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Donde habitan los faraones. Un viaje místico a traves de las puertas a la inmortalidad

Donde habitan los faraones. Un viaje místico a traves de las puertas a la inmortalidad

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Donde habitan los faraones. Un viaje místico a traves de las puertas a la inmortalidad

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4/5 (1 clasificación)
Longitud:
237 páginas
3 horas
Publicado:
3 abr 2014
ISBN:
9781940281087
Formato:
Libro

Descripción

En la Antigüedad existió una civilización llamada Khemit, madre de todas las civilizaciones, que constituyó lo que hoy se conoce como Egipto. Muchos siglos después, Patricia Cori decidió explorar la inmortalidad humana y viajó a Egipto, el antiguo y el moderno, donde desenredó la sabiduría esotérica de los faraones. Este libro teje las hebras de la ciencia, la historia y la metafísica para formar un iluminado tapete de descubrimiento personal. Es un viaje que bien vale la pena, el tiempo y el esfuerzo.

Publicado:
3 abr 2014
ISBN:
9781940281087
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Libro

Sobre el autor


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Donde habitan los faraones. Un viaje místico a traves de las puertas a la inmortalidad - Patricia Cori

En su trasfondo, el relato, tal como se me pidió que escribiera este prefacio para Donde habitan los faraones, es una narración interesante y muy sincrónica en sí misma. Hace más de un año, yo sabía muy poco acerca de Patricia, pues no nos habíamos conocido. Escuché su nombre y supe que era la autora de varios libros, pero nada más.

Eso cambió significativamente durante los últimos seis meses. Me enteré de que desde tiempo atrás, Patricia y yo vivíamos en el mismo pueblo: San José, California; ambos estuvimos en Francia y Egipto en la misma época y los dos hemos pasado por experiencias similares en conexiones profundas, con el sistema de la estrella de Sirio y los cráneos de cristal. Pero mi más importante asociación con Patricia fue saber que ella también era discípula de mi amado maestro Abd’El Hakim Awyan (1926-2008).

Egipcio de nacimiento, egiptólogo y arqueólogo, Hakim resguardó la sabiduría indígena, como amo de las tradiciones orales de su país de origen. Por un lapso de casi dieciséis años (1992-2008), fui alumno, colega y amigo cercano de Hakim. Escribí dos libros —Tierra de Osiris y De la luz a la oscuridad: la evolución religiosa del antiguo Egipto— basados en mi trabajo con Hakim y mi propia investigación, de más de cuarenta años.

Juntos, Hakim y yo creamos una nueva disciplina, la kemitología, para diferir de los trasnochados e inexactos paradigmas de la egiptología académica, a la que definimos como mitología, básicamente grecolatina. Escribiré una tercera obra, continuadora de la labor que desarrollé con Hakim, más allá de los últimos años —mi último testamento escrito y conmemoración a este gran Maestro.

Hakim murió, como él hubiera dicho, llevado en viaje hacia el Oeste, el 23 de agosto de 2008. Después de transmitir la noticia por Internet —mi grupo la transmitió a sus grupos, quienes también lo hicieron a los suyos, etcétera— recibí personalmente condolencias de cientos de personas alrededor de todo el mundo. Llegó un mensaje desde Italia, de Patricia Cori, quien estaba al tanto de mí y de mi trabajo con Hakim.

La nota de Patricia, en amoroso recuerdo a nuestro amado maestro, fue el comienzo de nuestra amistad y colaboración. Patricia fue la primera que me entrevistó tras el deceso de Hakim y esto resultó para ambos una experiencia emotiva y poderosa. Discutimos cómo Hakim me había expuesto el concepto de Khemit, el vocablo de los antiguos sobre su civilización, en vez de Egipto, palabra derivada del griego Aegyptos. Hakim nos enseñó que hubo una avanzada civilización prehistórica existente en África, decenas de miles de años antes de los periodos llamados dinásticos, reconocidos así por los egiptólogos, como la única antigua civilización egipcia.

Estos antiguos khemitas, muy avanzados no sólo tecnológicamente, sino también espiritualmente, esculpieron la Esfinge, una representación de la Gran Madre, y construyeron las pirámides de piedra que encontramos en diversos grados de destrucción en el Egipto de hoy. Hakim insistió en que en sus orígenes, las ancestrales pirámides no tenían la intención de ser tumbas para algún rey o para nadie, sino que eran dispositivos energéticos, tal como lo elucidó mi colega, el ingeniero Chris Dunn, en su libro La planta de poder de Giza.

Ahora sé que desde hace varios años —desde 2003—, Hakim sabía que su tiempo en el plano físico estaba por terminar. En su calidad de verdadero Maestro, hizo una selección de varios de sus alumnos y plantó en nosotros semillas para que retoñaran cuando él ya no existiera físicamente.

