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Morelos. Sacerdote y general del México insurgente

Morelos. Sacerdote y general del México insurgente

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Morelos. Sacerdote y general del México insurgente

valoraciones:
5/5 (5 valoraciones)
Longitud:
172 páginas
2 horas
Publicado:
Jan 29, 2013
ISBN:
9781939048813
Formato:
Libro

Descripción

Este libro narra la vida de José María Morelos, religioso, político y militar mexicano, caudillo de la independencia de México y gran organizador de la segunda etapa de la lucha independentista mexicana. Morelos asumió el liderazgo del movimiento independentista y trató además de dar forma política a sus ideales de justicia e igualdad, organizando el primer cuerpo legislativo de la historia mexicana. El autor no sólo analiza los recursos bélicos del sacerdote guerrero, sino tambien el por qué de su derrota y el trasfondo social del México colonial.

Publicado:
Jan 29, 2013
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9781939048813
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Libro

Sobre el autor


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Morelos. Sacerdote y general del México insurgente - Fernando Lopez

Se cuenta que cuando se supo en la ciudad de México que el rey español Fernando VII había caído víctima del empujón que le propinara Napoleón, los muros de la ciudad amanecieron un día con unos cartelones que fijaban un verso breve y simpático:

Abre los ojos pueblo mexicano y aprovecha ocasión tan oportuna.

Amados compatriotas, en la mano las libertades ha dispuesto la fortuna; si ahora no sacudís el yugo hispano miserable seréis sin duda alguna.

¿A quién hablaba el anónimo poeta popular? ¿A quién esperaba despertar? ¿Podían acaso sumarse en un único torrente humanidades tan dispersas en ese vasto, inmenso territorio?

México era el fruto de una cruel servidumbre impuesta a los orgullosos pueblos originarios. Esa ciudad y todas las ciudades eran el habitáculo de la sociedad dominante, conformada por una elite de patronos hispanos, asilados fundamentalmente en los puestos administrativos y de gobierno, la jerarquía eclesiástica y las grandes casas de comercio monopólico. Luego había un núcleo más vasto, lo que habitualmente en América denominamos criollos, hijos y nietos de españoles afincados definitivamente en estas tierras, usufructuarios putativos de la tierra y las humanidades conquistadas por sus ancestros: hacendados, señores de la mina, comerciantes. En la frontera del criollismo había una abigarrada multitud de blancos y mestizos de las clases inferiores: asalariados, pequeños comerciantes al menudeo, soldados y curas del dilatado interior mexicano.

Por fuera de la ciudad, a veces en sus límites, ocupando efectivamente el país residía la verdadera mayoría, el entero pueblo mexicano original, humillado tras trescientos años de violencia y servidumbre.

Aparecido en la ciudad, el destinatario del panfleto ha de estar incluido entre los primeros señalados más arriba. Descartados los representantes del rey en la Colonia, busquemos entre los americanos a quienes correspondiera el mensaje de la copla.

Desechemos en principio un núcleo entrelazado por múltiples e íntimas relaciones (económicas, sociales y hasta familiares) con la casta de origen peninsular. Queda, ciertamente, un extenso sector de criollos americanos: algunos, subordinados integrantes del bloque dominante colonial (hacendados y mineros, fundamental pero no únicamente); la abrumadora mayoría, sometidos, resentidos y con sinceras expectativas de progresar más dignamente con la ruptura del contrato colonial.

Sí, seguramente son estos últimos los destinatarios del mensaje. En toda sociedad de castas, como lo era la mexicana entonces, los grupos medios fundan naturalmente su relativa primacía sobre los más (en este caso, indígenas sometidos a la explotación más infame), para el mantenimiento de una estructura jerarquizada, y odian tanto a la elite como temen a las masas. En toda la América hispana y portuguesa, el grupo criollo tentado con el discurso independentista respecto de la metrópoli, se vio sometido al mismo enigma: ¿cómo sacudirse la dominación ibérica sin movilizar a las amplias masas de pueblos originarios, destinatarios naturales de la retórica emancipatoria? Donde esta contradicción era menos flagrante, en razón de la relativa ausencia de estas masas, la revolución de independencia conducida por la elite criolla avanzó con menores dificultades. Así ocurrió en el Plata, que no tuvo detenciones decisivas en su desarrollo. Donde estas masas eran más antiguas, masivas y desarrolladas culturalmente, la elite criolla adoptó generalmente el lugar de la reacción o un papel timorato y dubitativo, como ocurriera en el Perú y también en México.

