Lucifer el hijo de Dios by David Santillán - Read Online
Lucifer el hijo de Dios
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Acerca de

Resumen

El Cielo es un lugar complejo, pero el Infierno lo es mucho más, y es muy poco lo que sabemos de ellos, o más bien lo que sabíamos hasta hace poco, pues hoy en día algunos demonios han comenzado a hablar.
Este relato se sustenta en las narraciones del viejo Furfur, basadas en sus experiencias a lo largo de milenios durante los cuales habitó el Infierno pero visitó regularmente la Tierra, y que fueron enriquecidas por los testimonios de su amigo Enoch, morador del Mundo Terrenal pero por algún motivo excursionista en el Cielo.
Entre historias y anécdotas asoma la realidad de esos mundos, tan relacionados con el nuestro pero de los que tan poco se sabe; apenas lo que recogen los antiguos textos, que es muy poco.
Ayudado por las tablillas de piedra en las que fue grabando cuanto acontecía, Furfur se lo contó todo a su nieto, el anciano Augusto, y le encomendó una misión que debe ser cumplida en estos tiempos.
Ahora Augusto debe repetir la historia sin escatimar detalles, y al hacerlo dejará al descubierto los motivos ocultos y los secretos íntimos de los seres infernales y celestiales para que todos los conozcamos. Quizá alguno de nosotros descubra que, como él, también proviene de los ángeles, sea de los fieles o de los caídos.

Publicado: David Santillán el
ISBN: 9781301896806
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Lucifer el hijo de Dios - David Santillán

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Lucifer el hijo de Dios

David Santillán

Smashwords Edition

Copyright: 2012 David Santillán

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Contenido

Introducción

I. Del Cielo al Infierno

II. La última creación

III. De ángel a demonio

IV. El Cielo en llamas

V. La expulsión

VI. Eligiendo un bando

VII. El primer íncubo

VIII. Debilidad

IX. Nefilims

X. Extinción

XI. El Infierno

XII. Desaparición - El rugir de la verdadera Bestia

XIII. La llegada

XIV. La traición de Belial - El despertar de La Bestia

XV. Abraxas, el gran maestro

XVI. El comienzo del ciclo, los ángeles terrenales

XVII. La parte oscura del Cielo

XVIII. La conquista de Occidente

Epílogo

Introducción

Las grandes historias suelen cambiar la forma de pensar de las personas, es una lástima que una obra literaria tan grande y compleja haya sido partida en pedazos y reacomodada para el bien de unos pocos; algunas partes se perdieron y, por supuesto, quedaron huecos. Es hasta ahora cuando los he cubierto con sucesos que he rescatado del olvido.

En ocasiones las cosas no son lo que parecen, y tal vez no sucedieron como se cree... como nos han hecho creer.

Viví en el Infierno tanto tiempo... Lo suficiente como para cansarme de tantas batallas. Durante miles de años sentí temor de abandonar el lugar porque Lucifer es un ser a quien pocos pueden comprender; no sabía si reaccionaría con indiferencia o mandaría a algún demonio a acabar conmigo.

Viví rodeado de piedra y fuego, primero de piedra fría y luego de piedra incandescente. Sobre mi cabeza veía las llamas que recorrían los techos de algunos túneles, sobre todo de aquellos que conducían al lugar de las calderas, de donde brota el mismísimo río de fuego. Pasé largo tiempo en aquel rincón del Infierno. Cuando no sucedía absolutamente nada salía a recorrer el Reino, y cuando sucedían cosas dignas de registrarse, inmediatamente las escribía las en placas de piedra.

Durante años cargué con mis herramientas: cincel, martillo y algunas piedras; después, conforme avanzábamos en conocimientos, esos objetos los sustituí con materiales más livianos y eficaces; pronto conté con suficientes escritos para formar un libro. Al pasar el tiempo me interesé por investigar los sucesos del exterior, fue entonces que me atreví a salir del Reino sin permiso del rey; solamente los demonios encargados de mostrarles poco a poco a los humanos nuestros avances podían entrar y salir.

