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Hombres sin mujer

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Hombres sin mujer

valoraciones:
5/5 (1 clasificación)
Longitud:
337 página
6 horas
Publicado:
Jan 10, 2014
ISBN:
9781940281247
Formato:
Libro

Descripción

Hombre sin mujer es la primera novela que aborda el tema de la homosexualidad en la literatura de habla hispana. La narrativa precisa de Carlos Montenegro describe, con detalle y tremenda brutalidad, la vida en una prisión cubana de principios XX, cuyos personajes habrán de darle forma ala tesis que informa que, ante la ausencia de mujer, todo hombre es un homosexual en potencia.

Publicado:
Jan 10, 2014
ISBN:
9781940281247
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Libro

Sobre el autor


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Hombres sin mujer - Carlos Montenegro

Prólogo

Luis Zapata*

Luis Zapata (Chilpancingo, 1951) es traductor, narrador y dramaturgo. Estudió la licenciatura en Letras Francesas en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Fue becario del Fondo Nacional de la Cultura y las Artes 1991-1992. Es autor de las novelas El vampiro de la Colonia Roma (1979) y La hermana secreta de Angélica María (1981) entre otras obras.

1.

El tema de la homosexualidad no le ha sido ajeno a la literatura, como no lo es ninguna vertiente de la experiencia humana. En épocas tan lejanas como el primer siglo de nuestra era, ya Petronio nos ofrecía en el Satiricón lo que un crítico moderno no dudaría en calificar como novela gay: una historia de amor homosexual en la que no faltan las escenas eróticas, la pasión, los celos, las artimañas para conseguir la satisfacción del deseo, el humor. No hay aquí ninguna condena a las prácticas homosexuales, como tampoco la hay en los cuentos de Las mil y una noches y el Decamerón que abordan ese tema: a lo más, y acaso por lo insólito, se ven como algo cómico, como un recurso para solicitar la risa del inocente lector, o del escucha, según el caso.

Encontramos también la recreación de escenas homosexuales en varios libros del Marqués de Sade, donde las descripciones son muy detalladas y lúbricas: parecería que no sólo buscan apoyar tal o cual tesis filosófica del Marqués, sino además conseguir la excitación del lector.

A partir del siglo XIX, el tema de la homosexualidad masculina se hace más presente en la literatura: nos lo muestran algún relato de Balzac y la novela Escal-Vigor (1899), de Georges Eekhoud. Pero no sólo aparece en Europa: también en la literatura brasileña el tema es abordado, primero de manera un tanto romántica y velada entre los escolares de O Ateneu, de Raúl Pompeia, y luego en una forma completamente abierta en Bom-Crioulo (1895), de Adolfo Caminha. Bom-Crioulo narra, por primera vez en nuestro continente, la historia de una pasión entre dos hombres: el negro Amaro, que trabaja en una corbeta, se enamora del grumete Aleixo. El deseo que siente por el joven se convierte en una obsesión, contra la cual Amaro, como buen enamorado, no puede luchar. Esta obsesión no hace más que crecer, incluso cuando ya se ha consumado la relación, y, tras un periodo de tranquila y dichosa convivencia, tiene un desenlace funesto.

Después, la literatura francesa nos dará abundantes pasajes homoeróticos en los libros de Gide y Proust, y posteriormente en las novelas de Genet.

En la literatura de lengua española, los ejemplos son menos abundantes y más tardíos. No faltan, desde luego, los grandes escritores que han preferido amar a los de su mismo sexo, pero son pocos los que se han atrevido a hablar de esa preferencia en sus escritos: cuando lo han hecho, ha sido de manera velada y a través de alusiones, por lo menos hasta la segunda mitad del siglo XX.

No es arriesgado decir que Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro, es la primera novela escrita en español que aborda el tema del deseo homosexual, y lo lleva a un primer plano, pues son los protagonistas (y muchos de los personajes secundarios) quienes lo viven.