La explosión de rebeldía de un pueblo sometido que desatará el Grito de Dolores en 1810 fue seguida con inquietud y desconcierto en las ciudades. Un pueblo grandioso se ponía en marcha para sacudir sus cadenas ancestrales. Sus líderes naturales fueron esos curas de poblado criollos, pobres y consustanciados con sus vecinos indios y mestizos. Hombres como Hidalgo, Morelos, Talavera o Matamoros, lectores de encíclicas y proverbios medievales, entrenados en su oficio de cura de almas, se transformaron por imperio de las circunstancias en conductores militares de una tropa improvisada y fanática. Algunos de ellos sobresalieron mostrando un talento estratégico innato que deslumbró a sus enemigos, militares profesionales desorientados en la derrota. Así pudo decir Napoleón, informado sumariamente de las alternativas a que diera lugar en América su intervención en España, que con cincuenta generales como Morelos hubiera ya dominado el mundo entero.

De todos estos curas guerreros es Morelos quien más se destaca por su genio militar, que lo constituye en un verdadero estratega, palabra ésta empleada en su acepción más pura y digna, la que acuñaran las polis griegas para denominar al responsable elegido para su defensa. El strategos era señalado como el más denodado protector de su ciudad y su pueblo. Resulta natural que el término se aplique a Morelos, quien en su momento se autodenominara Servidor de la Nación.

Sí, Morelos fue el más preclaro defensor de su gente.

Hay otras razones de peso en el caso mexicano que pueden explicar esta hegemonía del bajo clero entre los dirigentes revolucionarios. Ha de tenerse en cuenta el carácter misional de sus ministerios y su creencia absoluta en el papel de conductor de sus pueblos que la misma Iglesia les asignaba. Era una Iglesia, esto no puede ser obviado, que constituía la base del poder del Estado Absoluto, al modo que transitó España del feudalismo medieval a la sociedad moderna. Si en la propia metrópoli, la estructura del Estado seguía incorporando a la Iglesia y su ministerio más político, la Inquisición, como uno de sus pilares fundamentales, ¿cómo no habría de serlo en sus colonias y especialmente en la más rica de ellas: la Nueva España?

Por lo mismo, no sorprenden las frases que suenan en una circular del Obispado de Michoacán de abril de 1810, dirigida a los párrocos de los poblados indios. El texto, que convoca al establecimiento de un donativo para la producción de armas y pertrechos en previsión de una invasión francesa tras la caída del rey en España, comienza exaltando el patriotismo y religiosidad del clero en los términos que muestra este fragmento:

Debemos todos prevenirnos, no sea que el usurpador nos coja descuidados e inermes; debemos velar nosotros principalmente que somos atalayas de la religión y del Estado [...] debemos ser los primeros en esta divina empresa por razón de nuestro Estado y porque somos también los más interesados; pues si perdemos la patria y el altar, todo lo perdemos.

No confiemos demasiado en la anchura del océano, ni en lo infesto de las costas, ni en lo fragoso de las montañas... Tampoco será prudencia descansar ciegamente en un poder extranjero. La nación que quiera levantar el edificio de su gloria, debe cimentarlo en sí misma. La patria se funda sobre el patriotismo. Sólo este apoyo es firme. Y el patriotismo consiste en el sacrificio de nuestros intereses particulares y de nuestras pasiones, porque la gloria y la felicidad de una nación es incompatible con el egoísmo e inercia de sus hijos.

En fin, la presente generación va a decidir la suerte de las generaciones futuras. Esta será la época de nuestra gloria o de nuestra ignominia.

Firma: Manuel Abad y Queipo, obispo de Michoacán 1

Esta combinación de patria y religión, unida a una idiosincrasia de cristianismo primitivo o fraternal, estaría impresa en el alma de la revolución que estalló en Dolores en septiembre de 1810, y daría sus rasgos definitorios: igualitarismo y devoción religiosa a la lucha por la Independencia en el segundo decenio del siglo.

