

Don Artemio de Valle-Arizpe, el infatigable lector de libros antiguos, investigador en archivos y escritor de más de cincuenta libros, se empeñó en que el centro histórico de la ciudad de México luchara para no ser una pieza de museo. Él, el excelso dialogante con la memoria de las viejas casonas, plazas y calles virreinales, nos legó cientos de relatos que son el cimiento histórico e imaginario que nos permite disfrutar de la sorpresa y el éxtasis de la piel. La piel, nuestra epidermis, también habla cuando se escucha a un buen cuentero narrando sucesos y leyendas de esta ciudad; los buenos espantos enchinan la piel. Honor a quien honor merece, honor a quien le ha dejado un cimiento a esta ciudad para que se reinvente, para que persista aun con todos los jirones que, como bruma, se mueven entre la memoria y el olvido.

Es él, don Artemio de Valle-Arizpe, el que junto con los románticos del siglo xix y los posrománticos del XX, como Juan de Dios Peza, Guillermo Prieto, Luis González Obregón..., se dieron a la noble y ardua tarea de hacer que esta ciudad siga viva espiritualmente como un legado para nosotros. Una ciudad histórica nunca será una ciudad fría mientras tenga el halo de sus viejos habitantes. Nuestros muertos, nuestros aparecidos nos hacen sentir vivos. Los escritores, los que se fueron, también están vivos en ese ciclo del eterno retorno. La leyenda es un viento que viaja con su escritor.

Si los románticos del siglo XIX le dieron espiritualidad a la ciudad de México al hablar de sus costumbres, de su folclor y de su patrimonio de lo imaginario, de don Artemio podemos agregar que en él está la pasión de un amor por ella. Esta majestuosa urbe le dio abrigo (nace en Saltillo, Coahuila, en 1884, y muere en la ciudad de México en 1961) y una memoria para que él la vistiera y la sacara a pasear con sus mejores historias y leyendas. Claro que lo más bello de la escritura de don Artemio, es cuando éste deja volar invenciones en los relatos maravillosos que ennoblecen la vida de los defeños y luego de los mexicanos que miran en al ciudad capital su grandeza arquitectónica. La ciudad capital es un cuenco donde cabe todo lo maravilloso y los sueños de todos los que la habitan; ella no excluye a nadie, es casa, cobijo, sustento.

Esta ciudad es un enorme conglomerado de vida cotidiana, imaginaria y de vida cultural que un día soñó que era una isla rodeada de agua dulce y salada. Todo sueño también es una reinvención de la realidad que se mira en la bruma de la ensoñación, y por esto la ciudad de México-Tenochtitlan es espejo de agua de la tierra prometida. Y sí, aquí todos caben, y si no hay tierra pues no importa, ya unos desecarán las lagunas, otros se treparán a cerros, bajarán a los barrancos y laderas. La ciudad de México, aun con todo esto, sigue siendo maravillosa porque se renueva en las aristas del Apocalipsis.

Las leyendas. La ciudad de México nació primeramente con los mexicas y luego transformó su rostro en los tiempos virreinales. Ya con los españoles, los indígenas fueron ubicados en los barrios periféricos de la ciudad que se apropiaron los peninsulares europeos. Quizá podemos especular y decir que los españoles necesitaron una diversidad de culturas indígenas como mano de obra, primero, para destruir Tenochtitlan (la derrota de los mexicas se consuma el 13 de agosto de 1521) y luego para levantar la nueva ciudad. Pero ya para finales del siglo XVI la ciudad de México es también la suma de inmigrantes (y algunos pocos herederos del ejército de Hernán Cortés) de muchas provincias españolas. Y en esta diversidad están lo silencios a los que hay que darles voz. La historia tiene sus silencios. La cultura de una ciudad antigua vive en los entretelones de las muchas historias que aún hay que escudriñar. Son los silencios que se escuchan como un viento de voces ligeras que algo quieren decir. Y en esos silencios se nutren las leyendas. Las leyendas son un rumor de voces que luego se deja escuchar más claro para volverse más colectivo. Y el rumor tiene palabras que forman frases que se van convirtiendo en un sucedido. Y el sucedido habla de que allá por la calle o en la casa de fulano ocurrió algo muy triste o feo u horrible o milagroso. Nace la leyenda.

