Maná by Kevin Stirratt - Read Online
Maná
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Acerca de

Resumen

«Danos cada día nuestro pan cotidiano…»Estas palabras del Padre Nuestro son preciosas e inspiradoras, pero seguirlas al pie de la letra pueden llevarnos a un lugar aterrador en nuestro peregrinaje espiritual; un lugar de absoluta dependencia en Dios.Y si no pregúntele a los Israelitas. Vivir del maná en el desierto tuvo que ser intimidante. Ellos no podían recoger más de lo que necesitaban o guardar porciones para después; su pan era suministrado cada día. Cada mañana tenían que confiar que Dios había provisto lo que había prometido: la cantidad exacta de maná necesaria para subsistir ese día. ¿Se lo imagina? Cada día sus vidas dependían de un milagro de Dios.Este es el tipo de dependencia diaria que transforma a creyentes errantes en grandes personas de Dios.La inspiración que este libro aporta le llama a seguir los pasos de los israelitas y a permitir a Dios que le lleve a ese aterrador pero al mismo tiempo transformador lugar de absoluta dependencia en Él. En lugar de simplemente observar y disfrutar los milagros de Dios, experimentará el desafío de dejar de preocuparse o dudar de vivir del maná y, al igual que los israelitas, desarrollará un nivel de confianza en Dios que permitirá que Él le utilice de una manera que anteriormente no ha podido.
Publicado: Zondervan el
ISBN: 9780829777185
Enumerar precios: $7.99
Disponibilidad de Maná: El llamado a depender diariamente de Dios
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Maná - Kevin Stirratt

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día.

1 VIVIR DEL MANÁ:

El llamado a depender de Dios cada día

Ustedes deben orar así […] «Danos hoy nuestro pan cotidiano» (Mateo 6:9, 11).

Qué es esa dependencia diaria

Vivir del maná es una travesía maravillosa, pero temible. Es la forma en que aprendemos a confiar en Dios para que nos provea a diario. No es una jornada que acaba en algún momento, sino un viaje periódico en el que oramos, día tras día: «Danos hoy nuestro pan cotidiano».

Mi esposa y yo ya habíamos estado en el ministerio el tiempo suficiente como para aprender ciertas cosas, pero no tanto como para haber aprendido lo que necesitábamos saber: que no sabíamos nada. Trabajamos bajo el liderazgo de dos pastores con muchísimos dones y con la gracia de guardarnos de la crítica que suelen tener que enfrentar los pastores jóvenes.

Con la experiencia, llegó también la arrogancia. Yo estaba convencido de que estaba listo para liderar. Listo para aceptar un desafío y dejar impresionada a la gente como «líder muy joven y muy sabio». Sin embargo, Dios tenía una idea diferente. Iba a llevarme al desierto para enseñarme lo que significa vivir del maná.

Empacamos, cargamos todo en el camión e iniciamos el viaje hacia el oeste. Mi hijo de diez meses estaba en su asientito, entre mi esposa y yo, y así íbamos en el auto, siguiendo al transporte de mudanzas de U-HAUL. ¡Allá vamos, Dakota del Sur! Aquí viene su salvador. No tenía idea siquiera de la lección que Dios tenía reservada para mí.

Se trataba de una iglesia joven, de menos de tres años, plantada por uno de los pastores más llenos de gracia y amor que haya conocido jamás. Él conocía a las personas y las amaba mucho más de lo que podría llegar a amarlas yo. Claro que yo era demasiado ingenuo como para saber todo eso y, aunque lo hubiera sabido, mi orgullo no me habría permitido admitirlo.

Tenía seis mil dólares en el banco. Pero no había aprendido a entregar mi dinero a Dios. Después de seis años como ministro, solo hacía poco tiempo que había empezado a dar el diezmo de veras. Durante años, me limité a «darle propinas» a Dios. Lo trataba como si fuera el servicio de impuestos nacionales, buscando todo tipo de razones para evitar darle mucho de mi dinero. El punto de inflexión fue el testimonio de un miembro de la junta directiva que contó que de dar el diezmo de sus ingresos netos, ahora lo daba de sus ingresos brutos. Fue entonces que empecé a confiar en Dios en cuanto a mi dinero.