Otros traicionarían más tarde su legado emancipatorio para asimilarlo al deseo de la elite criolla; más parecida al de sus similares en Sudamérica y en el Brasil. Deseo que se consolidaría muy pronto como Régimen Oligárquico.

Dijimos masas fanáticas, pero olvidamos decir famélicas, porque la revolución de independencia en México, como la revolución francesa, estalla en medio de una tempestad de altos precios.

Entre 1720 y 1810 México sufrió diez crisis agrícolas en las cuales la escasez de maíz bajó al nivel del hambre y los precios superaron con mucho los salarios de los trabajadores [...] Los efectos secundarios del hambre eran también feroces: epidemias que devastaban a las gentes, especialmente a los subalimentados indios y castas..?

Esto quizá explique las magnitudes de violencia; sólo la desesperación del hambre podía empujar a esas masas a enfrentar, casi desarmadas, la maquinaria militar de la más importante colonia española de América.

Esto explicaría la violencia; el heroísmo se explica de otra manera.

Capítulo 1

El cura de Carácuaro

Soy un hombre miserable más que todos y mi carácter es servir al hombre de bien, levantar al caído, pagar por el que no tiene con qué, y favorecer cuanto pende de mis arbitrios al que lo necesita, sea quien fuere.

Vallisoletano, José María Teclo Morelos y Pavón nació el 30 de septiembre de 1765 en la antigua calle del Alacrán, a espaldas del Convento de San Agustín de la ciudad de Valladolid, capital de Michoacán rebautizada Morelia en su honor. Se le suele atribuir un origen aún más humilde que aquel que ciertamente le corresponde. Su padre, José Manuel Morelos Robles,4 era un carpintero de ascendencia indígena, mestizo de tercera o cuarta generación. Provenía muy probablemente de un medio campesino en el que sus padres eran pequeños arrendatarios.

En cambio su madre, Juana María Guadalupe Pérez Pabón (que José María convirtiera en Pavón), era criolla e hija del maestro de escuela de la villa —éste, con estudios de seminario—. Reivindicaba además un origen más alto, puesto que se ufanaba de una antigua prosapia de Querétaro, que incluía un abuelo rico hacendado de Apaseo y un bisabuelo capellán. Anhelaba por tanto para su hijo una carrera de letras o de sotana, que recuperara aquella herencia de capellanía.

Un documento incluye los nombres de Lorenzo Sendejas y Cecilia Sagrero como padrinos de bautismo. José María era el primero de tres hermanos: Nicolás, nacido quizá en 1770, y María Antonia, once años menor que el primogénito, nacida en 1776. Parece que su padre endureció la precaria situación de la familia al marcharse con el segundo hijo, Juan de Dios Nicolás, para probar suerte en San Luis Potosí. A partir de entonces y con sólo diez años, José María debió contribuir a la subsistencia familiar, trabajando en una hacienda cañera.

Patio de la casa natal de Morelos en Valladolid, según un grabado de 1882 de Manuel Cambas (Biblioteca de Arte Ricardo Pérez Escamilla, México)

Apenas tres años después, en 1779, moría su padre y José María quedaba a cargo casi exclusivamente de la familia. Recibió entonces ayuda de su tío Felipe Morelos, administrador del rancho de Tahuejo en Apatzingán, que lo llevó a esta hacienda para trabajar en la labranza. Así se hizo campesino, pero a poco de establecerse, el patrón descubrió la viva inteligencia del muchacho y su temprana alfabetización (el muchacho amaba las letras), condición de la que carecía en absoluto su tío, honesto pero analfabeto, y le encomendó tareas de contaduría de la unidad agrícola, así como rudimentos de escribanía, recibos y pago de los mensuales. Algún tiempo después, le confió la conducción de una recua de mulas que empleaba en el comercio de mercaderías de Manila que ingresaban por el puerto de Acapulco y se distribuían en la ciudad de México. Por ello, muy tempranamente, José María aprendió los rudimentos del

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Reseñas

Lo que piensa la gente sobre Morelos. Sacerdote y general del México insurgente

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Reseñas de lectores

  • (5/5)
    Es un libro muy emotivo y resalta los valores e ideales que aún faltan por cumplirse. Mexico necesita gente como Morelos que amen a su patria sin beneficios personales