Encuentra tu próximo/a libro favorito/a

Conviértase en miembro hoy y lea gratis durante 30 días
Las variedades de la experiencia religiosa. Tomo II. Estudio de la naturaleza humana

Las variedades de la experiencia religiosa. Tomo II. Estudio de la naturaleza humana

Leer la vista previa

Las variedades de la experiencia religiosa. Tomo II. Estudio de la naturaleza humana

valoraciones:
3.5/5 (16 valoraciones)
Longitud:
337 página
7 horas
Publicado:
Jan 16, 2014
ISBN:
9781943387632
Formato:
Libro

Descripción

El tomo primero de este libro, nos dejó en un estado de expectación. Con esta segunda parte, debería ser más agradable nuestro trabajo. Es cierto que algunas pequeñas porciones pueden ser dolorosas o incluso mostrar la naturaleza humana bajo una luz patética, pero resultará fundamentalmente agradable, porque los mejores frutos de la experiencia religiosa constituyen el capítulo más gratificante que la historia puede exhibir. Los impulsos de la caridad, la devoción, la confianza, la paciencia, el coraje, hacia los que las alas de la naturaleza humana se extienden, provienen de ideales religiosos.

Publicado:
Jan 16, 2014
ISBN:
9781943387632
Formato:
Libro

Sobre el autor

William James (1842–1910) was an American philosopher, physician, and psychologist. The brother of novelist Henry James, William James is remembered for his contributions to the fields of pragmatism and functional psychology. 

Relacionado con Las variedades de la experiencia religiosa. Tomo II. Estudio de la naturaleza humana

Libros relacionados
Artículos relacionados

Categorías relacionadas

Vista previa del libro

Las variedades de la experiencia religiosa. Tomo II. Estudio de la naturaleza humana - William James

Índice

Conferencias XI, XII y XIII. La santidad

Conferencias XIV y XV. El valor de la santidad

Conferencias XVI y XVII. El misticismo

Conferencia XVIII. La filosofía

Conferencia XIX. Otras características

Conferencia XX. Conclusiones

Post scriptum

Conferencias XI, XII y XIII

La Santidad

La conferencia última del tomo primero nos dejó en un estado de expectación. ¿Cuáles pueden ser, para la vida, los frutos de las impresionantes conversiones que hemos oído? Con esta pregunta abrimos el capítulo realmente importante de nuestro trabajo; como recordarán no sólo comenzamos esta investigación empírica para iniciar un capítulo curioso en la historia natural de la conciencia humana, sino para adquirir un juicio espiritual respecto del valor total y significado positivo del problema religioso en su totalidad y de la felicidad conseguida. Por consiguiente, primero describiré los frutos de la vida religiosa y después los juzgaremos. Este planteamiento divide la investigación en dos partes bien diferenciadas; y sin extendernos más en el preámbulo, adentrémonos en la tarea descriptiva.

Esta parte debería de ser la más agradable de nuestro trabajo. Es cierto que algunas pequeñas porciones pueden ser dolorosas o incluso mostrar la naturaleza humana bajo una luz patética, pero resultará fundamentalmente agradable porque los mejores frutos de la experiencia religiosa constituyen el capítulo más gratificante que la historia puede exhibir. Siempre han sido considerados así, y si en alguna parte existe, aquí anida la vida ardua, y evocar una sucesión de ejemplos, como últimamente he tenido que aducir, aunque sencillamente los haya leído, es sentirse animado, estimulado y limpio hacia una atmósfera moral mejor.

Los impulsos de la caridad, la devoción, la confianza, la paciencia, el coraje, hacia los que las alas de la naturaleza humana se extienden, provienen de ideales religiosos. Lo mejor que puedo hacer es citar algunas observaciones que adelanta Sainte-Beuve en su History of Port Royal, sobre los resultados de la conversión o estado de gracia:

Pese a todo, desde un punto de vista puramente humano, el fenómeno de la gracia parece demasiado extraordinario, eminente y raro, tanto por su naturaleza como por sus efectos, como para merecer un estudio más profundo. Porque el alma llega así a un estado equilibrado e inexpugnable; un estado que es genuinamente heroico y desde el cual se realizan los hechos más grandes que nunca podría realizar el alma. A través de las formas diferentes de comunión, y pese a la diversidad de medios que ayudan a producir este estado, ya se consiga mediante un jubileo, una confesión general o plegaria solitaria o, resumiendo, cualquiera que sea el lugar y la ocasión, es fácil reconocer que fundamentalmente se trata de un estado fructífero y espiritual. Si penetramos en la diversidad de circunstancias, se manifiesta que es siempre una y la misma modificación la que afecta a cristianos de todas las épocas, que hay realmente un único espíritu fundamental e idéntico de piedad y caridad común a los que han recibido la gracia: un estado interior que, antes que nada, es de amor y de humildad, de infinita confianza en Dios y severidad con uno mismo acompañado de ternura hacia los semejantes. Los frutos característicos de esta condición del alma poseen, en su conjunto, el mismo sabor bajo distintos soles y en ambientes diferentes, tanto para santa Teresa de Avila como para cualquier hermano moraviano de Hermhut».1