¿Me estoy olvidando de Los cuarenta y uno: novela crítico social (1906)? Este libro, de Eduardo A. Castrejón (autor del que no se tienen mayores datos, es posible que se trate de un pseudónimo), narra la famosa redada que hizo la policía en una fiesta de homosexuales en 1901, en la ciudad de México.

Pero se trata de una novela sin ninguna trascendencia artística, plagada de prejuicios y de condenas, y escrita en un tono más propio del panfleto y del libelo que de la literatura.

Publicado en México en 1938, Hombres sin mujer se volvió con los años una especie de libro mítico: muchos habían oído hablar de él, pero nadie, o casi nadie, había podido leerlo, ni siquiera los clientes más asiduos de las librerías de viejo.

Esta edición representa una excelente oportunidad para que lo conozca el lector de nuestro tiempo, no sólo el lector interesado en la temática homosexual, sino el aficionado a descubrir o reconocer en la literatura todas las aristas de los comportamientos y deseos humanos, así como los que gustan de leer historias bien narradas.

2.

Aunque nació en Galicia (1900) y fue corresponsal en la guerra civil española, a la que dedica Aviones sobre el pueblo (1937) y Tres meses con las fuerzas de choque (1938), Carlos Montenegro es considerado un escritor cubano: llega a La Habana, junto con varios miembros de su familia, en 1907.

Su vida posee algún toque legendario: siendo aún adolescente, se enrola en la Marina, lo que le permite visitar algunos puertos mexicanos y estadounidenses. Se dice que en Tampico fue apuñalado y estuvo en la cárcel. Si es cierto, el dato sólo parece ser un anticipo, una especie de ensayo general, de lo que sucederá posteriormente (1919) en La Habana, donde, en una riña callejera, mata a un hombre, lo que le vale una condena de 14 años en la cárcel del Castillo del Príncipe.

Es durante su estancia en la prisión cuando Carlos Montenegro se aficiona a la lectura y la escritura. Varios de sus cuentos tienen a la cárcel como escenario y son publicados en el volumen titulado El renuevo y otros cuentos (1929).

Montenegro no termina de cumplir su condena cuando es liberado, gracias a la campaña que organizan varios intelectuales cubanos para que lo indulten. Sale de la cárcel en 1931. A partir de entonces, trabaja como periodista y sigue escribiendo narrativa; se casa con la poeta Emma Pérez, y publica su segundo libro de cuentos, Dos barcos (1934). Aparecen después los libros ya mencionados sobre la guerra civil española, y en 1938, Hombres sin mujer, que es considerado su trabajo más importante. Los críticos elogian la novela, pero no falta quien la censure por su crudeza.

Montenegro aborda también la dramaturgia: escribe las obras Tururi ñan nan y Los perros de Radziwill, ambas llevadas a escena, y en 1941, publica su último libro, Los héroes. A partir de ese momento, se dedica principalmente al periodismo.

Al triunfar la revolución, Montenegro decide abandonar Cuba, y muere en Miami en 1981.

3.

Quizás, en rigor, no forma parte de Hombres sin mujer la nota introductoria que Carlos Montenegro dirige al lector, y no faltará quien se la salte, como no faltará quien se salte estas páginas: al fin y al cabo, los libros se inician donde su autor ha decidido que comiencen. Pero sí tiene que ver con la historia de esta novela, o con la Historia simplemente...

Montenegro asegura en dicha nota que habría preferido no escribirla, para dejar que el lector penetrara en el libro como el preso entra en la cárcel: sin saber lo que va a pasar. Pero añade que se ve forzado a hacerlo por los juicios que ha recibido sobre su libro antes de su publicación. Es probable que algunos amigos suyos, después de leer el manuscrito, le hayan aconsejado escribir esa advertencia, pero también cabe la posibilidad de que Montenegro lo haya decidido después del escándalo que ocasionó la publicación de un fragmento de la novela en la revista Mediodía, cuando sus responsables fueron acusados de pornografía y propaganda subversiva, como asegura Lázaro Sarmiento.