En uno de mis viajes conocí a un humano que afirmaba tener cierto poder; supongo que hice amistad con él, si es que un demonio puede hacer tal cosa; me dijo su nombre, y su nombre fue muy conocido en aquellos tiempos, pero en esta época muy pocos saben de él; muchos lo olvidaron a conciencia y ocultaron su vida y relatos; pasaría desapercibido a través de los siglos.

Charlábamos a diario y nos contábamos nuestras experiencias. Yo le narré mi vida en el Infierno y el me narró sus vivencias en el Cielo. Nunca pensé aprender tanto de un humano; él afirmaba que caminaba junto al Señor. Cada cierto tiempo él y yo tomábamos distintos caminos para hacer lo que mejor sabíamos; plasmar en nuestras lenguas los sucesos que íbamos presenciando, y al cabo de algunos días nos reencontrábamos para aprender uno del otro.

Más adelante sucedió la catástrofe y volví a los Infiernos por un tiempo, pero al final decidí abandonarlo para siempre. Traté de reunirme con mi viejo amigo, pero no volví a saber nada de Enoch; tal vez en esos momentos ya se había reunido con el Señor.

Furfur.

I. Del Cielo al Infierno

El anciano Augusto esperaba a dos visitantes muy importantes; sentado sobre un sofá individual de aspecto clásico y algo deteriorado, observaba el paso de los segundos en su viejo reloj de pared mientras fumaba de una pipa bastante peculiar. Cada segundo parecía una eternidad, sin embargo no podía hacer nada aún.

Y pensar que todavía tendré que informarles sobre lo que ha estado pasando, esperando por el bien de la humanidad que crean una historia que incluso a mí me es difícil aceptar.

De pronto dos golpes en la puerta acabaron con esa sensación de impotencia. Se levantó serenamente y se dirigió hacia la entrada. El suelo de madera crujía a cada paso. Quitó el seguro de la puerta, giró la perilla y abrió con sigilo para asegurarse de que no fuera alguien indeseable. Se dio cuenta, al mirar por la pequeña abertura, que eran las personas que esperaba.

—Buenos días, señor, soy Roberto y él es mi amigo; buscamos a una persona llamada Augusto.

El anciano abrió la puerta completamente e hizo un gesto con la cabeza para que entraran. Eran dos jóvenes, uno tendría unos veinte años y el otro parecía tres o cuatro años menor; no había duda, eran ELLOS. Los dos chicos, aunque dudosos, entraron a la casa del anciano, que tenía el tamaño de un pequeño apartamento y requería algunas reparaciones. A la izquierda de la entrada se encontraba un perchero y justo frente a los jóvenes dos sillones, uno individual y otro un poco más grande, con una pequeña mesa de centro donde descansaba la pipa encendida.

—Pasen, muchachos, tomen asiento, ¿gustan algo de beber?

La voz del anciano era grave; denotaba seriedad y tranquilidad, aunque por dentro sintiera que debía aprovechar al máximo el día para poner al tanto a los jóvenes.

¿Por dónde comienzo...?

—No gracias —respondió Roberto—. Escuche, no tenemos intenciones de quedarnos mucho tiempo y ni siquiera deberíamos estar aquí, sólo queríamos comprobar la veracidad de la dirección y la relación entre usted y la persona que nos dejó la información. Me pregunto si fue usted quien dejó ese mensaje.

—No, joven, no fui yo... Fue Gabriel.

—¿Y quién rayos es Gabriel? No conozco a nadie con ese nombre.

—Tal vez no, pero seguramente has escuchado de él. Gabriel es un ángel, un Arcángel para ser más exacto.

Roberto entrecerró los ojos, comenzaba a desesperarse. Este viejo está completamente loco.

Giró y tomó del hombro a su amigo.

—Vamos, parece que todo esto es una broma de mal gusto.

Los jóvenes se disponían a salir, pero se detuvieron al escuchar la pregunta del anciano:

—¿Alguno de ustedes dos cree en la existencia de Dios?

—Por supuesto que sí —repuso Roberto—, pero si usted intenta reclutarme en algún tipo de grupo donde las personas van de casa en casa, tratando de convencer a todo el mundo de cambiar de religión, está perdiendo su tiempo.