Las leyendas se tienen que serenar para que los rumores de los vientos de las muchas palabras asienten sus aguas. Así aparece la escritura, la que atrapa los silencios y escribe y disecciona la historia de la vida y de las mentalidades de los personajes de una época.

Pero tiene que llegar un tiempo para que los escritores aborden nuevos temas de la historia. El quehacer humano está ahí con todo y su pensamiento y sus imaginarios que lo cobijan. Sí, ahí están pero tiene que llegar algo que justifique esa investigación y reflexión de esa práctica social. Los escritores son los psicoanalistas que lanzan su mirada voyerista para investigar el cuerpo social de una época. ¿Para qué? Para escribir y cimentar las prácticas y desvaríos sociales. Ellos, los escritores, son el espejo donde podemos leer el rostro de los tiempos. Los escritores románticos y posrománticos, como don Artemio de Valle-Arizpe, son el espejo por donde nos podemos ver en la historia de las mentalidades con todo y su jardín de imaginarios.

El hombre de las sortijas. El caballero que vestía sus dedos con un anillo diferente los trescientos sesenta y cinco días del año, nos dejó un enorme acervo para nuestras bibliotecas. Sus escritos nos dan certidumbre e identidad, nos brindan una querencia por la literatura y por la historia de la ciudad. ¿Cuánto le debemos a don Artemio de Valle-Arizpe? Cada quien lo suyo. Pero las deudas también son espirituales. Cuando hayamos leído gran parte de su obra lo sabremos. Por lo pronto podemos imaginar al hombre en sus muchas horas de investigación reflexión y escritura. Horas, miles de horas deletreando palabras con tinta sobre miles de hojas de papel. Y en esa soledad del escritor con todas las ansiedades y los gozos que también brinda la escritura de los libros, nacieron La muy noble y leal ciudad de México, según relatos de antaño y ogaño; Antología de crónicas; El Palacio Nacional de México; Virreyes y virreinas de la Nueva España; Por la vieja calzada de Tlacopan; Andanzas de Hernán Cortés y otros excesos; Notas de platería; Calle vieja y calle nueva; Fray Servando; La casa de los hermanos Avila. Sobre el patrimonio de lo imaginario, las leyendas, escribió: Del tiempo pasado; Amores y picardías; Leyendas mexicanas; Sala de tapices; Lejanías entre brumas; Espejo del tiempo; Coro de sombras; Inquisición y crímenes; Personajes de historia y leyenda. Y ahora tiene usted en sus manos el clásico de Historia, tradiciones y leyendas de calles de México, editado por esta casa amiga del patrimonio cultural, Lectorum.

Monumental y prolífico es don Artemio de Valle-Arizpe que en su vértigo por la historia de la ciudad se dedicó con pasión a trabajar en la historia virreinal, en los sucedidos, en las invenciones imaginarias de historias que tatúan alguna calle o casa virreinal. En sus afanes pedagógicos también, voyerista que era, entró, un poco antes de la recámara, en la vida de los virreyes. Un caballero habla de la aventura más no de las damas, quizá sea el pudor de la época. Aunque se dio sus lujos picarescos para escribir y hablar de la Güera Rodríguez. Honor a la mujer del virreinato y a la transición del México independiente, pero las hijas de la Güera Rodríguez, cuando crecieron, eran más apetecibles que la madre, digo, la juventud no es lo mismo que la experiencia amorosa. Otra cosa es la sinuosidad de la piel y la mirada coqueta de las hijas jóvenes. Claro, la madre dio mucho de que hablar...Y si ella hablaba, lo que bien sabía, hasta los inquisidores callaban.

Don Artemio de Valle-Arizpe es el investigador que va al fondo del documento como le gusta a los historiadores que vanaglorian la fuente, pero sobre todo es un literato que hace lo que todo escritor debe hacer, rescribir la historia para que quien la lee pueda recrearla con todo y sentimientos, colores, olores y emociones. La emoción es accionar los placeres por la vida.

