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Ani­bal. El general cartagines que estremecio a Roma

Ani­bal. El general cartagines que estremecio a Roma

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Ani­bal. El general cartagines que estremecio a Roma

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5/5 (3 valoraciones)
Longitud:
156 páginas
2 horas
Publicado:
Aug 3, 2012
ISBN:
9781939048196
Formato:
Libro

Descripción

Aníbal Barca fue uno de los más grandes estrategas de la historia. En múltiples batallas dejó en claro sus dotes de general apasionado y racional a la vez. Napoleón, entre otros célebres guerreros, lo admiró como a un genio militar. Enmarcada en la apasionante historia de esos días, he aqui una semblanza de ese ilustre y altivo general, quien supo alcanzar las cumbres de la historia militar a partir de su consecuente oposición a Roma, a cuyos ejercitos jaqueó como nigún otro soldado lo hiciera en su época.

Publicado:
Aug 3, 2012
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9781939048196
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Ani­bal. El general cartagines que estremecio a Roma - Gabriel Glasman

Hijo pródigo de Cartago, Aníbal supo alcanzar las cumbres de la historia militar a partir de su consecuente oposición a la imperial Roma, a cuyos ejércitos jaqueó como ningún otro soldado lo hiciera en su época.

En verdad, dicho enfrentamiento tenía vieja data y se había iniciado en la Primera Guerra Púnica (264-241 a. C.), cuando se disputó por primera vez la supremacía sobre el mar Mediterráneo, el gran escenario que permitía extender la influencia política y económica de las sociedades costeras. Para entonces fue Amílcar Barca, padre de Aníbal y general de los cartagineses vencidos, quien transmitió a su hijo un rencor visceral contra el imperio que logró ponerlo de rodillas.

La tradición dirá que para entonces, siendo apenas un pequeño, Aníbal juró a su padre y a sus dioses combatir por siempre a Roma. Nacía en él, pues, la misión de hacer pagar a sus enemigos los pesares ocasionados a su pueblo. En muy poco tiempo más, podría brindarles a sus ejércitos los frutos triunfales de aquel juramento.

Político, militar brillante y diplomático de excepción a la hora de sumar aliados, Aníbal se destacará por su audacia y creatividad, causando la admiración de adeptos y enemigos. Hábil en las artes de la negociación, supo reconocer tanto los límites del poder militar como el valor de los pactos. Y como pocos también supo movilizar a los pueblos para ir a la guerra aun en condiciones de inferioridad respecto del adversario.

No obstante, genialmente balancearía sus desventajas logísticas con un conocimiento pleno del oponente, al que analizaría detenidamente antes de cada contienda. Esta conducta de estratega es la que sostuvo sus éxitos en numerosas oportunidades.

Su capacidad de conductor se vio especialmente alimentada por sus audaces acciones militares, y muy especialmente por el cruce de los Alpes, que realizó con su impresionante ejército durante la invasión a Italia.

El propio Montesquieu, célebre autor de El espíritu de las Leyes, escribió admirado:

Cuando examinamos la multitud de obstáculos acumulados ante Aníbal y vencidos todos por este hombre extraordinario, contemplamos el más bello espectáculo dado por la Antigüedad.

En efecto, realizado por primera vez por un ejército de gran envergadura, el cruce de los Alpes forjó la imagen mítica del estratega púnico. Por supuesto, triunfos militares no faltaron en su campaña en España e Italia, como en Trebia y Trasimeno. Posteriormente, la batalla de Cannas, una de las contiendas más sangrientas de la época, certificaría las cualidades del genial cartaginés, doblegando a las legiones que lo superaban ampliamente en número de efectivos.

Los enfrentamientos de Aníbal con la poderosa Roma tallaron con sangre la suerte del mundo mediterráneo. Y de alguna manera, puede señalarse que la hegemonía de la Loba imperial fue puesta a prueba con sus embates. El cartaginés disputó y puso en duda la influencia y el poder romanos, y lo hizo en los campos de batalla. Y es probable que Roma sólo haya podido extender sus dominios tras haber solidificado sus bases durante el enfrentamiento con Aníbal. En estas páginas, tomaremos aspectos de sus campañas en primer término, luego lo dejaremos de lado para narrar estrictamente la caída de Cartago, y al final analizaremos sus méritos reales y supuestos a la luz de su época.