Aquí, Saint-Beuve sólo piensa en los ejemplos más importantes de regeneración y, naturalmente, en los más instructivos para nosotros. Con frecuencia, estos devotos dispusieron de sus caminos de manera tan diferente a los demás hombres que si los juzgáramos mediante la ley mundana nos sentiríamos tentados a considerarlos monstruos o aberraciones de la naturaleza. Por consiguiente, comienzo planteando una cuestión psicológica general sobre cuáles son las condiciones íntimas que pueden hacer que un carácter humano sea tan diferente de otro.

Puedo contestar de inmediato que, por lo que respecta al carácter como algo distinto del intelecto, las causas de la diversidad humana se encuentran principalmente en nuestra sensibilidad emocional distinta y en los diferentes impulsos e inhibiciones que aquéllas comportan. Déjenme aclararlo.

Hablando en general, nuestra actitud moral y práctica, en cualquier momento dado, constituye siempre el resultado de dos conjuntos de fuerzas en nosotros mismos: impulsos que se comprometen en una dirección e inhibiciones que los retienen. «Sí, sí», dicen los impulsos; «no, no», las inhibiciones. Incluso aquellos que no hayan reflexionado expresamente sobre el tema se darán cuenta de cómo constantemente se manifiesta en nosotros este factor de inhibición, cómo nos reprime y moldea por su presión restrictiva como si de fluidos contenidos en un recipiente se tratara. La influencia es tan incesante que acaba siendo subconsciente. Todos ustedes, por ejemplo, están aquí en este momento soportando alguna inhibición, sin conciencia de la misma a causa de la influencia del momento; si se quedaran solos en la habitación, cada uno de ustedes, inconscientemente, se recompondría y tomaría una actitud más «libre y abierta». Sin embargo, las convenciones e inhibiciones se rasgarían como una telaraña si sobreviniese una excitación emocional fuerte. He visto un dandy salir a la calle con la cara llena de crema de afeitar porque ardía una casa, y una señora convencional correría en camisón en plena calle si de salvar su vida o la de su hijo se tratara. Tomen la vida de una mujer mimada e indulgente consigo misma, se rendiría a todas las inhibiciones que sus desagradables sensaciones le provocasen, dormiría hasta tarde, viviría de té y sedantes y se quedaría en casa cuando hiciese frío; todas las dificultades la encontrarían con el «no» en los labios; pero imagínenla como madre, ¿qué sucede? Poseída por el entusiasmo maternal, ahora se resigna al insomnio, el cansancio y el trabajo pesado sin dudar ni un momento y sin queja alguna. El poder inhibitorio del dolor se extinguirá siempre que los intereses del hijo estén en juego, los inconvenientes que esta criatura ocasiona parecen, como dice James Hinton, la realidad resplandeciente de una inmensa alegría y constituyen las condiciones genuinas por las que la felicidad es mucho más profunda.

Se trata de un ejemplo de lo que denominamos «el poder justificador de una noble pasión»; pero sea elevada o inferior, no hay diferencia alguna si la emoción que comporta es bastante fuerte. En uno de sus discursos, Henry Drummond habla de una inundación en la India en la que quedó indemne una colina con un bungalow que se convirtió en refugio ocasional tanto de los animales feroces y los reptiles como de los seres humanos que allí había. En un momento dado apareció un tigre real de Bengala que nadaba y nadaba hacia el lugar, llegó y se tumbó en tierra jadeando como un perro, huyendo de la gente, poseído por tal terror que uno de los ingleses se le acercó tranquilamente con un rifle y le voló la cabeza. La ferocidad habitual del tigre se encontraba temporalmente reprimida por la emoción del miedo, que se convirtió en soberana y se constituyó en el nuevo centro de su carácter.