En la misma nota, Carlos Montenegro deja en claro su propósito al escribir Hombres sin mujer, un propósito que parece legítimo: reflejar la realidad y no complacer al lector dándole un libro agradable de leer. Se trata de una denuncia del régimen penitenciario, que hace que el hombre vuelva a ser un animal: su inevitable regresión a la bestia, dice. Quizá por esa razón la mayoría de las imágenes que utiliza en su novela tienen que ver con animales.

No es gratuito el hecho de que me detenga en la nota firmada por Montenegro en 1937: en varios sentidos es importante.

Aunque el autor no habla directamente de la homosexualidad en su nota, alude a un crimen colectivo, un mal existente, una realidad ominosa. Sin embargo, la ambigüedad de sus palabras nos hace preguntarnos si no se referirá más bien (o igualmente) a la existencia de regímenes carcelarios como el que estamos a punto de conocer. Eso sí: no duda en calificar de taras a las costumbres adquiridas en la prisión, y aquí la referencia a la homosexualidad resulta obvia.

Es importante la nota porque esboza la tesis que Montenegro desarrollará en el cuerpo de la novela: es el encarcelamiento la causa de todo. En otras palabras, no dichas aquí, la ausencia de trato sexual con mujeres hace que los hombres caigan en la homosexualidad (aquí, el que no cae, resbala, dice en algún momento uno de los presos).

Incluso la fecha que trae la nota es significativa, en la medida en que nos permite comprender la manera prejuiciosa con que Montenegro aborda el tema de las relaciones homosexuales: no de otra manera podía haber escrito el autor de Hombres sin mujer, al menos en un país hispanoamericano y en una época en que hasta las relaciones heterosexuales eran vistas como algo pecaminoso, impuro (gozó turbios deleites, se dice en esta novela de un hombre que tiene relaciones con su novia), o animal en el mejor de los casos.

Y aunque Montenegro afirma que habría preferido no escribir esa nota, tiene buen cuidado de no revelar ningún detalle sobre el tema o la trama de su libro: sólo alude a ellos al decir que se hablará de lo que sucede en la cárcel. Finalmente, sí se cumple el designio del autor de hacernos entrar en su libro sin saber lo que va a suceder.

¿Cómo desarrolla Montenegro su tesis de que la ausencia de trato con mujeres es la causa de las prácticas homosexuales? Lo que más sorprende es la cantidad de veces que se menciona, y parecería que sólo a través de esa justificación puede el autor de Hombres sin mujer narrar su historia. Desde el primer capítulo se habla de ese vicio, nacido de la abstinencia y de la promiscuidad; el monstruo de la abstinencia, dice después el narrador. Pero el deseo homosexual aumenta en relación directa con los años pasados en la cárcel: El hombre privado de mujer años tras años acaba por descubrir en otro hombre lo que echa de menos. Se diría que nadie escapa a esa regla: el sexo está en todo..., invade los sueños, pero también las horas de vigilia, y entregarse a prácticas homosexuales sólo es cuestión de tiempo: asegura uno de los presos que después de cumplir un año en la cárcel, uno ya está listo; y esto es como la guerra, que el que no sirve para matar, sirve para que lo maten. La justificación de la abstinencia es planteada, pues, no sólo por el autor, sino también por los personajes, que parecen entenderla cabalmente. En el siguiente comentario de uno de ellos, se justifican tanto la actividad homosexual como el título de la novela: ¿Sabes lo que nos pasa? ¡Que somos los hombres sin mujer!.. Aquí no hay degenerados; hay solamente hombres sin mujer... Eso es todo...

Posteriormente, cuando surja el deseo homosexual en Pascasio, el protagonista, tendrá oportunidad el autor de hacer algunas precisiones, no sin emplear términos cargados de prejuicios y recurriendo a interpretaciones pseudocientíficas: la abstinencia atrofia la naturaleza y los instintos, y se produce un desquite sexual; la abstinencia lima los impulsos naturales, y convierte la energía en una fuerza pasiva, tarada de la morbosidad de todo lo que está descentrado.... Lo que es natural se vuelve contranatural. Pero en otros momentos el autor parece contradecirse, y lo que es contranatural se convierte de nuevo en algo natural: Los hombres podían fabricar también una prisión y encerrar en ella a otros hombres, pero no podían detener el curso de la naturaleza. Incluso los personajes parecen por momentos llevarle la contraria al autor cuando relativizan la importancia de las prácticas a las que se entregan, o cuando juzgan con cierto humor sus actos: el corazón no se enteraba nunca de lo que hacían las nalgas, dice uno de ellos.