Héroe y mártir para algunos, ávido y cruel conquistador para otros, el paso de Aníbal por el universo histórico y cultural de la humanidad sigue despertando controversias y admiraciones, sin que su imagen como estratega militar dejara nunca de brillar.

Capítulo 1

Cartago, la cuna

Según la leyenda, la ciudad de Cartago fue fundada por una mujer llamada Dido o, según la versión que se tome, Elisa, hermana de Pigmalión, rey de Tiro. Casada con el sumo sacerdote Acerbas, se dice que cuestiones de poder generaron una grave disputa familiar, y que Acerbas murió asesinado por mandato del rey, quien codiciaba la fortuna de su cuñado. El trágico desenlace llevará a Dido a abandonar el palacio y a cambiar sustancialmente su vida. Por lo pronto, la viuda urdirá un plan para huir de la ciudad, prometiéndole a su ambicioso hermano la entrega del oro de su marido. Para ello, según le dijo Dido, debía primero ir a buscar el tesoro a donde se hallaba escondido. El rey accedió, aunque sospechando alguna triquiñuela de su hermana.

Por fin el día llegó, y Dido se embarcó con un séquito de seguidores hacia Chipre. Su intención, por supuesto, era no regresar jamás. Pigmalión, receloso de los propósitos de la princesa, mandó a que siguieran su nave: si en verdad iban a buscar el oro de Acerbas, ellos mismos lo tomarían; si en cambio los tesoros ya estaban escondidos en la embarcación de Dido, la abordarían en alta mar para apropiárselos.

Pero la joven había previsto cómo eludir compañía tan poco deseada. Fue entonces que en plena travesía, Dido ordenó arrojar por la borda grandes y pesadas bolsas, supuestamente contenedoras del tesoro, por lo que los perseguidores la dejaron huir para concentrarse en la recuperación. Después de todo, era lo único que les interesaba. Grande fue su frustración cuando, tras haber recuperado las cargas arrojadas al mar, comprobaron que todas ellas sólo poseían arena.

Astucia, amor y tragedia

Con su hermano burlado y libre de perseguidores, Dido recorrerá las aguas norteñas de África, alcanzando las costas de Túnez. Una vez allí y decidida a establecerse, solicitará al monarca de la región una franja de tierra donde fundar una ciudad. El rey local, desconfiando de la extraña, le asignará por toda extensión la tierra que lograra cubrir con la piel de un toro. Pensada como una burla, la propuesta no tardaría en convertirse en su propia humillación.

Dotada de un ingenio excepcional, Dido trozó la piel del animal en tiras tan finas que, unidas entre sí, trazaron una línea divisoria muy extensa, detrás de la cual podía levantar libremente su ciudadela. El burlador, pues, resultó burlado. La astucia, como alma de la futura civilización cartaginesa, echaría allí sus más profundas raíces.

Dido y sus hombres no perderán tiempo, y edificarán el núcleo original sobre un promontorio bautizado merecidamente Birsa o Byrsa (piel, en púnico), protegido por una muralla. Alrededor de ello se extenderá la ciudad bautizada Qart Hadasht, nombre que en lengua fenicia significa Ciudad Nueva. Más tarde los griegos la llamarán Karchedon y los romanos, Carthago.

Esa leyenda dejó una huella en el imaginario popular: Cartago fue la hija de la inteligencia, la misma que cimentaría luego un comercio prodigioso que la catapultaría como un imperio de siglos. El relato aportaría otro elemento para enmarcar el devenir de la ciudad. Según la tradición, el rey local vencido por la brillantez de Dido, pretendió convertirla en su esposa. Ella, resuelta a rechazarlo, prefirió quitarse la vida arrojándose a las llamas de una enorme pira que mandó a preparar especialmente.