A veces no predomina estado alguno de emoción, sino que muchos de ellos, contrarios entre sí, se entremezclan, y en este caso sentimos «síes» y «noes» simultáneos y es la «voluntad» entonces la que debe resolver el conflicto. Piensen, por ejemplo, en un soldado al que el temor a la cobardía le induce a avanzar, el miedo le impulsa a correr y sus tendencias miméticas lo empujan en diversas direcciones, si sus camaradas le ofrecen ejemplos diversos... Su personalidad se convierte en un conjunto de interferencias y dudará durante bastante tiempo porque ninguna emoción predomina. Existe un nivel de intensidad que si es alcanzado por alguna emoción se convierte en la única efectiva y elimina los antagonismos y todas sus inhibiciones. La furia de la carga de sus camaradas, una vez comenzada, proporcionará al soldado ese grado de coraje; el pánico de la derrota le proporcionará la medida del miedo. Cuando se producen estas excitaciones predominantes, las cosas que ordinariamente parecen imposibles se tornan naturales porque resultan anuladas las inhibiciones. Su «no, no» ya no se percibe porque no existe, y entonces los obstáculos aparecen como aros de papel para el jinete de circo, ningún impedimento existe porque la corriente es más fuerte que el obstáculo que suponen. «Lass sie betteln gehn wenn sie hungrig sindl», grita el granadero frenético por la captura de su emperador, cuando le hablan de su mujer y de sus hijos; y hombres encerrados en un teatro incendiado se han abierto paso entre una multitud a cuchilladas.

Una forma de excitabilidad emocional es, por su poder destructivo característico sobre las inhibiciones, importante en la composición del carácter enérgico. Me refiero a la que en su forma más atenuada es simple irascibilidad, susceptibilidad a la cólera, temperamento agresivo, y que en formas más sutiles todavía se manifiesta como impaciencia, severidad, seriedad, determinación. La determinación significa el deseo de vivir con energía, sin miedo al dolor que ésta pueda proporcionar; el dolor puede ser dolor en los demás o dolor propio, es indiferente ya que cuando el mal humor se instala en uno lo que se pretende es destruir algo sin importarnos qué o quién. Nada destruye una inhibición de la forma en que lo hace la ira, porque, como dice Moltke de la guerra, la destrucción pura y simple constituye su esencia. Eso la convierte en aliada valiosa de cualquier otra pasión; se aplastan los encantos más dulces con un placer feroz en el momento en que se interponen como portavoces de una causa que provoca nuestra indignación. Entonces no cuenta en absoluto perder amistades, renunciar a bienes y privilegios enraizados, romper las ligaduras sociales. Incluso, experimentamos una severa alegría en la austeridad y la desolación, y lo que denominamos debilidad de carácter es, en muchos casos, la ineptitud para sacrificar temperamentalmente las propias inclinaciones.

Hasta ahora he hablado de alteraciones temporales producidas por emociones cambiantes en la misma persona, pero las diferencias relativamente fijas del carácter de personas distintas se explican de forma muy similar. En un hombre con tendencia a un tipo particular de emoción, series completas de inhibiciones desaparecen —las que en otros hombres permanecen efectivas— y nuevos tipos de inhibiciones ocupan su lugar. Cuando alguien posee un don innato para determinadas emociones su vida difiere, curiosamente, de la propia de la gente ordinaria, ya que no le estorban ninguno de los frenos usuales; el simple aspirante a un tipo de carácter, por el contrario, sólo muestra la inferioridad, sin esperanza de acción voluntaria o instintiva, cuando aparece el luchador, amante o apóstol natural para quien la pasión es un don de la naturaleza. Deliberadamente ha de superar sus inhibiciones, el genio con pasión innata parece no sentirlas en absoluto, es libre de cualquier fricción interior y del desgaste nervioso; para un Fox, un Garibaldi, un general Booth, un John Brown, una Louise Michel, un Bradlaugh, los obstáculos insuperables resultan inexistentes y si el resto de nosotros no hiciésemos caso de tales obstáculos habría muchos héroes así, porque son numerosos los que tienen el deseo de vivir por ideales similares y sólo les falta el grado adecuado de energía anuladora de las inhibiciones.

La diferencia entre voluntad y deseo, entre poseer ideales creativos e ideales que nada más sean excusa y nimiedad, sólo depende de la cantidad de presión que induzca al carácter en la dirección ideal, o bien de la cantidad de emoción ideal adquirida fugazmente. Dada una cierta cantidad de amor, de indignación, generosidad, magnanimidad, admiración, lealtad o entusiasmo siempre se obtiene el mismo resultado. Toda esta magnitud de obstrucciones cobardes que en personas dóciles y en humores apagados constituyen impedimentos fundamentales para la acción, se desmoronan inmediatamente. Nuestro convencionalismo,5 nuestra timidez, nuestras demandas de paso y permiso, de garantía y seguridad, nuestros pequeños recelos, timideces, desesperanzas ¿dónde están ahora? Rotas como telarañas, disueltas como burbujas en el aire.