Don Artemio de Valle-Arizpe en algo nos recuerda al excelente académico y escritor francés Georges Duby, pluma divina que nos hace vivir y querer y disfrutar la historia medieval europea. Sí, don Artemio, el diplomático de los años que van de 1919 a 1922, también se esmeró por la calidad literaria en muchos de sus textos. Esa sensibilidad para hacer hablar lo que se investiga y lo que se vive, muestran la imagen y la valoración de una época. La escritura también es un recuerdo que nos llena de imágenes (recordar viene del latín recordári, re, es otra vez, y cor, cordis, es corazón. Recordar es volver al corazón las imágenes vividas). La buena prosa en don Artemio deValle-Arizpe (aunque en él aparecían frases de oropel creadas por él mismo para regodearse) es palabra que tiene arraigo en la reinvención de lo que se lee. ¿Qué ciudad no agradece que la reinventen para seguir siendo y no morirse en el olvido?

Don Artemio, ese hombre de buen gusto y mejor paladar, conoció los mejores restaurantes y cantinas de su época, no es sólo un ilustre vendedor de su obra escrita a lo largo de más de siete décadas, es también el obsesivo investigador de campo, etnógrafo en el lenguaje antropológico, que desde dentro investiga lo que va a escribir. El buen escritor es el que se mete en todas partes, pidiendo permiso o sin él. Es el que trabaja con el gusto, la mirada, el tacto y el olfato. En todo esto hay reflexión y devoción para escribir también con todos los sentidos. Es el que cree en la utilidad del lenguaje de lo cotidiano, del testimonio visual. Artemio de Valle-Arizpe es el hombre versátil que crea temas de estudio. Y desde aquí, desde la remembranza, uno lo puede mirar ordenando ideas, dialogando con personajes, unos vivos y otros muertos, que no por eso dejan de hablar de sus desvaríos, placeres o lo que hubieran querido hacer en vida. Así, la historia novelada es la mejor historia y más si viene acompañada de buenas fuentes. Nunca un buen académico, sin buena prosa, se va a comparar con un buen escritor. Y más cuando este último teje su escritura con la erudición, el ensayo y la elegancia literaria. Don Artemio tiene mucho de lo anterior. Por supuesto que podría haber sido mejor si se hubiera rodeado de escritores de su tiempo. La crítica del gremio también forma. Pero en sus andares por la historia y por la escritura, guardando la proporción que a cada quien le toca, él, nuestro cronista de la ciudad de México que recibió tal distinción el 1 de febrero de 1942, me recuerda a esos investigadores franceses que disfrutan lo que escriben de la antigua Europa como Pierre Nora, Jacques Le Goff, Georges Duby.

Todos ellos, y el autor de este libro, tienen la virtud de deleitarnos con el oficio sagrado de los hacedores de historias que bien se disfrutan. Ellos son los exploradores de los silencios que aún no quieren hablar. Son los que escudriñan los paisajes arqueológicos y geográficos de esas épocas antiguas. Teólogos de fantasmas que deifican a los héroes y antihéroes, monjes, malandros, mujeres sin rubor, pícaros y profetas. Teólogos son al permitir que con su pluma esos muertos regresen de vez en cuando para hacernos sentir su presencia divina o sobrenatural.

Un teólogo de los fantasmas, parafraseando a Michel de Certeau, es capaz de analizar cómo reaparece en otra escena distinta ese fantasma del que se habla.

Así, don Artemio de Valle-Arizpe es un teólogo que ha deificado también esta ciudad porque ella es el escenario espiritual para que nuestros muertos y aparecidos tengan casa y sustento. Aquí en nuestra ciudad habitan, desde hace muchos años, las historias, tradiciones y las leyendas de la ciudad de México escritas por nuestro autor.

El acto comprometido en la reflexión es con la misma ciudad que amamos en lo venturoso y las desventuras. El amor existe cuando uno es habitado por el bien amado. La ciudad nos habita, cuando la queremos, hasta el tuétano. Don Artemio llegó a estudiar, en ella vivió para disfrutarla hasta sentir el llamado de las voces que la habitaban. Una ciudad también puede ser seductora porque se nos ofrece etérea para tocar su piel de piedra tibia, olerla hasta en la esquizofrenia de sus fragancias y olfacciones nocturnas. Está ahí, como en un descuido impasible, atisbando nuestro andar para que en un guiño alcemos los ojos y éstos se llenen de luz por su magnificencia. Y la luz sólo es luz en los ojos, cuando se maravillan por lo que ven. Qué más le podemos pedir a la ciudad de México si es la más bella ciudad de América. Y mestiza que es, pues tomó piedras de la ciudad de Tenochtitlan para vestirse como la ciudad de México: la ciudad de los Palacios.