Con todo, me faltaba mucho todavía para conocer esa verdadera confianza diaria para vivir del maná.

Esos primeros meses fueron horribles. En vez de las ochenta y cinco personas que nos dijeron que asistían a la joven iglesia, el primer domingo hubo quince. Y la situación no mejoró mucho. El liderazgo denominacional, enviaba cinco mil dólares al mes. Pero al año, la suma se redujo a solo quinientos. Y el costo del cuidado de nuestro hijo se elevaba a mil dólares mensuales. Pronto, los seis mil que tenía en el banco se esfumaron, para dar lugar a una deuda de miles de dólares.

Estaba aprendiendo una lección muy difícil: necesitaba a Dios. Y no lo necesitaba un poquito nada más. Lo necesitaba con más desesperación que la que podría haberme imaginado. Lo necesitaba al despertar y también al acostarme. Lo necesitaba mientras dormía. Al igual que Jacob, inicié el viaje convencido de que tenía bendición pero ahora, dormía apoyando la cabeza en una piedra y necesitaba que Dios interviniera de manera milagrosa.

Jamás olvidaré la noche en que finalmente me quebranté. Ese día traté de animar a una mujer de la junta directiva para que efectuara ciertos cambios en su estilo de liderazgo. Eran cambios que no me gustaban, pero sabía que si no se hacían, saldrían perjudicadas esa persona y la iglesia. Había agotado mis reservas emocionales. Nuestra congregación se reunía en una escuela, donde el sótano era algo así como mi oficina. La directiva debía reunirse en unos treinta minutos y en cualquier momento empezaría a llegar la gente. Recuerdo haber oído los primeros pasos en la entrada, sé que me pregunté por qué la gente no tocaba el timbre antes de entrar. Fui a abrir la puerta y encontré una bolsa de plástico colgada del picaporte.

Trabajé incansablemente para enseñarle a mi nueva junta directiva los principios del liderazgo. Le di a cada persona un pilón de papeles para que estudiaran en sus casas. Enseguida reconocí lo que había dentro de la bolsa de plástico. Era el material de estudio que les entregué. Sentí que se me iba el corazón a los pies. La mujer no iba a seguir mis consejos. La sensación de fracaso era arrolladora.

El paquete contenía también una carta que, en términos duros, me acusaba de varias cosas; entre ellas legalismo y extrema juventud. Al leerla, me eché sobre mi escritorio y oré mientras lloraba, pidiéndole ayuda a Dios. En ese momento, ya no había espacio para fingir. Yo no era un gran líder. Era un muchacho que jugaba a ser grande, en un mundo muy difícil. Era arrogante, pero no podía ufanarme de nada en absoluto. Tenía conocimiento adquirido en libros, pero me faltaba lo que necesitaba esa gente. No era yo su recurso. Lo era Dios. Yo no era el recurso de mi familia. Dios lo era. Y en esos momentos de desesperación, le rogué a Dios que solo me ayudara a pasar esa noche. «Dame lo que me hace falta para poder respirar por unos minutos». Había dejado de tratar de controlar el mañana y, echado en el suelo con el rostro a los pies de Dios, solo pedía sustento para poder vivir un día más.

Estaba aprendiendo lo que quiso decir Jesús cuando nos llamó a orar pidiendo «el pan de cada día».

Fue doloroso. Pero también fue el inicio del viaje espiritual más liberador de toda mi vida. Estaba aprendiendo a vivir del maná. Aprendiendo que no tenía el control del mañana ni recursos con qué contar, más que Dios. La presencia de él y su provisión para el día de hoy iban a tener que bastarme para que confiara en él durante la jornada.

Depender de los milagros

Cuando Jesús les enseñó a orar a los discípulos en Mateo 6, les dijo que oraran así: «Danos hoy nuestro pan cotidiano». Es algo maravilloso, cuando se ve solo como significado poético que eleva nuestro entendimiento en cuanto a lo que es un Dios de gracia. Claro que el asunto cambia por completo cuando Dios permite que tengamos la temerosa realidad de necesitar el pan cotidiano. Sin embargo, es en esos momentos en que Dios puede usar la dura realidad para dar inicio a una transformación en nuestros corazones, una que nos libere para confiar en él más que en nuestras circunstancias.