Wo sind die Sorge nun und Noth

Die mich noch gestern Wolti erschlaffen?

Ich schám’ mich dess’ im Morgenroth.

La corriente las empuja tan ligeramente que no percibimos su contacto; una vez liberados, flotamos, retozamos y cantamos. Esta franqueza y elevación aportan una brillante y alegre singularidad a los ideales creativos en todos sus niveles, una peculiaridad que en ningún otro lugar aparece tan marcada como cuando la emoción es religiosa. Un místico italiano escribe: «El verdadero monje sólo lleva consigo su lira».

Debemos pasar ahora de estas generalidades psicológicas a los resultados del estado religioso que constituyen específicamente el tema de esta conferencia. El hombre que vive en su centro religioso de energía y le impulsan entusiasmos espirituales difiere de su yo carnal anterior de una forma perfectamente definida. El nuevo ardor que enciende su pecho consume con su fulgor las inhibiciones inferiores que antes le perseguían y lo inmuniza de la porción vil de su naturaleza. La magnanimidad antes imposible ahora parece fácil; los convencionalismos insignificantes y los viles incentivos antes tiránicos, ahora ya no le sojuzgan. El muro de piedra de su interior se ha derrumbado. Pienso que podemos imaginarnos todo esto recordando nuestro estado sentimental en aquellos «tiernos momentos» en los que a veces nos coloca la vida real, el teatro, o en ocasiones una novela Especialmente si lloramos, ya que entonces parece como si nuestras lágrimas brotasen de un manantial interior inveterado y dejásemos que los viejos vicios y las esclusas morales fluyeran dejándonos limpios y con el corazón suave y abierto a toda noble iniciativa. La dureza habitual vuelve, en la mayoría de nosotros, en seguida; pero no ocurre así en las personas santas. Muchos santos, incluso los enérgicos como Teresa y Loyola, poseen lo que la iglesia tradicionalmente venera como una gracia particular, el denominado don de las lágrimas. En estas personas, la tierna emoción parece haber sido controlada casi ininterrumpidamente, ocurriendo también con otras afecciones exaltadas lo que sucede con las lágrimas y las emociones tiernas: su reinado puede advenir por un crecimiento gradual o por una crisis, pero en cualquier caso parece haber llegado «para quedarse».

Al final de la conferencia última vimos que dicha permanencia era cierta, la del primado del interior religioso, aunque con la disminución de la excitación emocional pueden sobrevivir temporalmente motivos más viles y producirse la recaída; sin embargo, también hemos probado con casos documentales que las tentaciones inferiores pueden quedar completamente anuladas, separadas de la emoción pasajera y en calidad de una alteración de la naturaleza habitual del hombre. Antes de embarcarnos en la historia natural general del carácter regenerativo quiero persuadirles de este hecho curioso con uno o dos ejemplos. Los más numerosos los constituyen los de los alcohólicos regenerados. Recuerden el caso de Hadley de la última conferencia, la misión de Water Street de Jerry Auley presenta numerosos casos similares.6 También recordarán al graduado de Oxford que se convirtió a las tres de la tarde y se emborrachó en el campo de avena al día siguiente, pero que más tarde se apartó para siempre de este vicio. «Desde aquel momento la bebida ya no representó para mí un peligro, jamás la pruebo, no bebo nunca. Ocurre lo mismo con la pipa [...] el deseo desapareció súbitamente y nunca volvió. Y lo mismo con cada pecado conocido, en cada caso la liberación ha sido permanente y completa. Desde la conversión no he tenido tentaciones».

Aquí tenemos un caso análogo de la recopilación manuscrita de Starbuck:

Entré al viejo teatro Adelphi, donde había una reunión piadosa [...] y comencé diciendo: «Señor, Señor, he de poseer tu bendición». Entonces una voz audible en mi interior dijo: «¿Deseas abandonarlo todo al Señor?», y continuó haciéndome pregunta tras pregunta a las que yo contestaba: «¡Sí, sí, Señor!». «¿Por qué no aceptas ahora la gracia?». Dije: «La acepto, Señor». No sentía ninguna alegría extraordinaria, sólo confianza. Cuando acabó la reunión y salí a la calle encontré a un señor fumando un cigarro de calidad, una nube de humo le cubría la cara, de la que inspiré buena parte. Alabé al Señor, mi apetito había desaparecido totalmente. «¡Gloria al Señor! [...]. Sin embargo, durante diez u once años (después de esto) estuve perturbado por sus altibajos, pero el gusto por el licor no volvió nunca».