A causa de sus peculiares habilidades intuitivas y de sus antecedentes académicos en diversos idiomas (Hakim fue para mí el más profundo maestro de lingüística jamás conocido), Patricia fue alguien en quien Hakim confió para que apreciara y reconociera la sabiduría, fuera del tiempo y aparentemente infinita, que él le compartiese. También planeó que nosotros, sus discípulos, nos reuniéramos en torno a su memoria y continuáramos con su gran labor. Patricia se ha convertido en una de las personas más incansables y dedicadas para aportar sustento al Nuevo Amanecer de la conciencia, llamado por Hakim El Despertar.

Nosotros somos sus hijos espirituales.

Patricia Cori ha escrito un fascinante e interesantísimo libro, como parte de su contribución a esta gran experiencia humana que hoy se revela.

Aprovecha sus poderosas experiencias, sus fuertes intuiciones y su sencillo y fluido estilo literario. Nos presenta una verdadera vuelta de hoja imposible de no tomar una vez comenzada la lectura. Patricia lleva al lector a través de su personal y extraordinario viaje para recuperar una parte de sí misma —aquella en donde se encuentra su profunda conexión con la dinástica y prehistórica Khemit, la madre de las civilizaciones.

Lo más interesante para mí son las abiertas y explícitas descripciones de sus experiencias e impresiones personales, durante diversos viajes a Egipto. Me he visto involucrado en diferentes travesías a Egipto desde 1992. He guiado excursiones desde 1998, he pasado por vivencias fabulosas y he sido testigo de profundos cambios de vida y situaciones enriquecedoras entre aquellos a quienes he llevado a Egipto, especialmente en algunas mujeres.

Descritas detalladamente en las siguientes páginas, las experiencias de Patricia se cuentan entre las más increíbles y extraordinarias de las que yo haya tenido conocimiento.

Un hecho en particular (no entraré en detalles para que el lector lo aprecie en su magnitud) me impresionó a profundidad. Patricia Cori, como mujer occidental, no musulmana, interactúa con hombres egipcios musulmanes en un momento divino de inspiración y acción-no acción, que ha de releerse varias veces para apreciar su valor, su sabiduría y la grandeza de semejante experiencia.

Así que prepárese el lector para recorrer el viaje de Patricia en la búsqueda de sí misma, para encontrar una parte de ella en el antiguo Khemit —un viaje donde hay amor, risa, jolgorio, maravilla y la profunda sabiduría que ella descubre de mi amado Hakim, de Khemit y de su propio interior.

Es un viaje que recomiendo altamente y que bien vale la pena, el tiempo y el esfuerzo.

Stephen S. Mehler, MA

Lafayette, Colorado

25 de abril de 2009

I

La regresión

Allá por 1990, cuando jamás había leído nada importante sobre Egipto y sin haber visitado el país, consulté a un respetable regresionista de vidas pasadas. Era mi primera experiencia en esta, ahora común, forma de autoexploración psíquica.

Lleno de prestigio, este practicante de psicología, me fue altamente recomendado por una amiga querida, quien, bajo su vigilancia, había podido liberarse del tormento de algunos demonios interiores. Estaba tan cautivada a causa de lo experimentado y del profundo proceso de sanación que resultó de sus descubrimientos durante esas sesiones, que me convenció de hacer una cita y comprar un boleto de avión para Boston, con el fin de que probara yo misma. Pasaron seis meses antes de que fuera a verlo —me dije— más por curiosidad que por necesidad de sanar.

Creo que el deseo de develar nuestras encarnaciones pasadas, en última instancia, se hace con el propósito de desterrar la oscuridad de recuerdos reprimidos, para liberar las cadenas kárrmicas de antaño... para apresurar el paso hacia el camino de la iluminación y para vivir con felicidad vidas plenas.

Mi primera impresión me hizo constatar el crédito que mi amiga daba a este poderoso sanador.

No tuve dificultad alguna para dejar cualquier expectativa negativa que tuviera sobre él o atisbo de ansiedad, acerca de la sesión en la que estaba a punto de embarcarme. Tras unas cuantas advertencias, me sentí en calma, relajada y lista para dejarme guiar hacia lo que hubiera ahí para mí... enterrado, tal vez, en el profundo pozo del subconsciente, en espera del descubrimiento.

Fascinada por la hipnótica voz, pronto abandoné las distracciones de mi mente parlanchina, notando cómo el ladrido de los perros y el sonido de un teléfono del cuarto contiguo lentamente empezaban a desaparecer de mi conciencia… y tan maravillosamente relajada estaba, que me hundí en el sofá reclinable para entregarme a esa experiencia.

