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Almazan. El unico general revolucionario
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Libro electrónico645 páginas11 horas

Almazan. El unico general revolucionario

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Mucho se ha silenciado la presencia del único general revolucionario Juan Andreu Almazán, con el propósito, entre otros, de preservar la imagen de Lázaro Cárdenas. Almazán luchó al lado de Emiliano Zapata y en 1940 contendió por la presidencia que le arrebató Manuel Ávila Camacho. Ésta es una biografía que da voz a quien, después de Zapata y Villa, ha sido el único verdadero revolucionario que ha tenido México.

IdiomaEspañol
Fecha de lanzamiento10 ene 2013
ISBN9781940281582
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    Almazan. El unico general revolucionario - Guillermo Samperio

    Prólogo. Las trampas y la falta de fe: el casi siniestro contra Almazán

    Introducción

    Primera Parte

    I

    II

    Segunda Parte

    III

    Palabras finales

    Prólogo

    Las trampas y la falta de fe: el caso siniestro contra Almazán

    Mucho se ha silenciado la presencia del único general revolucionario, Juan Andreu Almazán, con diversos propósitos: preservar la supuesta gran imagen, aunque endeble, de Lázaro Cárdenas al servicio de Calles y de los intereses de los Estados Unidos cuando, en la crisis de las elecciones de 1940, ganó evidentemente Almazán ya como hombre civil. A espaldas de la Nación, Cárdenas negoció con Roosevelt con el fin de que no se retirara la representación diplomática de Estados Unidos, como había sucedido cuando el golpe de Estado de Victoriano Huerta, luego de que Cárdenas y sus personeros siniestros le robaran las elecciones a Almazán por medio de una serie de triquiñuelas y uso de la fuerza criminal y las más amañadas tretas de que pudo hacerse Cárdenas dentro de, en apariencia, la legitimidad que él se construyó, tal como el retiro del voto femenino a sabiendas de que Almazán tenía un gran arrastre entre las mujeres debido a que durante la etapa revolucionaria les dio su lugar y les encargó la administración de diversas Cooperativas, depositando en ellas su confianza. Las mujeres cumplieron como su benefactor lo esperaba, ya que en ese entonces, en plena lucha revolucionaria, era pertinente que los hombres se entregaran a la lucha, aunque es posible que en Almazán despertaran las mujeres su mayor confianza en cuanto al manejo efectivo de las cooperativas y del dinero que en ellas se malabareaba.

    Es cierto también que, de entre los generales, era el más bien parecido y que respetaba a las damas de forma irrestricta como lo hizo su inseparable amigo Emiliano Zapata, en tanto que Almazán mantenía una relación de noviazgo con una poblana a la cual respetaba como un caballero, y nunca, aun estando a la cabeza de la División del Norte en plena Revolución y muy distante de su dama, le guardó plena fidelidad, a diferencia de otros generales y oficiales que, abierta o de forma subrepticia, se aprovechaban de las mujeres, tanto en las ciudades y poblaciones a donde llegaban como de las soldaderas mismas. Las soldaderas de Almazán no sólo eran respetadas por él, sino también por sus hombres; como lo hacía Emiliano Zapata, los inducía a la honra irrestricta por ellas. Es memorable que, cuando en uno de los primeros combates de Zapata, cinco o seis de sus hombres abusaron de las mujeres del sitio, el general Zapata mandó que fueran fusilados, pues sabía que si no cortaba de tajo las conductas nefastas de algunos miembros de su ejército, otros podían seguir el ejemplo; además, Zapata era tan caballero como su amigo Almazán.

    Para la Revolución de 1910-11, el general Andreu Alamazán era ya un revolucionario de unos veinte años hecho y derecho, quien traía tras de sí unos mil quinientos hombres y alrededor de trescientos soldaderas, y lo llamaban el General Niño Su contingente fue el primero en llegar a la ciudad de México, el 3 de junio de 1911, para recibir a Francisco I. Madero. Ángela, la hermana del recién estrenado presidente, se decía novia de Almazán y lo invitó a subir al pullman en el que llegaba Pancho Madero a esta ciudad. A la muerte (asesinato) de Emiliano Zapata, planificada e instruida por Álvaro Obregón, bajo la presión de éste, Almazán, todavía de luto por su gran amigo sureño, se vio precisado a acatar las órdenes del manco Obregón.