La ciudad de las leyendas. El otoño de la época virreinal está colmado de ruidos, muertes violentas y olores a santidad, amores furtivos, casas de gayas y galanteos en los paseos dominicales.Y qué decir que en honor de silencios nocturnos y con lamparillas de aceite (asustadizas) se daban cita malandros y uno que otro aparecido que regresaba a pedirle cuentas a sus victimarios. Es la ciudad virreinal, la de los imaginarios y las mentalidades de ¡Quién vive! ¡Voto al diablo! ¡Pardiez! Aquí está la historia vivida en los tiempos virreinales. Sí, pero aquí están también lo silencios de la historia. Y la historia hay que seducirla para que hable. ¿Y quién puede hacer esto? Un cortesano. Y el mejor cortesano es el que corteja, y don Artemio de Valle-Arizpe, quién lo duda, era un caballero de traje, sombrero y bastón de lujo.

Para el historiador, para don Artemio, es importante llevar la reflexión en los silencios de una época. Sí, la ciudad de México, estaba en un silencio porque la historia, gran parte de ella, tenía la presencia de los españoles como colonizadores de estas tierras americanas. A ellos se les expulsa pero queda su mentalidad impregnada en la arquitectura que se engalanó destruyendo la arquitectura suntuosa del imperio mexica. Se expulsa a los españoles y la independencia es política; se crea una nueva nación, México. Pero el país independiente con tres siglos de dominio español, se queda con la lengua de los dominadores, el castellano. Y la lengua es filosofía, es una forma de mirar el mundo, es también una cosmovisión. Es un jardín de imágenes y de imaginarios, diría Gilbert Durán. Y estos imaginarios diurnos y nocturnos tienen su presencia en la lengua y en los silencios que habitan la ciudad.

Al romperse el dominio español se queda la lengua castellana con su constelación de un jardín de imágenes. Y en este jardín de imágenes están las leyendas. Y son las leyendas también un mestizaje, una realidad que también enriquece a las culturas que se mezclan con sus diferentes cosmogonías. Las leyendas son ese patrimonio de lo imaginario. Relatos que son viento y rumores de otros tiempos.

El México independiente busca su pasado pero también busca sus costumbres contemporáneas, su identidad. Y la identidad también es el silencio que quiere ser voz. Los escritores románticos, regresando a ellos, escriben también sobre las costumbres y los relatos sobrecogedores, las leyendas. En las leyendas está el espíritu de las ciudades antiguas. Los románticos escriben las voces del alma que habitan en las ciudades. Una ciudad sólo está viva si tiene alma. Quién en su sana memoria va a querer hablar bien de la Macroplaza de Monterrey, o de los feos y retorcidos pasos a desnivel que desaparecieron los antiguos pueblos de Tacuba y Tacubaya. ¡Ah!, pero quién no disfruta hasta el éxtasis las ciudades coloniales de Zacatecas y Guanajuato.

Una ciudad sólo está viva si tiene alma, si tiene sus leyendas. Don Artemio de Valle-Arizpe dignificó la ciudad de México, la hizo más humana al escribir leyendas que tienen asidero en algún suceso, y si no tienen asidero, pues no importa. El pensamiento nuestro en el recuerdo es esa reinvención de la vida vivida. Ahí está el secreto y la espiritualidad de la palabra que cuando habla siempre hablará de una historia que tendrá buen condimento, encantar es el mejor tributo de lo que se cuenta.

Para terminar, hay que decir que Artemio de Valle-Arizpe tiene mucho de los cuenteros populares que inventan cuentos. Las leyendas son parte de la cosmogonía de los pueblos y éstas siempre tendrán esa palabra que por ser sonido y viento sonoro, se reinventa con los otros vientos de la palabra que es murmullo de las muchas voces que están tatuadas de vivos, muertos y aparecidos.

Y si quiere disfrutar de la historia como memoria, de la arquitectura como testimonio y de las leyendas como un jardín de imágenes, pues pase a disfrutar los relatos que le ofrece este libro.

¡Tercera llamada! ¡Comenzamos!