El anciano sonrió levemente y volteó a ver al otro joven, que parecía un poco más interesado en el tema.

—Y usted, ¿cree en Dios?

—Yo, no lo sé.

—Si les dijera que Él realmente existe y que puedo comprobarles lo que digo, ¿se quedarían a escuchar los antecedentes?

—Pero, ¿por qué nosotros? —preguntó Roberto—. ¿No ha encontrado a alguien más que pueda creer tanta basura?

—Ustedes son los únicos que pueden ayudar. Parece que será difícil lograr que crean en algo así, pero tal vez puedan creer en la magia.

Los jóvenes observaron atónitos al anciano crear una pequeña esfera de fuego azul en la palma de su mano.

—Yo no estuve presente en la historia que deseo narrarles. Mi padre me enseñó este poder y, pudiendo hacer este tipo de cosas, me es imposible decir que la historia sea una farsa. Conozco a Gabriel, él mismo me informó acerca de la existencia de ustedes; por desgracia no puedo hacer mucho, el poder que poseo se ha visto afectado por la edad, es por ello que necesito su ayuda. Admítanlo, para ustedes todo esto es extraño, pero seguro los intriga. Además, existen coincidencias que vale la pena verificar. Escuchen mi historia y después decidan si me creen o no. Por favor tomen asiento, les anticipo que al terminar tendré que pedirles algo muy importante.

Los dos jóvenes se miraron. Después de haber presenciado tal demostración asintieron con la cabeza y se sentaron en el sillón más amplio.

—Me alegro de que aceptaran escuchar; el relato es algo largo, pero es indispensable que conozcan la verdad y no la farsa que han inventado ciertas personas por conveniencia:

Ustedes bien saben que el Cielo y el Infierno como tales tuvieron su origen desde la creación de nuestro mundo, un mundo que hoy en día está sobrepoblado, lleno de rencor, odio y competencia entre los distintos países que lo conforman. La corrupción y la envidia invaden a cada ser que llega a una posición de suficiente poder para manipular a alguna pequeña o gran comunidad.

El Cielo, aquel lugar al que aspiramos, que fue creado para nosotros, es un lugar inimaginable en el cual Dios nos tiene preparada una eterna estancia de goce y felicidad perfecta; es una de las opciones que los seres humanos tenemos para pasar la eternidad después de la vida terrenal. El Infierno es lo opuesto, un lugar de vasto sufrimiento y oscuridad eterna. Definitivamente la mayoría de las personas no quisiera caer ahí. Así pues, somos libres de elegir qué camino tomar. Esta idea ha trascendido a través de los siglos, pero no les puedo confirmar que sea cierta. Mi abuelo me dijo: Yo mismo vi el Cielo con los ojos de Dios, y con mis propios ojos vi el Infierno, así que no les garantizo que todo el relato sea cierto. Empezaré esta historia narrándoles el comienzo de la eterna lucha que ha existido desde siempre y que a veces parece llegar a su clímax.

En los primeros días de la Creación se libró una batalla feroz en el Cielo, la primera gran batalla conocida, que dio origen a la maldad y posteriormente a la perdición de la humanidad. Esa terrible lucha causó que las nubes se empaparan de sangre.

Dios, después de crear el mundo, se propuso formar lo que sería posteriormente su ejército; seres celestiales que le ayudarían a mantener y proteger tanto su Reino como el mundo que está bajo éste. Creó ángeles que tendrían diferentes cargos y por ello es que no todos son iguales. Los rangos entre ellos están muy marcados según sus capacidades; obviamente, el poder que ostentan los ubica en una parte de la jerarquía celestial y les confiere un grado de importancia mayor o menor dentro de ella. En la cima de la jerarquía angelical se encuentran los Serafines, les siguen los Querubines y los Tronos; éstos conforman el Primer Coro de Ángeles. En el Segundo Coro se encuentran las Dominaciones, Virtudes y Potestades; y en el tercero los Principados, los Arcángeles y los Ángeles.

Todos los Coros de Ángeles estaban destinados