    Pasaron los años y el cargo en el que más resaltó Almazán fue en el de Secretario de Comunicaciones, nombrado por el presidente callista Pascual Ortiz Rubio en 1930. Mientras tanto se ocupó, en distintos estados del país, de operaciones militares, entre ellas, la más importante: la creación de la Ciudad Militar en el estado de Nuevo León, cuya Cooperativa puso en manos de las mujeres, acto sólo comparable a los que llevó a cabo Felipe Carrillo Puerto en Yucatán, ultimado por personeros de De la Huerta, cuando éste enfrentaba a Carranza en pos de la Presidencia y Carrillo se cargó hacia don Venustiano.

    Pero no pasó inadvertido que Almazán aguardó, durante treinta años, cargando el peso de su historia de vida zigzagueante, de su pasado guerrillero, como hombre proteico, o como servidor de la Nación y que, como militar y empresario, ofrecía una personalidad triforme, agregando la de político con otra dualidad de hombre militar y civil en 1939-1940, pretendiendo replantear la historia de la democracia mexicana.

    Las elecciones se llevarían a cabo a mediados de 1940 y el candidato que Lázaro Cárdenas impuso por el PRM (Partido de la Revolución Mexicana) fue Manuel Ávila Camacho, un hombre sin prendas físicas ni mentales, a quien el mismo Cárdenas tuvo que redactarle un falso Currículum, además de que este candidato, durante el proceso de propaganda para las elecciones y el mismo día de ellas, nunca, o muy escasamente, dio la cara al pueblo de México, pues este pueblo sabía de la imposición, de las trampas de Cárdenas y de ciertos matarifes del PRM.

    El candidato opositor fue el general Juan Andreu Almazán, al frente del PRUN (Partido Revolucionario de Unificación Nacional). Su distintivo era un moño verde, a diferencia del usado por el espurio Ávila Camacho, que era de color rojo sangre. Antes de las elecciones, a lo largo y ancho del país, la gente de Lázaro Cárdenas en diversos puestos gubernamentales, desde Secretarios hasta jefes de departamento, empezaron a presionar e intimidar a su personal para que se alinearan hacia el "moño rojo'.

    Llegó el día de las elecciones y era evidente en toda la Nación que la aplastante mayoría de mexicanos votaría por Almazán; sin embargo, los dispositivos de amedrentar en cada ciudad del país, grandes, medianas y no tan medianas, estaban ya establecidos, planificados y dispuestos. En muchas casillas, los del listón verde lograron votar gracias a que hileras de mujeres se pusieron de parapeto en la cola de los votantes para que no fueran atacados, pero hubo casos en que, a pesar de ellas, los atracadores intervinieron. Desde luego, el robo de urnas donde era evidentísimo el voto abrumador hacia Almazán fueron robadas con pistola y ametralladora en mano.

    Todo esto se sabía, paso a paso, en el mundo, debido a la presencia de corresponsales del extranjero, tanto de Estados Unidos (New York Times, etcétera) y otros como de Europa (Le Monde y demás). Vía Cuba, donde Almazán mandó por radio uno de sus mejores mensajes a la Nación, se esparcían las noticias hacia Latinoamérica. Ya Cárdenas, estrenando presidencia, le había impuesto al movimiento obrero al siniestro y ya desaparecido Fidel Velázquez, en contra de Lombardo Toledano, dándole un giro hacia la derecha a la política laboral. Y fue él quien concentró a las fuerzas armadas de la nación en un solo organismo; es cierto que recuperó el petróleo para México, pero también es innegable que fue el presidente que burocratizó de manera brutal a la Nación, inclinando al país hacia la derechización

    Sin embargo, el general Juan Andreu Almazán, viendo que Estados Unidos estaban con Cárdenas y que, con una revuelta se jugaba la autonomía de la República Mexicana, podía dársele carta abierta a los gringos para intervenir, decidió detener la asonada y retirarse de la política. En la práctica, el país estaba dividido, sumándole un buen número de generales y otros oficiales, con todo y su gente: lo que se jugaba era, en rigor, una segunda Revolución.