En el Centro Histórico de la ciudad México.

Junio del 2008

EL POBRE LABRADOR

Leyenda de la Plaza Mayor en donde encontrábanse las Casas Nuevas de Moctezuma, las que ocupaban parte de lo que ahora es el Palacio Nacional.

El campo estaba seco, los recios calores lo habían agostado. El cielo, ardido de sol, era de un intenso azul cobalto. No pasaba ni una nube. En el vasto silencio caía límpido el continuo canto de un pájaro. Un pobre labrador trabajaba la tierra dura. Comienza su faena al esclarecer la luz, cesa cuando el sol tramonta. Se veía falto de amigos y parientes este pobre campirano; vivía solo, desamparado, con una resignada tristeza. De tanto inclinarse sobre el suelo ya caminaba encorvado. Sus miembros se hallaban fatigados de la dura jornada. El sudor le llena la frente, el pecho, le gotea por el cuello. Con la mano callosa se lo limpia y levanta hacia el cielo sus suaves miradas para ver si divisa alguna nube que deje caer su lluvia en aquel árido terrazgo. Por el cielo no vuela ninguna nube. Salió una muy leve, muy blanca, de atrás de la montaña, y el viento jugó con ella y la deshizo. El pobre labrador vuelve los ojos mansos al tempero gris. Sigue cavando, arranca matojos dañinos. Es vasto el silencio del campo asoleado. El pájaro sigue vertiendo su ligero, su dulce cantar.

De pronto una gran sombra se mueve rápida por la tierra; el labrador oye un ruido extraño sobre su cabeza, es un apresurado batir de alas. Asustadísimo el labrador alza los ojos y ve casi encima de sí a una enorme águila. El pobre aprieta, consternado, las manos contra el pecho, se encoge lleno de miedo, y de repente siente en su carne el roce tibio de las plumas, luego la aspereza escamosa de las patas y cómo éstas, sacando las garras, se afianzan en el mastate mugriento que se ajusta a su cintura. Dio un leve grito y sus pies desnudos, terrosos, dejaron de pisar el suelo en que se afianzaban seguros y se sintió subir por el aire con ligereza que mareaba. Abajo quedó su campo requemado por el largo asoleo, los árboles que movía el viento con suave rumor, la cinta larga y blanca del camino. Pasó sobre la montaña que desde el valle era azul y ahora la descubría verde con sus pinos y gris con sus grandes rocas. Quería gritar, pero el habla se le fué toda; sólo le quedó un temblor continuo, una persistente sensación de terror.

Echó la mirada hacia abajo y todo era azul; miró hacia arriba y todo también era azul. Una nube blanca bogaba cerca de su cabeza. Traspuso la línea obscura de la serranía y el águila empezó a descender con rapidez, con las alas quietas y tendidas. Al buen labrador le zumbaba el viento en los oídos y en su cuerpo se le pegaba el aire frío del descenso. Llegaron a un lugar escarpado entre la verde maraña de la maleza. Pisó al fin en lugar firme y se extendió por todo su ser un gran bienestar. El águila, posada en un peñasco, lo miraba fijamente, inclinando la cabeza ya hacia un lado, ya hacia otro. De repente rompió a hablar con voz humana que inundó de susto y le heló el alma al infeliz hombre:

Poderoso señor: yo he cumplido tu mandato y aquí está el labrador que me mandaste traer.

Estando en este espanto abrió los ojos el macehual y vió la boca negra de una cueva en la que se columpiaban a manera de cortinas, las flotantes guías de una trepadora en flor. Vino una voz de dentro:

Entra, buen hombre, no temas mal, sosiégate, no tiembles. Penetró tranquilo en la cueva el labrador. Una luz suave la llenaba y hacía visibles los líquenes y las fuertes arrugas de las rocas. Con azoro vió el pobre labrador a un señor de ricas vestiduras y con adornos de oro, dormido sobre un blando lecho de pieles y mantas bordadas con todos los colores. Parpadeó atónito el pobre labrador no creyendo que le dijesen verdad sus ojos, pues al que miraba en pacífico sueño era nada menos que su gran emperador Moctezuma. La maravilla de verse junto a su temido rey le causó temor y helado asombro. No supo el cuitado indio quién le puso en las manos unas rosas que le llevaron delicada fragancia a su olfato y un rollo encendido de hojas de tabaco, un humazo de los que ellos usan chupar encendido, y la voz tornó a sonar clara y distinta, y el labrador no supo ni de dónde salía.