El caso clásico del coronel Gardiner es el de un hombre que se curó del apetito sexual en una hora. El coronel relató a Spears: «Estaba eficazmente curado de toda inclinación por éste, había sido tan adicto que pensaba que sólo una bala en la cabeza me podría curar, y sin embargo, el deseo e inclinación hacia él había desaparecido totalmente, tan por entero como si fuese un niño de pecho, y por el momento no ha vuelto la tentación». Las palabras de la señora Webster al respecto son: «Había oído frecuentemente que el coronel afirmaba ser demasiado adicto a la impureza, antes de su conocimiento de la religión, pero tan pronto como fue iluminado desde lo alto, sintió que el poder del Espíritu Santo transformaba su naturaleza de manera tan sorprendente que su santificación parecía más sorprendente que la de cualquier otro».

Esta abolición súbita de viejos impulsos y tendencias nos recuerda lo observado previamente como consecuencia de la sugestión hipnótica y es difícil no creer que las influencias subliminales constituyen la parte decisiva en estos cambios tan abruptos de corazón, como ocurre en el hipnotismo.8 Encontramos terapias de sugestión en los informes de curación después de algunas sesiones, de malos hábitos inveterados contra los que el paciente, abandonado a influencias físicas y morales ordinarias, había luchado en vano. Tanto la embriaguez como el vicio sexual fueron curados de esta forma, ya que la acción a través del elemento subliminal parece, en muchos individuos, poseer la prerrogativa de inducir a un cambio relativamente estable. Si la gracia de Dios opera milagrosamente, a buen seguro lo hace por la puerta de lo subliminal. Pero todavía no se ha explicado cómo cualquier cosa actúa en este ámbito, y haremos bien en despedimos del proceso de transformación —si quieren, lo dejaremos en un gran misterio psicológico o teológico para pasar a los frutos de la condición religiosa, sin importamos la forma en que éstos han sido producidos.

El nombre común para los frutos maduros de la religión en el carácter es el de santidad;10 el carácter santo es aquel para el cual las emociones espirituales son el centro habitual de la energía personal, y existe una panorámica compuesta por la santidad universal, la misma para todas las religiones, de la cual podemos trazar fácilmente las características.11 Son éstas, a saber:

1. La sensación de vivir una vida más abierta que la de los pequeños intereses egoístas de este mundo y la convicción, no sólo intelectual sino sensible, de la existencia de un Poder Ideal. En la santidad cristiana este poder está siempre personificado en Dios, pero los ideales morales abstractos, las utopías cívicas o patrióticas, o las versiones íntimas de la felicidad y el bien también pueden sentirse como verdaderos dueños y estímulos de nuestra vida, de la forma que he descrito en la conferencia sobre la realidad de lo no visible,12

2. La sensación de la continuidad amistosa del Poder Ideal con nuestra vida y una rendición voluntaria a su control.

3. Una libertad y una alegría inmensas son los perfiles de esa individualidad ajena al egoísmo.

4. Un cambio del centro emocional hacia sentimientos de amor y armonía, hacia el «sí, sí» y lejos del «no», por lo que respecta a las aspiraciones del no ego.

Estas condiciones externas fundamentales producen consecuencias prácticas características, como las siguientes:

a) Ascetismo. La autorrendición puede llegar a ser tan apasionada que acaba en la autoinmolación. Entonces puede anular las inhibiciones ordinarias de la carne de tal manera que el santo encuentra un placer positivo en el sacrificio y el ascetismo, que miden y expresan el grado de su lealtad al poder superior.

b) Fortaleza del alma. La sensación de que la vida se ensancha puede ser tan elevada que los motivos e inhibiciones personales, normalmente omnipotentes, se hacen insignificantes al darnos cuenta, y se abren nuevos horizontes de paciencia y fortaleza. Los temores y sufrimientos desaparecen y una feliz ecuanimidad toma su lugar. Venga del cielo o el infierno, ¡eso da igual ahora!

«Nos prohibimos a nosotros mismos la ambición de la popularidad, cualquier deseo de parecer importantes. Nos prometemos abstenernos de la falsedad en cualquiera de sus grados. Prometemos no crear o animar ilusiones en la medida de lo posible en cuanto decimos o escribimos. Nos prometemos unos a otros una activa sinceridad que procure ver claramente la verdad y que nunca tenga por qué decir lo que ve.

»Prometemos deliberada resistencia a los altibajos de la moda, a los booms y miedos del gran público, a toda forma de debilidad o miedo.

»Nos autocensuramos el uso del sarcasmo. Hablaremos seriamente y sin sonreír, sin burla y sin que parezca que nos mofamos —incluso de cualquier cosa, ya que todas son formas serias de constituir luz del corazón.