    El político Diego Arenas Guzmán dijo que No podía, pues, caber la menor duda al presidente Roosevelt respecto a que los diputados y senadores que oficialmente aparecieron como electos en nuestro país, llevaban a nuestro Congreso de la Unión credenciales salpicadas de sangre y que chorreaban desvergüenza y fraude. Ya no desde el punto de vista moral, y como exponente de la causa de la democracia del mundo, tan rudamente aporreada por Cárdenas y su partido; sino dentro de las normas rígidas del Derecho, el señor Roosevelt, tan 'familiarizado con los problemas mexicanos', debió haber comprendido que México entraba en un conflicto de orden legal interno, ante el que una sincera y leal neutralidad de las naciones amigas imponía suspender la relaciones diplomáticas con el régimen que iba a nacer como fruto del fraude y que, por tanto, traía todas las características de una usurpación. Antecedentes de lo que es una verdadera neutralidad pueden encontrase en la conducta del presidente Wilson durante los primeros meses del régimen encabezado en México por el general Victoriano Huerta.

    Muchos de listón verde le reprocharon la actitud a Almazán pero, en rigor, no entendieron a profundidad las razones del general. Ante tal determinación del candidato del PRUN, los personeros del PRM, que luego sería PRI, decidieron borrar a Almazán de la historia de México cuando, en rigor, después de Zapata y Villa (como líderes), ha sido el único verdadero revolucionario que ha tenido México después de 1911. Desde luego, en el contexto del bicentenario, lo más loable sería que las instituciones pertinentes de la Nación le restituyan su sitio a Juan Andreu Almazán como el correcto y gran revolucionario que fue.

    La presente biografía novelada está basada, en lo fundamental, en el diario del general Almazán y con base, también, en una serie de artículos, ensayos y libros en torno del protagonista, o de su puño y letra. Mantuve el texto en la voz del general Juan Andreu Almazán y en su estilo, siguiendo, modestamente, el ejemplo que nos puso Martín Luis Guzmán, el primer escritor de la modernidad literaria en México, al escribir la gran biografía Memorias de Pancho Villa, respetando la voz de su protagonista.

    Guillermo Samperio

    Introducción

    Emprendo esta aventura de la escritura porque considero una obligación dar a conocer una parte de la Historia de México de la cual, más que testigo, fui desventurado protagonista, en principio porque considero que esta información debe estar al alcance de todos los mexicanos, en especial de las nueva generaciones. La maldición de cometer los mismos errores por desconocer nuestro pasado debe acabarse para México. Escribo estas páginas con el anhelo de que sirvan para hacer de mi patria querida un sitio mejor para vivir, donde la justicia y la igualdad reinen, donde el flagelo de la corrupción y los abusos de la clase inmoral en el poder sean desterrados para siempre, donde nunca ningún Cárdenas vuelva a hundir a nuestro país en la ciénaga de la mentira y la petulancia.

    Considero a Lázaro Cárdenas un ser anormal, a quien gobierna una absoluta amoralidad y en quien todas sus acciones son destinadas a la satisfacción de su vanidad. Si se tratara de un ciudadano de vida privada, su caso sólo interesaría a los psiquiatras. Como hasta su último día sus actos llevarán el propósito de disponer de los testimonios de México y seguir labrándose de forma fútil y engañosa una personalidad mundial, considero un deber elemental presentarlo ante el juicio de sus conciudadanos.

    Su revolucionarismo radical arranca desde los puestos que deben ser conquistados por medio del voto popular, pero que se los obsequió de manera obcecada el general Plutarco Elías Calles: primero, el Gobierno del estado de Michoacán y, después, la Presidencia de la República.

    Desde esos encumbrados puestos emprendió la tarea de labrarse la personalidad del más gran reformador, por medio de la más descarada demagogia de que puede tenerse noticia. Naturalmente, empezó por traicionar a su creador Calles para emerger como la figura única y de méritos propios. Sin embargo, despreció las oportunidades estupendas que le deparaban el ánimo popular y la trágica situación mundial.

    Pudo haber realizado, con el entusiasta apoyo nacional, el mejoramiento profundo y verdadero de las masas miserables, seleccionando a colaboradores constructivos. Pudo también agigantar el sólido prestigio de México en la América Latina con un nacionalismo que no mirara hipócritamente hacia el pasado, sino que buscara de manera valiente la formación indispensable de la gran familia latinoamericana del futuro. Sin guiarse por el interés nacional, sino por su propio egoísmo, destruyó de forma anárquica, con el concurso de los peores que encumbró y amarró con la complicidad, agravando la situación de los desvalidos.

    Destruyó el prestigio de México en la América Latina, enviando numerosos diplomáticos improvisados con antecedentes vergonzosos, que no llevaban más misión que ensalzar su personalidad a costa del buen nombre de nuestro país. La falta de responsabilidad general que creó en México acarreó en los países hermanos el desprestigio de nuestros productores y comerciantes, perdiéndose criminalmente las condiciones envidiables y únicas que, en estos países hermanos, nos había deparado la guerra mundial.