Toma y descansa y mira a ese miserable de Moctezuma cual está sin sentido, embriagado con su soberbia e hinchazón, que a todo el mundo no tiene en nada; y si quieres ver cuán fuera de sí le tiene esta su soberbia, dale con ese humazo ardiendo en el muslo y verás cómo no siente.

El indio se resistió, temeroso, de arrimarle el fuego a su soberano, a quien todo el mundo veía con el respeto y temor de un dios; pero las misteriosas palabras salieron de nuevo imperativas, ordenándole que le arrimara la lumbre. Estaba tembloroso el labrador y veía hacia todos lados con azoro y con su dulce mirada de siervo suplicaba que no le mandasen esa cosa dura. La voz volvió a insistir con imperio y el labrador le pegó aquel fuego en la carne que chirrió y humeó y puso un olor feo en el aire. El Emperador siguió tranquilo, metido en un sueño apacible, sin zozobras. El susto le salió del pecho al buen labrador al ver que Moctezuma no se movió siquiera, como si no hubiese sentido el intenso ardor de la quemadura. La extraña voz se lo confirmó: —¿Ves cómo no siente y cuán insensible está y cuán embriagado? Pues sábete que para este efecto fuiste aquí traído por mi mandado; anda, ve, vuelve al lugar de donde fuiste traído y dile a Moctezuma lo que has visto y lo que te mandé hacer; y para que entienda ser verdad lo que le dices, dile que te muestre el muslo y enséñale el lugar en donde le pegaste el humazo y hallará allí la señal del fuego; y dile que tiene enojado al Dios de lo criado y que él mismo se ha buscado el mal que sobre él ha de venir y que ya se le acaba su mando y soberbia: que goce bien de esto poquito que le queda y que tenga paciencia, pues él mismo se ha buscado el mal.

Se llenó la cueva de tiniebla y en el acto el indio sintió que iba otra vez ligero por el aire, tal y como cuando llegó. A poco se vió a gran altura sobre la montaña; apenas divisaba la cima de los pinos, remeciéndose blandamente. Bajó con rapidez el águila y lo puso en su campo eriazo del que hacía poco lo había arrebatado, y otra vez con voz de persona le dijo:

Mira, hombre bajo y labrador que no temas, sino que con ánimo y corazón hagas lo que el señor te ha mandado, y no se te olvide algo de las palabras que has de decir.

El águila enderezó hacia el cielo su vuelo; anduvo un rato dando vueltas y haciendo cercos y luego se metió en una nube. El indio estaba perplejo, con el ánimo embutido de inquietud y congoja. No atinaba a punto fijo si se quedó dormido en su campo reseco, rendido de fatiga, o si fué realidad lo que había visto y oído, pero al verse en la mano el humazo como le decían los españoles al rollo de hojas de tabaco en el que los indígenas chupaban con deleite, o picietl, como ellos llamábanle en su lengua mexicana, se convenció que aquello fué verdad y muy verdad y no sombra de cosa soñada. Se quedó temblando, pobre criatura indefensa, del miedo que iba a tener ante Moctezuma. Fué al palacio del Emperador movido por secreto impulso y venciendo mil estorbos llegó humildemente, caminando de rodillas, ante el Emperador, y sin atreverse a alzar la mirada para verle el rostro, le dijo con voz opaca por el temor:

Poderoso señor, yo soy natural de Coatepec y estando en mi sementera labrándola, llegó un águila y me llevó a un lugar donde vide a un gran señor poderoso, el cual me dijo descansase, y mirando a un lugar claro y alegre te vide sentado junto a mí y dándome unas rosas y una caña ardiendo (para) que chupase el humo de ella; después que estaba muy encendida me mandó te hiriese en el muslo, y te herí con aquel fuego y no hiciste ningún movimiento ni sentimiento del fuego, y diciendo cuán insensible estabas y cuán soberbio, y cómo ya se te acababa tu reinado y se te acercaban los trabajos que has de ver y experimentar muy en. breve, buscados y tomados por tu propia mano y merecidos por tus malas obras, me mandó volver a mi lugar y que luego te lo viniese a decir todo lo que había visto; y el águila tomándome por los cabellos me volvió al lugar de donde me había llevado, y vengo a decirte lo que me fué mandado.