Seguí sus sugerencias, sin distraerme, navegando en los cauces de su voz, en paz con el mundo. Podía escuchar el sonido del profundo silencio interior, las desenfrenadas voces de resistencia que lentamente daban paso a las ondas theta de la quietud mental.

Me llevó a imaginarme fuera de mi cuerpo, flotando en un espacio sagrado. En seguida, observé frente a mí un hermoso ojo azul. Era del color de la más pura turquesa, translúcido, como serían (así puede uno imaginarlas) las claras aguas cristalinas de playas antiguas.

Me pidió que lo identificara. Lo que yo veía, ¿era un ojo humano o representaba alguna otra forma de vida?

No. Claramente vi que se trataba de un símbolo, parecido a la efigie de un ojo, de rica cerámica vidriada; en definitiva, no era humano ni estaba vivo. Después, me daría cuenta, que observé al omnividente Ojo de Horus de la tradición popular egipcia.

Tras esa imagen, el ojo se desvaneció en breve y, como lanzada en catapulta, entré en un holograma de ruedas rodantes, que primero aparecieron como engranes de una gran máquina y después se transformaron en espirales de galaxias brillantemente luminosas.

Por un momento fugaz deambulé hacia un punto más allá del espacio profundo, bañándome de la luz titilante de muchísimas estrellas. Me convertí en esa luz estelar e interactué con los fuegos galácticos que me rodeaban igual que si fuéramos seres vivos, conscientes. Una música celestial fluyó a través de lo existente, reflejando la esencia del alma de cada estrella del firmamento. Todo era perfecto, magníficamente Uno.

Todo resplandecía en espíritu y en la luz de la conciencia y me sentí en total conexión con lo que había, el infinito e insuperable Uno de la Creación. Pude escuchar la música de las esferas, interpretando los sonidos de cada ser viviente, rasgueando con suavidad las cuerdas vibratorias del registro akáshico. En todo sentido, fue un verdadero momento de iluminación.

Abandoné por completo la sobrecogedora acción, cuando de pronto, abruptamente pasé de un estado dichoso a verme, con violencia, tragada por el centro de un tumultuoso remolino. Empecé a dar vueltas y vueltas sin control, mareándome más y más, hasta que al fin grité que me enfermaría si no paraba y regresaba a la libertad de mi espacio.

Desde el éxtasis de comulgar con la luz y danzar en la música, fui lanzada a un estado confuso y de miedo extremo: la separación total.

Con crecientes náuseas en mi tráquea, sentí aferrarme a ningún lugar y a nada, en giros hacia la omisión.

Desesperada, pedí ayuda. Por último, el terapeuta me guió con el fin de desacelerar el vórtice del remolino y dirigir mi mente para que yo me reencontrara con el momento en que éste se detuviera por completo.

Para mi asombro, las vueltas cesaron casi tan instantáneamente como habían comenzado.

Desapareció ese dosel del cielo.

Entonces, observé la entrada de una mina, un pozo hacia adentro. El exterior estaba hecho de roca burdamente tallada y simples barrotes de madera enmarcaban la abertura. El regresionista me presionó para que describiera todo lo que tenía frente a mi campo de visión, pero no había mucho más que yo pudiera ver en detalle.

Estaba ausente de comodidad, sola, en algún lado, en la escena de un desierto remoto. Sentía cómo el sol quemaba mi piel y podía escuchar los latigazos del viento sobre la arena. La sensación se asemejaba a que mis pies estuvieran sobre el fuego. Sin embargo, lo único que podía ver con claridad era la entrada hacia ese pozo espeluznante.

El terapeuta me pidió que me acercara para echar un vistazo hacia adentro, pero le dije que no podía… no lo deseaba… imposible acercarme, a causa de ataduras físicas y emocionales de parálisis. Sólo observaba, desde ese punto ventajoso para mí, a una distancia segura. Lo único percibido más allá de esa oquedad era una absoluta e impenetrable negrura.

No se trataba de un lugar que yo deseara explorar, eso lo supe bien.

Entonces, de pronto, ocurrió un cambio: la imagen tuvo semejanza a la entrada de una tumba con una especie de jeroglíficos que parecían egipcios, grabados sobre suaves paredes de piedra caliza. Ahí estaba el ojo otra vez (el ojo azul que había visto flotando, Dios sabe dónde), viéndome fijamente desde la pared derecha del pórtico.