    En vez de afirmar a México como uno de los guías del continente, por medio de un nacionalismo director, prefirió hacerse servidor de los imperialismos: el estadounidense y el soviético.

    Temo que, contra mi deseo, salga de mi pluma sólo lo que me favorece, pero no importa, pues lo que me perjudica, verdades y calumnias, ha sido publicado de forma profusa, y cualquier persona honrada y que tenga interés en ello podrá hacer el balance definitivo a través de sus consultas documentales.

    Precisamente para desbaratar las patrañas que sobre mí alguna vez cayeron, ante las nueva generaciones, es por lo que decidí publicar mi vida de manera minuciosa, empezando por los antecedentes de familia, donde se ve que jamás me importaron sacrificios ni peligros, que pudieran impedirme defender a los desvalidos; y si mi vida tuvo como norma invariable el respeto a la moral, a la Ley y a las buenas costumbres, tenía por fuerza que ser revolucionario. Claro, no al estilo de Cárdenas, creador del oligarquismo más desvergonzado en el siglo veinte, que tiene como base el premio de la traición y el crimen y, como meta, el dominio de las riquezas públicas y privadas: a través de la mafia más tenebrosa que pueda concebirse compuesta por funcionarios públicos y aventureros extranjeros.

    Podría acabar aquí mi escrito y solicitar credulidad absoluta a mis palabras, pero sé que eso es mucho pedir. Por ello, queridos lectores, mejor les pido que me acompañen a un recorrido por mi vida, donde plasmaré sólo aquello que me consta o que soy capaz de demostrar, ya sea con documentación o con testigos venerables pues, por desgracia, es imposible que transcriba determinados documentos necesarios, porque algunos de mis acusadores—que fueron de mis cercanos colaboradores— retienen en su poder, contra la más elemental probidad, algunos de mis archivos.

    Para que mi dicho tenga la resonancia que espero, los insto a conocer al que habla a través de mis actos, mis palabras y de todo aquello que rodeó mi persona para que, por ustedes mismos, juzguen si mis juicios son desorbitados o precisos; en ustedes está la decisión final.

    Empecemos, pues, por el principio.

    Primera parte

    I

    Olinalá. Su historia y el carácter de sus habitantes

    Olinalá (distrito de Zaragoza, estado de Guerrero) es un pueblo excepcional. Situado en el centro de una región de pueblos indígenas que hablan mexicano, tlapaneco y mixteco. Olinalá goza de un clima ideal, menos variable que el de Cuernavaca, Taxco o Aguascalientes, aunque sus habitantes sufren escasez de medios naturales para vivir, ya que sus tierras de labor, todas de temporal, son reducidas; de ahí que los habitantes se vean obligados a dedicarse a la pintura de jícaras, baúles, cajas, bateas, tecomates, palanganas, bules, arandelas y distintas figuras en forma de pájaros y frutas, así como objetos de tocador. Para subsistir, los olinaltecos han tenido que llevar su producción a lomo de burro, no sólo a los estados limítrofes, sino hasta el centro y el norte del país, así como a Centro América, por lo que, cuando unos regresan de la feria de Tepalcingo, otros salen para la de Chalma o San Pablo de Acatlán o Tejalpa o Izúcar de Matamoros.

    Este constante viajar le otorga a los olinaltecos un nivel intelectual superior al de los habitantes de sus alrededores y un afán noble de aprendizaje y aventura. Por eso, mi terruño ha dado un número notable de obispos, curas, médicos, abogados y otros profesionistas.

    El Doctor Atl afirma que el nombre de los pueblos de origen nahoa ponían a los lugares donde residían (regiones, montes y ríos) no era arbitrario, pues correspondían a una característica botánica, climática, geológica o religiosa: Todos los pueblos o regiones de México revelan por su nombre azteca una modalidad especial. Así, Olinalán es el lugar donde el agua se arremolina. Olin: movimiento; a: va en medio de la dicción agua; lan: hogar.

    El Doctor Atl destaca la posibilidad de que en Olinalán existiera un templo dedicado a la deidad Olinatzin, pues menciona que, junto al cerro localizado al oriente del pueblo, se encontraron algunas piedras labradas precoloniales: ídolos y algunas máscaras de obsidiana.