»Pondremos siempre por delante lo que somos, simplemente y sin falsa humildad, como también sin pedantería ni afectación u orgullo».

c) Pureza. El cambio del centro emocional comporta, primero, un incremento de pureza. Se eleva la sensibilidad a los desajustes espirituales y se hace imperativo limpiar la existencia de elementos brutales y sensuales. Se evitan las ocasiones de contacto con elementos semejantes; la vida santa debe profundizar su consistencia espiritual y mantenerse inmaculada. En algunos temperamentos, esta necesidad de pureza de espíritu toma una dirección ascética y la debilidad de la carne es tratada con severidad despiadada.

d) Caridad. El cambio del centro emocional comporta, en segundo lugar, un aumento de la caridad y ternura hacia los semejantes. Los motivos ordinarios para la antipatía, que normalmente establecen los límites de la ternura entre los seres humanos, se inhiben. El santo ama a sus enemigos y trata a los mendigos incómodos como hermanos.

A continuación veremos algunos ejemplos concretos de estos frutos del árbol espiritual. La única dificultad consiste en elegirlos, ya que son muy abundantes.

Puesto que la sensación de la presencia de un poder amigo superior parece ser la característica fundamental de la vida espiritual, comenzaré por ello. En nuestros relatos de conversión observaremos cómo el mundo puede parecer brillante y transfigurado al converso,13 y dejando aparte algo tan intensamente religioso, todos tenemos momentos en que la vida universal parece inundamos de serenidad. En la juventud y la salud, en el verano, en bosques y montañas, hay días en los que el tiempo parece murmurar paz; horas en que la bondad y la belleza de la existencia nos arropa como un clima cálido y seco o suena como si nuestros sentidos internos resonasen a nuestro través, sutilmente, con la seguridad del mundo. Thoreau escribe:

Una vez, cuando hacía pocas semanas que había llegado al bosque, pensé durante una hora si la compañía del hombre era esencial para una vida serena y saludable. Estar solo constituía algo desagradable. Sin embargo, bajo una dulce lluvia, cuando todavía pensaba de esta manera, me di cuenta repentinamente de la dulzura y beneficio de la compañía de la naturaleza, en las gotas que tamborileaban, en cada mirada y sonido al volver a casa; una amistad infinita e inexplicable, como una atmósfera que me sostuviera, hacía insignificantes las ventajas que imaginaba en la compañía humana y desde entonces no he vuelto a pensar en ello. Cada aguja de pino crecía y se ensanchaba con gracejo y se convertía en mi amiga, percibía con tanta precisión la presencia de algo análogo a mí que pensé que ningún lugar volvería a parecerme extraño.14

En la conciencia cristiana este sentido de amistad envolvente se hace más personal y definido. Un autor alemán escribe: «La compensación por la pérdida de esta sensación de independencia personal, que el hombre abandona sin ganas, es la desaparición del miedo en la vida de un hombre. El sentimiento indescriptible e inexplicable de una íntima seguridad que sólo puede experimentar uno mismo pero que, una vez experimentada, jamás puede olvidarse».15

Existe una excelente descripción de este estado en un sermón de Voysey:

La experiencia de minadas de almas que creen afirma que la sensación de la constante presencia de Dios en ellos, en sus idas y venidas, de día y de noche, es la fuente del reposo absoluto y de la tranquilidad confiada. Aleja cualquier temor de que nos pueda ocurrir. La proximidad de Dios ofrece una seguridad constante contra el temor y el sufrimiento; no se trata de seguridad física o de que se consideren protegidos por un amor denegado a los demás, sino que se encuentran en un estado de ánimo adecuado para la seguridad o para hacer frente a cualquier herida. Si sucediera un infortunio, estarían contentos de soportarlo porque el Señor los protege y nada puede ocurrir que El no desee. Si se trata de su voluntad, el mal será para ellos una bendición y no una calamidad, sólo de esta manera el creyente se protege y ampara del mal. De cualquier modo, yo, que no soy en absoluto un hombre de piel dura ni nervios de acero, estoy completamente satisfecho con esta disposición y no deseo ningún otro tipo de inmunidad contra el peligro y la desgracia. Tan sensible al dolor como cualquier organismo, incluso el más susceptible, siento que lo peor ha sido conquistado y arrancado completamente el aguijón con el pensamiento de que Dios es nuestro cuidadoso amante y nos vigila sin que nada pueda dañarnos si no lo permite su voluntad.16

En la literatura religiosa abundan expresiones más exaltadas de esta condición. Les podría cansar fácilmente con su monotonía. Este es el relato de la señora Edwards:

La noche de ayer fue la más agradable de mi vida. Nunca antes, durante tanto tiempo, había disfrutado de la luz y la dulzura del cielo dentro de mi alma, sin la más mínima agitación de mi cuerpo en ningún momento. Pasé parte de la noche despierta, a ratos dormida y a veces medio adormecida. Pero durante toda la noche tuve la sensación constante, clara y viva, de la dulzura celestial del amor excelso de Cristo, de su proximidad y de mi propio afecto hacia El. Me parecía percibir cómo el fulgor del amor divino descendía del corazón de Cristo desde el cielo hasta mi corazón como un torrente constante, como una corriente o un fino rayo de suave luz. Al mismo tiempo, mi corazón y mi alma fluían de amor por Cristo, pareciendo que existía un flujo y reflujo constante de amor celestial, y me sentía flotando o nadando en estos dulces rayos como las motas suspendidas en los rayos del sol, o los raudales de su luz al entrar por la ventana. Pienso que lo que sentía posee más valor que todas las comodidades y placeres que tuve en mi vida. Era placer sin tormento alguno ni interrupción, era una dulzura en la que mi alma se sentía perdida; parecía ser cuanto mi débil cuerpo era capaz de soportar. Existía poca diferencia entre el sueño y la vigilia, pero si existía alguna, la dulzura era más grande cuando dormía.17 Al despertarme, a mi hora habitual, me pareció que casi había roto conmigo misma, ya que las opiniones del mundo con respecto a mí no me importaban apenas nada, como de alguien totalmente desconocido. La gloria de Dios empapaba todos los deseos y anhelos de mi corazón... Después de reposar durante un tiempo me desperté y me encontré pensando en la misericordia de

Has llegado al final de esta vista previa. ¡Regístrate para leer más!
Página 1 de 1

Reseñas

Lo que piensa la gente sobre Las variedades de la experiencia religiosa. Tomo II. Estudio de la naturaleza humana