Puse cuidadosa atención a la pantalla mental de mis imágenes, en búsqueda de una impresión más clara de lo que estaba ahí. ¿Qué veía en realidad? Sí, era una tumba claramente egipcia. Había, además, una extrañísima figura de hombre con máscara (¿era un guardián?), adornado por una corona, de pie, a la izquierda de la puerta. Sostenía una larga vara de madera, que rebasaba su tamaño. Parecía cuidar la entrada. Y yo, una vez más, lo único que podía ver detrás de él era la tiniebla.

De nuevo, el terapeuta me llevó hacia adentro para observar aquello que mi mente me había hecho ver. Pude sentir el miedo en mis piernas, recorriendo mi cuerpo, como un choque eléctrico. Me negué rotundamente a seguir.

—No quiero —le dije—, ver qué se oculta ahí.

Durante lo que pareció una eternidad, las imágenes recorrieron de ida y vuelta el tiro de la mina, el umbral de la tumba, el pasaje, la tumba, el pasaje de nuevo.

Tuve una sensación de desasosiego e incomodidad crecientes. Quise huir de la escena, pero no iba a poder encararme con la turbulencia giratoria de esas ruedas. De alguna manera, supe que ésa era la única salida.

Fue entonces cuando sentí a alguien empujándome por atrás.

Deseo aclarar algo: sentí a alguien empujándome físicamente, como si estuviera atrás del asiento. Quise voltear, sólo que no pude moverme o abrir los ojos. ¡Estaba fuera de mi cuerpo físico y, aun así, lo sentía!

En ese momento supe que realmente alcancé una forma alterada de conciencia —sin registro en el espacio—. Era desconocida, en el aquí y más allá. Me permitía darme cuenta de la situación en la que me encontraba: la de estar en mi cuerpo, ante algo parecido a un sueño lúcido, pero sin estar soñando.

Al contemplar este raro estado de bilocalidad, con muchísimo miedo, me di cuenta de que algo o alguien totalmente amenazador tenía la intención de lanzarme a ese vacío de tinieblas. ¿Era el tiro de una mina? ¿Era una tumba? ¡Imposible discernirlo! La presión iba en aumento. Mi corazón empezó a latir de forma salvaje, debido a las oleadas de adrenalina corriendo por todo mi cuerpo: el instinto primordial de supervivencia.

Definitivamente, no quería ser lanzada más allá del umbral, aunque percibí mi incapacidad para evitarlo. Durante esa negra noche de mi alma, fui forzada a traspasar lo que, sin duda, era la puerta de una tumba. Me horroricé ante el descubrimiento de que, seguramente esa tumba era la mía.

Una ojeada, por demás cercana, me permitió reconocer un icono egipcio en la figura del guardián, aunque ignoraba a quién representaba. El regresionista me dijo que le preguntara quién era y qué deseaba comunicarme, pero yo sabía que eso me resultaría imposible.

Incapaz de preguntarle, él no podía contestar. De alguna manera, esto se había escrito en un registro antiguo, de tenue brillo entre esas sombras.

Él permaneció inexpresivo, a semejanza de una estatua: sin vida. Nunca hicimos contacto visual.

El terapista me preguntó cuál era mi nombre. Se me trabó la lengua entre sonidos ajenos, difíciles de pronunciar: Hat.et ...Hatshet... Hatet-sesheti.

Sí, el nombre era Hatetsesheti.

Me preguntó quién era esa persona y por qué era importante el nombre, pero no pude encontrar respuesta.

Tenía plena conciencia de la presión detrás de mi espalda, del terror de que alguien intentaba lanzarme a la oscuridad.

Él me pidió que lo viera para recabar información. ¿Quién intentaba empujarme más allá del umbral?

No imaginé nada. Sólo vi la sombra de la muerte y que la tiniebla abarcadora empezaba a envolverme. Pronto su voz se desvaneció, aislándome en mis remotos paisajes mentales, hasta que, por último, dejé de escucharlo.

¿Me había ido a un lugar tan profundo y tan lejano que ya no podía oírlo?

Llena de angustia, empecé a hilvanar la palabra Maaaaatara... Maatara... Maatara. Grité en la negrura, suplicando por mi vida, hasta que lo único que quedó de mi voz fue un murmullo apagado… y todavía suplicaba:

—Maatara, ¿por qué me abandonas?

Escuché la distante voz del regresionista, más leve aún, que trataba de alcanzarme.

— ¿Quién es? —preguntó—. ¿Quién es Maatara? ¿Qué es Maatara?

El rechinido de una gran puerta que se cerraba, generó un eco lúgubre a través de mi mente y me encontré llena de pánico, en la absoluta oscuridad. Sin voz, aún gritaba desesperadamente, en busca de salvación. Con mis delicadas manos recorría las toscas paredes de piedra, a tientas en el vacío, con ansia, buscando una grieta, una rendija… una salida.

Sin esperanza alguna, golpeé la puerta con los

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