    El abate Francisco Javier Clavijero, en su Historia Antigua de México, al hablar de los tributos de los súbditos de la Corona Azteca, afirma que las provincias daban lo que producían y Olinalá pagaba con cuarenta cántaros grandes de tecozahiut, es decir pintura color ocre. Pero la deducción que sacamos del tributo que Olinalá pagaba a Moctezuma, me lleva de la mano a considerar que mi pueblo estaba en el centro de la cultura Olmeca que floreció entre los años 1500 a 1350 antes de la era cristiana. El tecomate en forma de calabaza pintado de naranja sobre crema (influencia Olmeca en Tlatilco) que se ve en la lámina 33 de Las culturas preclásicas de la cuenca de México, de Román Piña Chan, parece un objeto típico de Olinalá por su forma y por sus colores.

    El olinalteco es muy parecido al alteño de Jalisco, aunque distinto en el modo de hablar y portar las prendas de vestir: sombrero presuntuoso de palma con barboquejo, albeantes y camisas almidonadas, huaraches garigoleados y una mascada en el cuello o la cintura. Los olinaltecos son honrados, hospitalarios, altivos y cordiales, sin perjuicio de que, domingo a domingo, se maten bajo el influjo del aguardiente y por inextinguibles cuestiones de honor. Creo ser testigo de la calidad de nobleza de la mujer olinalteca porque, cuantas veces volví como estudiante, como revolucionario o con el rango de general, siempre me acogieron con cariño ferviente y confianza ciega, aunque nunca pude saber cómo besa una de ellas.

    Los habitantes de Olinalá, como en algunos otros pueblos del país, son mestizos. Sólo los domingos, la plaza y las calles se llenan de indios puros de los pueblos circunvecinos, que van a vender y comprar. Sin embargo, a pesar de la separación respecto de los indios en mi pueblo, puedo asegurar que en ningún lugar se trata, como en Olinalá, con tanto cariño y equidad a los que algunos llaman inditos.

    He tenido que aceptar la evidencia, al vivir vida de guerrero, perseguido en los diversos rincones del país, de que no hay peor enemigo del indio que el indio mismo, además del mestizo que más sangre indígena lleva en sus venas, sangre que parece quemarle su vida entera. A mi parecer, el mestizaje ha generado al verdadero tipo del mexicano.

    Cuando era niño observaba desde el corredor de mi casa la montaña próxima, de azul oscuro por la tupida vegetación alta, y una construcción blanca. Me decían que ésta era la capilla de la Cuadrilla de la Libertad, de indios de nuestra lengua, pero que más allá la montaña se hacía gigantesca e impenetrable y la habitaban los tlapanecos, a quienes era imposible entenderles palabra. Ahora, desde mi casa, la montañita es un lomerío pelón y rojizo por la tala y la erosión.

    De los tlapanecos guardo un recuerdo y una indignación. El 1 de mayo de 1911, cuando fui a atacar Tlapa, tuve que brincar la cordillera de Cruz Alta. Al salir de improviso al arenal, observé con horror a cientos de miserables que no tenían más que dos o tres intérpretes, vestidos con harapos, armados con escopetas viejas, arcos, flechas, ondas y lanzas. La sensación de angustia que sentí fue similar a la que sufre quien observa venir una repentina creciente de aguas revueltas. Me sentí contagiado de su odio hacia los culpables de la situación infrahumana en la que vivían y, resuelto a mover cielo y tierra para mejorar su calidad de vida, di a cada infeliz seis varas de manta y seis tlacos de cobre que poco antes habían retirado de la circulación las autoridades. Medio siglo después siguen en las mismas o peores condiciones.

    Los Almazán El hogar original de los ancestros en la Plaza de Olinalá

    Mi familia reconoció como el hogar original de nuestros ancestros la casa de la abuela María Ana Nava viuda de Almazán, situada en contraesquina del ángulo noroeste de la plaza de Olinalá.

    Don Juan Joseph de Villalobos, bisabuelo español de doña Micaela Huesca Nava Moctezuma y Villalobos, mi bisabuela paterna, heredó de su tía, doña Leonor de Villalobos, un solar en que labró su casa con sala y tienda. El 8 de enero de 1760, Villalobos perdió su propiedad en favor del cacique del pueblo de Ixcamilpa, por no haberle podido pagar una deuda de quinientos y cinco pesos. El 15 de diciembre de 1768, doña María de Cea vendió la misma casa a don Bernardo Rodríguez. El 20 de julio de 1780 don Bernardo la vendió a su hermano don Francisco Rodríguez.