Después de oír esta relación se quedó pasmado Moctezuma, como queriendo recordar algo; al fin le bajó a la memoria el recuerdo de que la noche anterior había soñado que un indio pobre le puso fuego en un muslo y en el acto se le alzó en toda la pierna un gran dolor. Ardores interiores le pacían las carnes. Se vió la roja señal de la quemadura y ya no pudo mandar sueltamente a su cuerpo. Casi sin pulsos ni aliento lo llevaron a la cama, en la que permaneció por varios días quejándose y sin dormir.

Ordenó, enfurecido, que a aquel indio texcocano lo echaran a una prisión obscura en donde ya no viera sol ni luna y que no volviesen a recordarlo sino hasta pasado tiempo en que fueran a su reclusorio a sacar el cadáver para echarlo de comida a las bestias del campo. Los mandatos de tan gran Emperador se cumplieron.

Nadie es profeta en su tierra, dice el refrán. Creo que es Más pero el que refiere que los terribles reyes de la antigüedad, en el Asia bañada por el Mediterráneo, mandaban matar sin misericordia a los mensajeros que les llevan malas nuevas. En esta leyenda mexicana me ha maravillada siempre el decidido empeño que tuvo el numen de perder al pobre indio, pues bien pudo, dado su poder, utilizar otro recurso para advertir a Moctezuma. Pero, nada, quiso fregar al infeliz aborigen y lo consiguió...

LA MUERTA RESUCITADA

Leyenda del palacio de Moctezuma que se alzaba en una porción del ancho predio que ahora ocupa el Palacio Nacional.

La princesa Papantzin resbaló de la salud y cayó en enfermedad. Se le fué agravando el mal con mucha prisa y la puso en el último peligro de la vida. No había medicina que la volviese a la consonancia. Los remedios parece que le quitaban más la salud. Al fin dió las boqueadas y se fué del mundo. La princesa Papantzin era hermana del emperador Moctezuma y viuda del gobernador de Tlatelolco; murió este magnate y ella siguió en su palacio de muchas estancias hasta que fué a llevársela la muerte. Las exequias fueron con la suntuosa magnificencia que correspondía a su nacimiento ilustre. El entierro tuvo acompañamiento solemne.

Moctezuma iba detrás del cadáver honrando el mortuorio. Con el fastuoso Emperador asistió la nobleza muy llena de adornos de oro y plumería. Se trasladó el cuerpo al lugar de la sepultura, que fué una gruta que estaba en los floridos jardines del palacio y junto a un estanque en que la Princesa solía bañarse alegre. Como era mujer afectuosa, cordial, todos se fueron tristes del lugar del entierro y decían sus virtudes y excelencias. Las palabras lastimeras estremecían el aire.

Al día siguiente una muchacha que vivía en el palacio cruzó cantando por el jardín para ir a casa del mayordomo de la difunta señora, pero al pasar cabe el estanque la vió sentada a su bordo alisándose los luengos cabellos. Pasó de largo la chiquilla con su canción pueril en la boca, pensando, acaso, que la señora iría a regalarse con un baño, cuando oyó que la llamaba dulcemente con la palabra cocoton que servía para llamar y acariciar a los niños. La mocilla se le acercó sin recelo, pues por su edad no era capaz de reflexionar en la muerte de la Princesa.

La mandó que llamase a la mujer del mayordomo a cuya casa iba, y así lo hizo la niña con mucha diligencia, brincando y corriendo, pero la mujer no creyó sus palabras inocentes y se puso a explicarle que el día anterior había muerto la Princesa, pero como la muchacha insistía y sin parar la tiraba del traje, más por complacerla que por dar crédito a lo que le decía, fué al sitio al que la condujo y al ver a la Princesa cayó de golpe al suelo como si hubiera sido alcanzada por un rayo.

La Princesa, con aquella su voz, dulce, acariciante, mandó a la muchachuela que fuese a toda prisa por su madre y esta mujer y dos más muy noveleras, que acudieron a ver a la señora, lanzando un largo grito despavorido, empezaron a sudar y a perderse de calor; el espanto las anegó y pronto quedó desamparado el vigor de todos los cuerpos y también dieron en tierra desmayadas.