Si la abstinencia es la justificación para las relaciones homosexuales, también se da el caso de los hombres que, mientras están en la cárcel, resisten a la tentación de acostarse con otro hombre, y una vez que están libres, caen, como si la prisión los hubiera acostumbrado a eso, aunque sólo fuera en calidad de testigos, y les hiciera ver que existe esa posibilidad de obtener placer. Pero igualmente hay para eso una explicación: la falta de trato con mujeres hace que los hombres lleguen a tenerles miedo.

No contento con ofrecernos la justificación de la abstinencia, el autor nos da una coartada más para los que tienen relaciones homosexuales: un hombre se acuesta con otro hombre porque este último parece mujer; rara vez (quizás en una sola ocasión) se dice o se insinúa que un hombre siente deseos por otro hombre. Siempre se resaltan las características femeninas del que adopta (hemos de suponer) un rol pasivo, y tampoco aquí están ausentes los prejuicios. Así, un hombre se convierte en mujer cuando es débil, parlanchín, voluptuoso, púdico, gracioso, ambiguo, chismoso, indefenso, peligroso, bello, caprichoso, perverso, gracioso, etcétera.

Es, por lo tanto, decisivo el papel que desempeñan los afeminados, es decir, los que adoptan actitudes y gestos propios de las mujeres: a ellos, o a ellas, puesto que se les habla siempre en femenino, es posible desearlas. Hay incluso quien lleva esa asimilación a tal grado que periódicamente finge tener menstruaciones. Y si el hombre que va a ser pasivo no parece realmente mujer, siempre queda la posibilidad de feminizarlo, como ocurre con el Macaco, a quien el Jíbaro baña y empolva. Si un hombre hace las veces de mujer, entonces es una mujer, y así es como se debe hablar de él. Se dice que Manuel Chiquito no puede vivir sin mujer, y los problemas que a veces surgen entre los amantes son llamados líos de marido y mujer. (En el polo opuesto está, desde luego, el macho, capaz incluso de preñar a otro hombre, como asegura uno de los presos en un momento dado.)

Pero tal vez lo que más hace que un hombre se asemeje a una mujer es la juventud, como en el caso de Andrés, a quien todos desean. Andrés despierta el interés de los demás porque es un adolescente; llaman la atención su juventud y su gracia casi femenina, de hombre sin hacer. Hay aquí una lógica un tanto dudosa: si un muchacho aún no acaba de formarse como hombre, es como una mujer; es decir, está en transición; pero parecería que no es una transición de niño a hombre, sino de mujer a hombre. Todo es válido con tal de encubrir los verdaderos sentimientos.

El sexo va convirtiéndose, a medida que avanza la novela, en un elemento omnipresente; las alusiones al deseo homosexual, aisladas al principio, se vuelven recurrentes, incluso obsesivas: son muy frecuentes en las bromas, en los consejos que los presos dan a los de reciente ingreso, en las insinuaciones, en los albures, en los piropos, en las fantasías, en muchas de las conversaciones. Se trata de un universo altamente sexualizado.

¿Qué representa el sexo en la prisión? Quizá la respuesta es obvia: representa la vida, una de las pocas alegrías a las que pueden tener acceso los reclusos, sometidos a un pesado régimen de trabajo y sin ninguna compensación de otro tipo: la comida es escasa y mala, duermen hacinados, viven en condiciones infrahumanas. No es de extrañar, entonces, que el sexo (o el deseo, pues no siempre se consuman los actos sexuales) constituya la parte esencial de sus vidas. No es que se describan muchos actos sexuales en la novela; de hecho, no se describe uno solo, aunque sí somos testigos de besos, rozamientos, contactos más prolongados. A veces, como en la violación masiva del Macaco, el narrador describe detalladamente el planteamiento de la situación: la entrada del Macaco en la galera, aunque al principio no es visto como un objeto sexual; el baño del Macaco, del que se encarga el Jíbaro; la disputa por ser el segundo que tenga relaciones con él; la pelea entre los presos. Incluso hay escenas que rayan en lo erótico. Pero luego, la timidez parece apoderarse del narrador, que sólo sugiere el desenlace: la violación y sus consecuencias.