    El 9 de febrero de 1814, don Francisco la vendió a las hermanas María Gertrudis y Ana María González, ante el teniente de Justicia, don Vicente González y ante los testigos instrumentales, don Juan Ángel Almazán, don Mariano

    Rosendo y don Joaquín Almazán. En esta venta aparecen como colindantes las casas que en el siglo anterior fueron del finado capitán don Mariano García.

    Don Mariano García fue el primer esposo de mi bisabuela, doña Micaela Huesca. De ese matrimonio nació doña María Antonia, el 16 de marzo de 1808, quien se casó en abril de 1828 con don Severiano Guerrero Moctezuma, para dar origen a los López Moctezuma y a los López Malo. Del segundo matrimonio de doña Micaela con don Juan Andreu venimos todos los Andreu.

    En el primer cuarto del siglo XIX figuran en Olinalá como hermanos y primos de mi tatarabuelo Francisco Antonio Almazán, aparte de don Juan Ángel y don José Joaquín, don José María, doña Ángela Josefa, doña María Josefa y doña María, quien murió el 13 de agosto de 1886 a la edad de cien años.

    Posteriormente, las señoras González ceden la repetida casa, ya en ruinas, a doña Ana Aburto que la deja en herencia a su sobrino don Rafael Aburto, quien el 12 de mayo de 1853 la vende a mi abuelo, don Juan Almazán y Alarcón.

    Los Andreu, los hermanos Juan y Mateo,originarios de la isla de Mallorca. Estirpe noble, no de sangre azul, sino de buenos ciudadanos

    Siendo niño oía a mis mayores decir que al final del siglo XVIII vinieron a la Nueva España los hermanos Mateo y Juan Andreu, originarios de la isla de Mallorca; que el primero era capitán de la marina de guerra española y había sido llamado a servicio al iniciarse las guerras de independencia en América; que Juan se quedó definitivamente en México y de él descendemos los Andreu que en el país nos reconocemos como parientes.

    Al consumarse nuestra Independencia era natural que en las poblaciones pequeñas del país, la vida, hacienda y crédito de los españoles valieran un comino. Sin embargo, mi bisabuelo Juan Andreu era señalado como hombre respetable entre los personajes insurgentes.

    Por el año de 1812, Juan Andreu contrajo matrimonio con la viuda doña Micaela Huesca y Nava, hermana del Padre Huesca, que por su fama de santo se le veneraba en la Casa Santa de Puebla, que él mismo fundó. Doña Micaela era hija legítima de Miguel Huesca y Moctezuma y de doña Josefa de Nava y Villalobos, por lo que es curioso anotar que, por haber sido nuestra bisabuela hija de don Miguel Huesca y Moctezuma, también los Andreu somos Moctezuma, lo que posiblemente sea la razón de que siempre hayamos rechazado el dictado de criollos y ostentado con satisfacción nuestro mestizaje.

    Doña Micaela era propietaria de un terreno de cría de ganado llamado Tecolapa, de la jurisdicción de Olinalá, donde mandó a sus hijos a trabajar con el resultado de que, tal vez, mucho más que con ganado, poblaron la región con descendientes, al grado de que ahora Tecolapa es un pueblo de Andreus, donde nació mi padre.

    De hijos nacidos en Tecolapa, fue mi abuelo Miguel un hombre extraordinario, emprendedor entusiasta, de energía indomable, incansable para el trabajo y de rara habilidad para oficios y negocios; su don de buena gente, su gusto refinado para la comida y su estampa arrogante, hicieron de él la primera figura del pueblo, de donde salió para radicar a Olinalá.

    Mi abuelo logró adquirir la totalidad del terreno de Tecolapa y también otro de igual importancia en la misma región, llamado Zacamolica, que compró al licenciado Francisco Moctezuma, así como Ahuacate, a orillas de Olinalá, que comprendía la finca de caña Ahuetitlán y los famosos parajes de Olinca y La Lluvia.

    A la edad de diez años, mi padre llegó a Olinalá para asistir a la escuela y se hospedó en la casa de don Juan Almazán, mi abuelo materno. Los acompañaba la hermana mayor Hesiquia, quien en su vejez cuenta que fueron recibidos con cariño por una niña de cinco años morenita, espigada y de cabello largo y suelto, a quien llamaban Mariquita; desde aquel momento mi padre llamó así a quien habría de ser la compañera de su vida.

