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Que todo en la vida es cine

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Que todo en la vida es cine

valoraciones:
5/5 (4 valoraciones)
Longitud:
101 páginas
1 hora
Publicado:
31 ene 2013
ISBN:
9788415414643
Formato:
Libro

Descripción

La crónica de la vida íntima y el ensayo literario se funden aquí con la reflexión sobre un puñado de películas. Se trata de un conjunto de textos que, abarcando diez años de cine (de 1995 a 2005), muestran cómo las historias de celuloide penetran en nuestra forma de ver el mundo. Cine, pues, como biografía paralela de uno mismo; ensayos como excusa para verse fílmico, para escarbar en la memoria, dichosa o dolorosamente, a partir de obras tan diversas como "Balas sobre Broadway", "Pleasantville", "El fin del romance", "Magnolia", "El mismo amor, la misma lluvia", "Family Man", "Hable con ella", "La gran aventura de Mortadelo y Filemón", "Largo domingo de noviazgo", "Las tortugas también vuelan" y "Orgullo y prejuicio".

Publicado:
31 ene 2013
ISBN:
9788415414643
Formato:
Libro

Sobre el autor

Toni Montesinos (Barcelona, 1972) es crítico literario del diario La Razón y colaborador de la revista Clarín, entre otras. Autor de dos novelas –"Solos en los bares de noche" (2002) y "Hildur" (2009)– y del libro misceláneo "El gran impaciente. Suicidio literario y filosófico" (2005), ha publicado los libros de poesía "El atlas de la memoria" (1998), "Labor de melancoholismo" (2000), "La ciudad gris" (2001 y 2011), "La muerte escondida" (2004) y "Sin" (2010), además de recopilar poemas y crónicas de viajes sobre Nueva York en "Escenas de la catástrofe" (2010). Sus ensayos sobre poesía y narrativa universales están recogidos en "Experiencia y memoria" (2007) y "Desarticulación" (2009), respectivamente. Asimismo, ha editado a Ángel Crespo, Benito Pérez Galdós, Luis Rogelio Nogueras, José Balza, Horacio Quiroga, Jaime Quezada y José Antonio Ramos Sucre.


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Que todo en la vida es cine - Toni Montesinos

Que todo en la vida es cine

Escritos autobiográficos sobre películas

Toni Montesinos

1ª Edición Digital

Enero 2013

Smashwords edition

© Toni Montesinos, 2012

© de esta edición:

Literaturas Com Libros

Erres Proyectos Digitales, S.L.U.

Avenida de Menéndez Pelayo 85

28007 Madrid

http://lclibros.com

ISBN: 978-84-15414-64-3

Smashwords Edition, License Notes

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Para mi hermana Cristina,

que una tarde de 1983 me llevó a ver,

dos veces seguidas, El retorno del Jedi.

Índice

Copyright

Dedicatoria

Justificación

La intriga de Balas sobre Broadway (1995): «Yo no soy un artista».

Televisiva Pleasantville (1998): Donde reinventar el mundo.

Confidentes para El fin del romance (1999): El inicio de la fe.

Sobre una cama en Magnolia (1999): Confianza en el azar.

Por qué la lluvia en El mismo amor, la misma lluvia (1999): Por miedo te perdí.

Nueva York y Family Man (2000): Una segunda oportunidad.

Llorar con Hable con ella (2002): Menú de lágrimas.

Desde el cómic, La gran aventura de Mortadelo y Filemón (2003): Querido Ibáñez.

Miradas sobre Largo domingo de noviazgo (2004): Amor más allá de la muerte.

La guerra y los niños en Las tortugas también vuelan (2004): El fin del mundo.

Los libros en Orgullo y prejuicio (2005): El objeto cómplice.

Sobre el autor

Justificación

Un día de otoño del año 2006, la vida entera —permítaseme el tópico— se me rompió en pedazos. No era la primera vez, pero ante la constatación de que llevaba una época considerable sin infortunios, mi subconsciente casi estaba resignado a que ya había tenido bastante tregua y que resultaba justo una nueva visita negra. Me lo tenía bien merecido: culpable de existir, de crecer, de convivir. La vida traicionera me zarandeó hasta perturbar mi estado de ánimo, y fui un esqueleto sin alma, un turista del insomnio y una estatua que sufría esa desesperación que causa el hecho de no saber qué hacer. Aquella experiencia inconfesable fue demoledora, y estaba fuera de mi responsabilidad porque la desgracia venía del exterior; yo era el personaje-víctima, tenía una intervención secundaria, y sin embargo, el dolor era monstruoso porque absolutamente todo lo que era y había construido y amado se venía abajo de forma inmisericorde, y el futuro entero —mi familia, mi trabajo y mi vocación, mi casa, mi salud, mi dinero— eran percibidos por mí pendientes de un hilo. Fin del preámbulo ego-dramático.