El sexo está presente hasta en los momentos en que deben realizarse tareas relacionadas con la muerte, como subir un cadáver a la azotea; está presente en las celebraciones religiosas, a las que asisten los presos sobre todo porque el apretujamiento permite hacer cualquier cosa sin llamar mucho la atención; ni siquiera los que están a punto de morir pierden el deseo, como el tuberculoso que, en un episodio no desprovisto de humor, pide a uno de los presos que lo complazca sexualmente. Y el amor, aún más que el deseo, es capaz de hacer que renazca alguien que estaba muerto en vida, como lo ilustra el caso de Pascasio: Se estudiaba; le parecía que se había vuelto a hallar después de ocho años de ausencia, de muerte total. Todo lo que tenía perdido... lo sentía ahora dentro de sí, arrebatándolo de vitalidad y euforia; Era un Pascasio nuevo que se alzaba de sus propias ruinas, jubiloso y fuerte... No importa que haya dudas, contradicciones: el amor supera todo; relativiza los juicios morales, y hace que el enamorado deje de preguntarse si es natural lo que experimenta; el amor posibilita incluso el sacrificio.

No sólo por su trama es interesante Hombres sin mujer; la novela posee, además, un innegable valor documental: nos narra cómo era la vida en las cárceles de esa época, cómo eran vistas determinadas conductas y sentimientos, pero también nos deja ver de qué manera hablaba la gente: aunque no es llevada a sus extremos la recreación del lenguaje coloquial; aunque todo está filtrado por la visión del narrador, sí hay una preocupación por mostrar diversos registros del habla. Lo primero que llama la atención al leer la novela de Carlos Montenegro es la crudeza del lenguaje carcelario y el empleo de palabras altisonantes, no porque no nos imaginemos que así se habla en las prisiones, sino porque se trata de un recurso más bien insólito en la literatura de la época. No son muy abundantes ese tipo de términos, ni el autor se complace en su uso: simplemente aparecen porque son característicos de ese ambiente. Sin embargo, lo más sorprendente, al ir avanzando en la lectura de la novela, es la proliferación de términos y expresiones para referirse a los homosexuales y sus prácticas. No puede hablarse todavía de un lenguaje propio de ese grupo, pues lo usan también quienes condenan la homosexualidad y con frecuencia tiene una carga peyorativa. Pero me atrevo a pensar que es la primera vez en la literatura latinoamericana que un escritor se preocupa por consignar sistemáticamente dicho lenguaje, que en muchas ocasiones es pintoresco y mueve a risa. No se necesita un glosario para entender la manera en que hablan los personajes de Hombres sin mujer, ya que el contexto nos da casi siempre el significado de lo que dicen. Así, nos enteramos de que los homosexuales son llamados leas, pájaros, etcétera, y el que tiene relaciones con otro hombre sabe lo que es la carne de puerco, muerde el cordobán, se tira su baldeo, pierde (si adopta el rol pasivo), o se va de vuelta y vuelta (si es pasivo y activo). Algunas de estas expresiones han llegado hasta nuestros días con el mismo sentido: un hombre que vive lejos es el que tiene un órgano sexual de grandes proporciones, y no falta el término que nos sorprende, como buga, que de designar a un homosexual en Cuba, adquirió en el caló gay de México el valor opuesto: aquí y ahora, un buga es un heterosexual.