    Mis padres, doña María Guillerma de Jesús Almazán y Nava, de dieciocho años, y don Juan Andreu Pareja, de veintitrés años, contrajeron matrimonio el día 21 de agosto de 1871. De ese matrimonio nacieron Ubaldo, José, Hospicio, Olallo, Juan (estos tres últimos muertos de corta edad); Delfina, Alfredo, Braulio, Miguel, Juan (yo), Samuel y Leonides. ¡Once hombres y una sola mujer!

    He sido prolijo en nombrar antecesores y parientes para buscar la nobleza en conducta de mi estirpe. Mi orgullo es comprobar que unas cuantas parejas de mis mayores han dado al país, desde la Independencia para acá, miles y miles de buenos mexicanos, entre los que abundan profesionales de la industria y la agricultura, criadores y comerciantes quienes, de forma callada, han cooperado al engrandecimiento de México. Que yo sepa, de entre esos miles y miles no ha salido ningún bandolero desalmado, ni un cruel asesino, ni un cacique feroz, ni un capataz, ni un usurero ni explotador. Creo que de nuestros nombres están limpios los libros de las penitenciarías y los de las Islas Marías.

    La infancia en Olinalá Recuerdos desde los tres años.

    Atisbos de un mundo desconocido hasta entonces

    En el Registro Civil, por error, está asentado que nací el día 11, pero la verdad es que en la libreta que conservo con devoción, donde mi padre apuntaba la fecha y hora del nacimiento de cada uno de sus hijos, aparece que nací a las nueve horas de la noche del día 12.

    Los primeros ocho años de mi vida los pasé en Olinalá y creo que en ellos experimenté las sensaciones que quedaron grabadas, con mayor profundidad, en mi alma. De esa época guardo recuerdos de sucesos de cuando apenas tenía tres años. Siendo el décimo entre mis hermanos y habituado a vivir entre ellos, por necesidad tenía que pensar y actuar como persona de más edad.

    Nunca, ni en mis estudios profesionales, he recordado a un maestro cuya personalidad dejara en mi alma huellas tan hondas como el maestro Millán que dirigía la Escuela Real. Lo veo ahora como fue en las postrimerías del siglo XIX: de estatura mediana, blanco, robusto, cara redonda, ojos cafés, cabello castaño y escaso, bigote regular y del mismo color de su cabello, vestido con pantalón de tonos claros y blusa de dril; un hombre de carácter afable y enérgico a la vez. El maestro Millán era una persona capacitada para triunfar en las capitales, pero eligió enterrarse en Olinalá, obligado por una recóndita pena que trataba de ahogar bebiendo cada día, desde las cinco de la tarde en que terminaba sus labores, cuanto aguardiente podía consumir.

    El maestro Millán, devorado por el vicio, esperaba con ansiedad las cinco de la tarde para recibir al primero de sus amigos y empezar a emborracharse, pues no acostumbraba iniciar sus libaciones en soledad. Cierto día en que sólo hubo clases en la mañana, llegamos a casa tres de los cuatro que íbamos a la escuela. Mi madre preguntó por su hijo Miguel, a lo que contestamos que se había quedado con el maestro Millán. Como a las dos de la tarde llegó mi padre y mi madre le manifestó que Miguel no había regresado de la escuela. Cuando se disponía a salir para buscarlo, apareció en la puerta, pero no en la postura del muchacho ágil y travieso que era, sino incapaz de guardar el equilibrio natural. Mi padre sufrió tal sorpresa que, cogiendo el freno de la montura de su caballo, tomó a Miguel de la cabeza y lo azotó; después salió a buscar al maestro Millán, a quien los principales del pueblo, que ya se habían reunido para tratar de remediar la situación, no permitieron que lo castigara.