El que reaccionó en aquellos momentos, quien tomó las decisiones, el que tuvo vértigo ante el descubrimiento de una verdad que yacía oculta, viéndose superado por las circunstancias y convertido en siervo del miedo no era exactamente yo. Otro individuo había usurpado mi personalidad que, en pleno desequilibrio y tristeza inconmensurables, ya no funcionaba como acostumbraba. Aquel impostor demente era más bien un actor propio de una telenovela latinoamericana de escándalos ordinarios, de un telefilme estadounidense con gente apacible transformada en malvada, de un largometraje centroeuropeo intimista y deprimente. ¿Pues acaso el yo que padece una debacle personal no se acerca más a un yo intérprete, a un yo obligado a actuar teatralmente, es decir, a moverse en un guion no escrito de una obra de la cual no sabe nada pero en la que se ve como protagonista absoluto?

Ante las situaciones extremadamente graves que están fuera de la jurisdicción de lo cotidiano y para las que hay que tomar una postura nueva, no hay otro comportamiento que este hacerse actor de uno mismo. Aparecen entonces todos los clichés desarrollados en el cine, y te vuelves el estereotipo de un cúmulo de películas que arrastras en el imaginario privado que damos en llamar memoria. Y así, en una traición sentimental, en el entierro de alguien querido, en un hospital con un enfermo crítico, pero también en un esporádico triunfo, no eres tú sino la interpretación actoral que haces de ti mismo, ya que necesitas verte desde fuera para, por un lado, minimizar la angustia, y por el otro, admirar tu pasajera gloria o acaso corroborar que aún mantienes una simple dignidad. De súbito, sientes que has de ser el público de ti mismo, como si quisieras dominar un tablero de ajedrez a control remoto y tuvieras las piezas blancas a punto del saque inicial. Distancia, perspectiva y control.

A tenor de este distanciamiento, cuando se observa ajeno, en multitud de ocasiones compruebo en los seres humanos que la frontera entre la madurez y la necedad radica en cómo asimilan la influencia de la ficción audiovisual. En una existencia en la que pocos tienen clara la línea que separa lo realista de lo falso, todos somos en cierta medida peliculeros que adoptan rictus o pensamientos o iniciativas que hemos descubierto antes en una pantalla de cine. La actuación diaria rige nuestro papel social en el gran teatro del mundo —me beneficio de otro tópico— y la canción calderoniana de Luis Eduardo Aute ruge, silba, gorjea como animal musical de fondo, pues todo en la vida es cine, y los sueños, cine son... Si los dioses castigaron y premiaron al hombre con la imaginación, el territorio donde el deseo irreal, la realidad deseada, se hacen patentes a través del lenguaje de la palabra y de la imagen de la fantasía, el hombre a su vez ideó la tecnología para comprimir tales cosas y, con un pie en la literatura, y el otro en la óptica, echó a andar con el cinematógrafo a cuestas. Y la vida que antes era leyenda y libros, pinturas y fotografías, se hizo fílmica por entero.

Es entonces cuando el cine se convierte no solo en entretenimiento, inquietud cultural o pasión artística sino, elementalmente, consuelo, compañía y hasta tabla de salvación. ¿Qué hacer cuando, en pleno terremoto afectivo, todo se convierte en ruina menos la baldosa que sustenta tus pies? Una oscura sala de cine tiene la respuesta: el mago sale de la lámpara maravillosa —de la Linterna mágica, por decirlo con el título de la autobiografía de Ingmar Bergman— y te proporciona el anhelo de olvidarte un rato de ti mismo; es el hada buena con capirote disneyliano que, al encontrarte solo perdido en un bosque con árboles deformes, te coge de la mano para llevarte a buen recaudo. Uno a veces es incapaz de concentrarse en un libro, salir a correr, desahogarse llorando o contar su problema a alguien, pero siempre puede, recurriendo al reminiscente gesto del autómata que manipula un cajero para sacar billetes, recordar dónde está el cine y llegar a él, alargar la mano para pagarle a la dependienta que está más allá del cristal, ver que, a cambio de eso, una butaca y una mentira verdadera te están esperando para aliviar lo que jamás podrá

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