3.6
16 valoraciones / 14 Reseñas
¿Qué te pareció?
Calificación: 0 de 5 estrellas

Reseñas de lectores

  • (1/5)
    James' atheistic arrogance and sarcasm drip through almost every page. This pretentious and deceitful pseudo-enlightenment of our privileged class is appalling and leads us to the effete socialism of Greece, Italy, France, Spain, etc.
  • (5/5)
    A good, although difficult, read. How does human nature act upon our perceptions of what we consider supernatural? There is validity to our spiritual bent. It comes about through culture and belief. The validity of that belief is independent of scientific verification.
  • (5/5)
    I wore a copy of this book out, and replaced it in the early nineties with this edition. It is both a worthy reference (still, more than 100 years after it was first written), and a pleasure to read.
  • (1/5)
    I am actually glad I read this. It was rather educational. Maybe the most educational example in here is poor old Henry Suso. Yup, he of the "undergarment studded with a hundred and fifty brass nails, sharpened and so fixed as to pierce his skin".Thomas Paine dismissed this kind of nonsense easily a hundred years before James in The Age of Reason. Someone else's private "revelations" are nothing to me.
  • (3/5)
    The book, The Varieties of Religious Experience, by William James is the result of the 1901 Gifford Lectures on Natural religion at the University of Edinburgh, Scotland. My edition was published in 1958. William James was an American psychology professor (Harvard University). He came to philosophy late in his life.As can be expected of a non-fiction book written in the early part of the last century (1901-2), it is dense. The vocabulary and grammar are a bit stiff and academic. As can be expected of a book that has remained in print for over a century, Varieties in Religious Experience is a fascinating, landmark book.It takes over 20 pages to define religion as it will be discussed in the lectures/book. ?Religion, therefore, as I now ask you arbitrarily to take it, shall mean for us the feelings, acts, and experiences of individual men in their solitude, so far as they apprehend themselves to stand in relation to whatever they may consider the divine.? is a quotation from the middle of this discussion, which further defines divine so that it includes the non concrete divine such as in Emerson's Natural Law and Buddhism's atheism.James' view is of individual extremes of religious emotions, objects, and acts. Apparent unity is artificial, and it is in the variety where one finds the reality of religious inspiration and truth.This is the first draft of this review, which will be continued when I finish the book, which will be a while, as it is an incredibly dense book.
  • (5/5)
    James asks: "Who know whether the faithfulness of individuals here below to their poor over-beliefs may not actually help God in turn be more effectively faithful to his own greater tasks?"James asserts the need for psychology to study individual spiritual experiences. This being a legitimate and often fruitful occurrence with practical effects. He gives account of many individuals and their stories, and studies the thread recurring in many of them, the core being love of God and others, the feeling of relief and all will be alright as taken care of by something greater than oneself.
  • (5/5)
    William James presented the "Gifford Lectures on Natural Theology" at the University of Edinburgh as 10 lectures each in 1901 and 1902, and later published his edited lecture notes as this book. James presents a psychology, a philosophy, and a science of religion, aspects of which are both remarkably modern and out-dated. His use of first-person narratives (many quoted from E.D. Starbuck's 1899 "The Psychology of Religion" -- full text available at books.google.com) provides a database which he then uses to build his thesis. Sam Harris, Christopher Hitchens, and most directly Carl Sagan ("Varieties of Scientific Experience") all build on this foundation. The clearly (and stated) Anglo-Protestant perspective which James takes dates this work, but the read is still more than worthwhile. The first 15 lectures (or so) present his "psychological" data, while the remaining lectures provide his philosophical and "scientific" conclusions. Now on to "The Varieties of Religious Experience: Centenary Essays" by Michel Ferrari and "William James and a Science of Religions: Reexperiencing The Varieties of Religious Experience" by Wayne Proudfoot. [Proudfoot edited the B&N version of "Varieties" and provides a good introductory chapter.]
  • (4/5)
    Despite its title, The Varieties of Religious Experience does not seek to compare or explain the world’s many organized religions. Instead, it is psychologist William James’ detailed exploration of what many today would term personal spirituality. For James, it is the individual’s direct relationship with or experience of the divine that is primary. The rituals, philosophies, and dogma of organized religions are imitative: they provide roadmaps for the masses who have not had the direct experience. As a result of this focus on the individual, James formulates a theory of religious experience that is relatively tolerant and inclusive. James describes radically different examples of religious experience, from faith healing to bodily mortification, and explains how they each benefit persons of different temperaments. He judges these experiences based on their immediate, practical effects on the individual and the community, taking an agnostic stance towards the actual source. As a result, Varieties strikes an interesting balance between materialistic skepticism and respect for the spiritually inclined.Varieties has some definite flaws, especially for the modern reader. James’ personal bias as a 19th Century, well-educated Protestant is glaringly evident, and he assumes that his audience shares his background (the essays were originally given as a series of academic lectures). While his theories generally encourage or imply tolerance and religious diversity, these themes are often undermined by James’ condescending or even contemptuous tone when describing religious practices he finds alien. He also tends to rely primarily on Christian examples, with very limited forays into other faiths. His writing style is also somewhat dry, tedious, and long-winded. I admit that I often enjoyed reading the first-hand accounts that James quotes as examples more than I enjoyed reading James himself.Nevertheless, Varieties remains a classic in the field, and a fascinating compendium of many different accounts of personal spiritual revelation. I recommend the much-anthologized chapter “Mysticism” to those who are curious about these ideas, but do not wish to tackle the entire 400+ page tome.
  • (2/5)
    A dry and brutally boring read. I know it is supposed to be a classic but 19th century religious psychology is not for me I guess. However, there were a few gems within this tome. I now know where the "streams of consciousness" idea comes from. Maybe its being so immersed in the world right now makes reading about individuals who turn their back on it seem a waste of time.Originally published in 1902
  • (5/5)
    A brilliant exposition by a brilliant mind. Hard to imagine how one set of parents gave birth to two such brilliant men: William and his brother Henry.
  • (5/5)
    This had a profound experience on my faith, both negative and positive. It made clear that the ideas I had previously used to defend my faith were inadequate, butcleared the way for my developing others.It convinced me that conversion and mysterical experiences were objective phenomena, but not always Christian ones.
  • (3/5)
    James describes the phenomena of many different kinds of religious experineces in this book. It is a very analytical look at an emotional / spiritual subject. He appears to keep objective throughout, but we all know in the end that is immpossible. It was more objective than I think I could ever be. Again, another book on philosophy that while good, I found incomplete. Some day I am going to begin to write my own thoughts so that I will have a book to read that at least attempts to cover everything I'm looking for.
  • (4/5)
    Undoubtedly William James most popular book, I found this to be, as it always is with James, a joy to read. His style kept me going when both the combination strange ideas and impenetrable prose of his cited examples retarded my progress. His focus on the individuality of experience was what struck me as central and certainly most important to me - the mature individualist that I am. While I was not convinced by the mysticism surveyed or the various rationalizations of religious pondering, I came away with a better sense of this type of thought. Unlike Santayana I was not bothered by the focus on "religious disease" or "sick souls", but my perspective, unlike his, is a bit more rational, if not more reasonable. On the whole a very good book about a subject that is spiritual in many ways.
  • (5/5)
    The basis of any understanding I might have of comparative religion.