Virgilio, el poeta latino, le dio a la saga de Dido un final distinto aunque no menos dramático. Según La Eneida, el héroe troyano Eneas naufragó en las costas de Cartago, donde pidió auxilio para sus hombres, al menos hasta reparar la nave y continuar viaje. Pero Eneas venía precedido por su gloriosa fama en la guerra de Troya, y cuando la novedad llegó a la corte, Dido mandó buscarlo para que fuera recibido con todos los honores.

Cuando la reina vio a Eneas se enamoró perdidamente de él, y muy pronto su amor le fue correspondido. Todo parecía en orden y los placeres más dulces envolvían a la pareja, pero los dioses tenían otros planes para su héroe, y con la inflexibilidad que les caracterizaba movieron una vez más la vida de los mortales. Júpiter le ordenó a Eneas que siguiera su misión de levantar un gran imperio, aun superior al de la destruida Troya, y el héroe partió presuroso.

Dido, con el corazón quebrado por el abandono, se lanzó a una pira funeraria. La paradoja es que Eneas logró sentar las bases de un nuevo y vasto imperio. Algunas tradiciones lo identifican como el pionero fundador de la mismísima Roma.

La Cartago histórica

En términos históricos, la aparición de Cartago en el mundo mediterráneo respondió a precisos factores sociales y económicos, cuyas raíces se remontan hacia el fin del primer milenio antes de Cristo. Por entonces, un importante movimiento migratorio comenzó a acelerarse desde el cercano Oriente y Grecia hacia el oeste mediterráneo, en búsqueda de nuevas fuentes productivas.

Protagonistas excluyentes de este movimiento fueron los phóinikes, individuos de diverso origen que, guiados por apetencias económicas, realizaron las más audaces exploraciones. Entre los nuevos migrantes no tardaron en destacarse los semitas de Tiro, la poderosa ciudad fenicia, quienes se aventuraron más allá del estrecho de Gibraltar, estableciendo su presencia a lo largo del Mediterráneo. Fruto de ello fue la fundación de numerosas ciudades, entre ellas Cartago, acaecida entre mediados y fines del siglo IX a.C. Algunos historiadores –avalados por los descubrimientos arqueológicos realizados en su emplazamiento– indican con más exactitud el año 814 a. C. como fecha inaugural de la misma, casi medio siglo antes de la fundación de Roma, su histórica rival.

Enclave comercial sobre el Mediterráneo, la ciudad se levantó en un estratégico istmo con puerto natural, que ofrecía una escala ideal para las florecientes líneas comerciales fenicias. Más tarde, con la caída de Tiro en manos de Nabucodonosor II, Cartago sustituyó a la vieja metrópoli y se convirtió en el centro púnico por excelencia.

Ya en el siglo VI a.C., el acoso de Tiro, encabezado por el rey asirio Senaquerib, hacia el año 574 a. C., debilitó considerablemente la fortaleza de los fenicios, quienes iniciaron un proceso de decadencia militar y comercial de sus principales ciudades, afectadas por la continua pérdida de posesiones ultramarinas. En ese contexto, numerosos pobladores huyeron de Tiro y Sidón, encontrando en la lejana Cartago un refugio donde reiniciar su vida.

Desde entonces el crecimiento de la ciudad fue colosal. La posesión de las tierras se resolvió a favor de los nuevos dirigentes, que desplazaron a los colonos originales y a los habitantes naturales de la región hacia el interior del continente, sometiendo a la población negra a la servidumbre. El tráfico marítimo, tradicional en la economía fenicia, cobró una mayor dimensión, y el aumento de la actividad no tardó en reflejarse en la construcción de dos nuevos puertos que se convirtieron en los más célebres de la Antigüedad, y que llegaban a albergar unas doscientos naves en diques dispuestos en forma radial.

Además de la construcción de tan portentosos puertos, los cartagineses rodearon todo el perímetro del istmo con una triple muralla fortificada. Así las cosas, Cartago contó con los elementos necesarios para erigirse como una potencia marina y comercial hegemónica en todo el Mediterráneo.

Nacida para reinar

Cartago se expandió con rapidez. Hacia el

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