    Otro de los recuerdos que guardo de mi infancia en Olinalá fue el día en que el señor obispo Ibarra y González tuvo la idea de construir un edificio para un colegio con internado en la cima del cerro Olinaltzin, al oriente del pueblo, a lo que el vecindario respondió entusiasta, aportando materiales y en el acarreo de arena. Cuando el templo estuvo terminado, me tocó en suerte presenciar la única ceremonia de esa índole que he visto en mi vida: la ordenación de dos sacerdotes, que coincidió con la inauguración del santuario. Como se trataba de dos jóvenes olinaltecos —el señor Serafín Armora, recién fallecido obispo de Tamaulipas y el señor Jacinto González, también muerto ya— que habían hecho estudios distinguidos, había en el pueblo y en la región entera un entusiasmo desbordante y una afluencia excepcional de visitantes que llenó las casas de Olinalá. En la mía se ocuparon todas las piezas con sus camas. A mí me mandaron a dormir al mostrador de la tienda, por suponer que un chiquillo duerme como lirón aun en el lecho más incómodo y, también hermosos de un chiquillo dormilón e inocente, no hubo el menor inconveniente en poner junto al mostrador una ancha cama, dos bancos, un tapestle y unos buenos petates. Yo, tal vez nervioso por tantas emociones del día y para evitar nuevas órdenes de hacer mandados, fingía dormir. Pude entonces contemplar el primer espectáculo que causó en mi ser pequeño una conmoción inesperada, promovida por dos majestuosas primas foráneas que habían llegado entre los parientes y visitantes. Ellas, de dieciocho y veinte años, eran unas morenas que me parecieron las más hermosas de todas las mujeres que habían pasado por mi mundo conocido. No volví a verlas, pero a más de sesenta años de distancia todavía me acompaña su recuerdo delicioso. La realidad es que, creyendo al primito bien dormido, no se atrevieron a apagar la veladora. Después de despojarse de sus ropas exteriores y destrenzar sus negros y lustrados cabellos, que cayeron abundantes, acariciadores, sobre sus hombros, pude ver cómo se despojaban de sus corpiños para dejar al aire unos senos encantadores que me parecieron el summum de la perfección. Era una indulgencia inusitada para mí ver las intimidades de las doncellas porque en Olinalá, donde los muchachos son diablos verdaderos, desde muy pequeñas las niñas adquieren el empaque de honestas señoritas y es muy extraño encontrarse, de pronto, con una desnudez como la de aquéllas.

    Recuerdos de infancia en la provincia Costumbres de la región de Olinalá

    Cuando en tiempo de aguas íbamos a Huizcolatitlán, propiedad de mi padre en terreno de Tecolapa, nos acompañaban familiares, parientes o amigos. Y en campo propicio, como sabemos, las fechorías de los muchachos son ininterrumpidas.

    Después de cenar, mis hermanos y sus amigos inducían a las mujeres jóvenes a salir al campo frente a la casa para participar en alegres tertulias que tenían como remate alguna diablura. Una vez prepararon el ambiente con historias de raptos de inocentes doncellas y narraciones de fantasmas, entre las que descollaba La Llorona. Entre tanto, alguien apagó el candil que alumbraba el corredor y otro amarró una reata de lado a lado de la puerta, como a dos cuartas del suelo. De improviso se escucharon lamentos desgarradores en el corral del ganado. Uno de los traviesos, vestido sólo con taparrabo, se había embarrado el cuerpo con algo fosforescente y llevaba frente a su rostro una calavera de vaca, con las cavidades también fosforescentes y aullaba como un condenado. Las muchachas que huían despavoridas a refugiarse cerca de las señoras, caían en la puerta como manojo de cañas.

    El colmo de la crueldad de mis hermanos llegó en la juventud de nuestra hermana, la única entre tanto hombre, situación que nos hacía frenéticamente celosos.

    Al cumplir diecisiete años, la llevaron a Chiautla, Puebla, y allí conoció a Agustín Flores Ruiz, quien había de ser su esposo. Al establecerse la comunicación epistolar, mis hermanos se turnaban con esmero el día del correo para correr con la carta y treparse a las ramas más altas de un frondoso árbol de nuestro patio, desde donde empezaban a gritarle a los demás que había carta del Diablo, porque era pelirrojo. Se congregaban para abrir y leer la misiva con grandes burlas. Entre tanto, mi hermana, llorando a más no poder, buscaba el apoyo de mi madre quien, por medio de amenazas y castigos, obtenía que dejaran caer la carta que de forma invariable ya había sido causa de la más injustificada irrisión.

    La petición de mano se fijó para un año antes de la boda y, cuando el día llegó, 13 de junio de 1898, mis hermanos mayores andaban en largos viajes para no conocer al que los dejaba sin su única hermana. Poco después, mis hermanos Braulio y Miguel obtuvieron becas para estudiar en el seminario de Chilapa.

    Para mi madre, el casamiento y la ausencia de su hija fue un verdadero derrumbe y para tratar de confortarla, mi padre dispuso que ella y los tres hijos más chicos —Samuel, Leonides y yo— viniéramos a r