Al lector

Preferiría este libro sin palabras preliminares; que el lector entrase en él con la misma ignorancia e imprevisión de lo que va a leer que caracteriza, respecto al presidio, al sentenciado a cumplir una condena. Pero juicios previos a su publicación me fuerzan a considerar tal preferencia. Debo decir, antes que nada, que no es mi objetivo el logro de un éxito literario más o menos resonante, ya que para ser leído con complacencia hubiera tenido que sacrificar demasiado la realidad, limitando con ello las posibilidades de alcanzar lo que me propongo, y que es la denuncia del régimen penitenciario a que me vi sometido —no por excepción, desde luego— durante doce años.

Bajo este punto de vista —y no habiendo variado en lo fundamental el crimen colectivo que intento denunciar—, considero un deber ineludible describir en toda su crudeza lo que viví. El que acuse estas páginas de inmorales, que no olvide que todo lo que dicen corresponde a un mal existente, y que por lo tanto es éste, y no su exposición, lo que primeramente debe enjuiciarse. El gusto contrariado o el pudor ofendido, que no traten de pedirme cuentas por lo escrito, sino que se las exijan a los que hacen posible, en plena civilización, la existencia de estos antros que gentes ingenuas o criminalmente despreocupadas, insisten en llamar reformatorios. No me interesa quien se sonroje o indigne por la lectura de estas páginas, mientras se considere ajeno a la realidad ominosa que divulgan: a su agitada moral de superficie opongo, en la medida de mi capacidad, el propósito auténticamente moral de desenmascarar la ignominia que supone arrojar al pudridero a seres que más tarde o más temprano han de regresar al medio común, aportando a éste todas las taras adquiridas; opongo también la desesperación de esos seres, su dolor humano y su inevitable regresión a la bestia; opongo el interés mismo de la humanidad.

Ahora bien, no vacilo en colocar mi libro ante la crítica de las personas capaces de inmutarse y de sublevarse, aunque ello suponga que también mi procedimiento y aun mi veracidad serán enjuiciados; pero a ellos voy, más que como escritor, como un hombre que perdió los mejores años de su juventud en el reformatorio que ahora denuncio.

C.M.

La Habana, 1937.

Una piedra en el camino

1

El negro Pascasio Speek abrió los ojos, estiró brazos y piernas violentamente, hasta el calambre, y tornó a quedarse inmóvil, recostado contra la pared al pie de la cual estaba sentado. Un segundo después bostezó, e impedido de escupir en el suelo, porque el reglamento lo prohibía, se tragó la saliva, pastosa por la hora de sueño que acababa de descabezar, mientras se disponía a encender un cigarro. Con éste en una mano y el fósforo en la otra se quedó rondando la inconsciencia; los párpados se le fueron cerrando poco a poco, y la cabeza comenzó a declinar sobre su hombro izquierdo, hasta que, perdida la gravedad, se le cayó de golpe contra el pecho, espantándole la modorra. Se sacudió, volvió a estirarse y, chasqueando la lengua, encendió el cigarro, al que dio una profunda chupada.

Mientras guardaba el fósforo usado en la misma caja de donde lo había extraído, dejó escapar lentamente el humo, que se elevó en una columna simple, en la calma absoluta del día tropical. A la tercer aspiración, como la ceniza del cigarro ya estaba crecida, se la echó en la palma de la mano y, aplastándola con un dedo, la aventó, soplando sobre ella.

Fue entonces cuando paseó la mirada sin curiosidades por su alrededor. Hacía ocho años que todo estaba igual para él; tan igual, que aun en sueños hubiera podido decir quiénes estaban a aquella hora en el patiecito; quiénes estaban y qué hacían y, tal vez, hasta lo que pensaba cada uno.

Desperezándose, abrió en cruz los brazos, rematados por dos puños poderosos y bostezó ruidosamente; dos gritos le interrumpieron el desahogo físico:

—¡Animal!

—¡Yegua!

Miró de reojo. Estaba bien que el chocho de don Juan le dijera animal, pero que aquel quidam de Candela se metiera con él todos los días llamándole yegua o cosas por el estilo, no estaba dispuesto a soportarlo... Ya se lo había dicho otras

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