La princesa Papantzin las fué auxiliando con la mayor ternura y al volver de nuevo a la vida les dijo que no tuvieran susto, que no estaba muerta, sino viva, qué ¿no la oían hablar? Al oír esto se les confortó a todas el corazón y se llenaron de contento. No cabían de placer viéndola y casi se deshacían de gozo y de júbilo. Las mandó que buscaran al mayordomo y pronto lo trajeron en volandas y la Princesa le dijo que partiera en el acto a dar cabal noticia de lo ocurrido al rey su hermano, a quien le interesaba ver cuanto antes. El pobre hombre, con todo respeto, se resistía a obedecerla por miedo de que su señor Moctezuma no diese crédito a sus noticias y sin examinarlas siquiera lo castigara con el severo rigor con que acostumbraba hacerlo, cuando menos lo mandaría abrir a azotes.

—Ya que tienes miedo, anda, pues, a Texcoco —le dijo la Princesa— y ruega en mi nombre al rey Netzahualpílli que venga aquí a verme y refiérele puntualmente lo que ha acontecido.

Cuando llegó el mentado Netzahualpílli encontró a la Princesa en una cámara de palacio con los bordados atavíos que usó en vida. Al verla quedó demudado y tembloroso. Le parecía ser mentira estarla viendo sonreír y moverse, pero al oírla hablar ya tuvo certidumbre y firmeza de que no estaba muerta, ni que era un fantasma vano. La Papantzin le rogó con mucho comedimiento que pasara a la ciudad de México a decir a su hermano Moctezuma que fuese muy servido de venir a verla a Tlatelolco porque quería descubrirle algo que era de suma importancia y darle claro testimonio de una cosa.

También Moctezuma se resistía a dar crédito a lo que escuchaba de labios del veraz Netzahualpílli. Y aunque una y otra vez le oyó decir lo mismo, seguía agarrado a su parecer de que no era cierto lo que oía. Le rogó Netzahualpílli que para hacerle evidente demostración de la verdad lo acompañara a Tlatelolco, en donde tendría una certeza infalible, con la que cerraría la puerta a todas sus dudas. El Emperador, por no faltar al respeto debido a su aliado, consintió en acompañarlo, pero, mañoso y precavido como era, temiendo alguna celada, mandó que fueran con él muchos nobles y bastantes guerreros so pretexto de que aquel largo cortejo iba a honrar a su hermana.

Al encontrarse frente por frente con ella, le preguntó, anhelante, creyendo que fuese una fantasmagoría que se iba a deshacer en el aire como un vapor sutil: —¿Sois vos, Papantzin, sois vos? ¿Sois por ventura mi hermana?

—Yo soy, señor, qué ¿no me conocéis? Soy vuestra hermana Papantzin, la misma que habéis enterrado ayer. Estoy viva en verdad y quiero manifestaros lo que he visto y oído, porque mucho os importa saberlo.

Absortos tomaron asiento los dos reyes en sendos equipalis cubiertos de suaves salvajinas para enmuellecerlos, y los nobles guerreros se quedaron de pie detrás de ambos señores, y estaban mil veces espantados y atónitos, considerando la maravilla. La Princesa habló con suavidad y lentitud:

—Después que perdí la vida, o si esto os parece imposible, después que quedé privada de sentido y movimiento, me hallé de pronto en una vasta llanura, a la cual por ninguna parte se descubría término. En medio observé un camino, que se dividía en varios senderos, y por un lado corría un gran río, cuyas aguas turbulentas hacían un ruido espantoso. Queriendo echarme a él, para pasar a nado a la orilla opuesta, se presentó a mis ojos un hermoso joven de gallarda estatura, vestido con un ropaje largo, blanco como la nieve y resplandeciente como el sol. Tenía dos alas de hermosas plumas y llevaba esta señal en la frente (al decir esto la Princesa se hizo con los dedos la señal de la cruz) y tomándome por la mano me dijo: Detente, aún no es tiempo de pasar este río. Dios te ama, aunque no lo conoces. De allí me condujo por las orillas del río, en las que

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Lo que piensa la gente sobre Historia, tradiciones y leyendas de calles de México. Vol 1

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