Jesús nos está recordando el tipo de absoluta dependencia de la milagrosa mano de Dios que tuvieron que aceptar los hijos de Israel para poder sobrevivir a las duras realidades de su travesía hacia la tierra prometida. Dejaron atrás a Egipto. Y por horribles que fueran las condiciones allí, los israelitas habían tenido al menos algún tipo de provisión en términos de alimentos. Pero, en el desierto, no había captores que los alimentaran. No había nadie más que Dios.

Pasaron solo un par de meses de la travesía y se les acabaron los recursos. Entraron en pánico: «Mejor habría sido quedarnos en Egipto. Moriremos de hambre por seguirte» (véase Éxodo 14:12). Sé que es tentador asumir la posición de juez y acusar a los israelitas de tener poca fe. Después de todo, ese grupo acababa de vivir la Pascua. Dios les había dado la libertad, como no pudo haberlo hecho un ejército, y mató a los primogénitos de todo aquel que se negaba a formar parte de esa familia de fe. A través de una serie de milagrosas plagas, y ahora por medio del asombroso despliegue de suprema autoridad, Dios les liberó de un captor al que no podían derrotar. Habían visto el poder de la mano de Dios y ahora se quejaban de que no era capaz de cuidarlos en la travesía que él mismo les ordenó que iniciaran.

Pero antes de bajar el martillo y dictar sentencia, tenemos que mirar cómo vivimos y admitir con franqueza que tenemos mucho en común con los hijos de Israel. Conocemos la mano de Dios. Ha obrado milagro tras milagro en nuestras vidas. Y, sin embargo, ante las duras realidades de la vida y la verdad de que no tenemos lo que pensamos que nos hace falta, somos igual de propensos a acusar a Dios de no cumplir con su parte del contrato: «Después de todos los sacrificios que hice, ¡no puedo creer que permitas que pase por esto!».

Somos tan afortunados con que Dios sea paciente y lleno de gracia. Él proveyó la solución para los israelitas, la cual es un patrón que podemos seguir hoy. La solución de Dios fue el maná. Él proveyó a la necesidad de los israelitas, no con silos llenos de grano y carne, sino con la provisión diaria de «lo suficiente».

Durante cuarenta años los israelitas vivirían el milagro diario de que Dios les diera maná para comer. Todas las mañanas despertaban y encontraban la provisión de Dios consistente en ese maravilloso pan que sabía a miel. Cada familia debía recoger lo suficiente como para comer en el día. No tenían que recoger más que lo del día, excepto antes del Sabbat. El requisito era que confiaran en Dios, cada día.

Es aquí donde entra en juego la decisión emocional más difícil. ¿Confiamos en Dios en cuanto al mañana? ¿Podemos en realidad creer que solo porque proveyó para hoy, hará lo mismo mañana? Después de todo, ¡lo que está en juego es nuestra vida! Si Dios no cumple, vamos a morir de hambre.

Así, la tentación se hace real y viciosa. Razonamos que es de sabios almacenar todo lo que podamos, por si acaso Dios nos falla. Disfrutamos de la provisión. Pero detestamos eso de la provisión diaria. Nos encanta cuando Dios derrama sobre nosotros tantas bendiciones que ya no tenemos espacio donde ubicarlas (véase Malaquías 3). Pero nos disgusta que las derrame cada día.

Es eso lo que hallamos en la esencia de las instrucciones de Jesús. Orar por la capacidad para confiar en el Dador de las bendiciones más que en estas. Disfrutar de ellas. Alabar a Dios por las bendiciones. Pero nunca remplazar la confianza en el Dador por confiar en la bendición misma. Todo este viaje espiritual tiene que ver con que aprendamos y sepamos que estamos a salvo, no importa cuáles sean las circunstancias. Tenemos que aprender que los milagros de Dios vienen en porciones diarias y que no tenemos que tener lo que necesitamos para mañana para estar seguros de que nos cuidará entonces. Tenemos que aprender a confiar que él enviará la provisión para cada día.

Sin reservas

Confiar en la provisión diaria de Dios significa negarnos a confiar en las reservas. Algunos de los hijos de Israel recogían más de lo necesario para ese día. Almacenar maná, por las dudas de que Dios no cumpliera, era una bofetada al rostro de Dios. Al igual que Abraham, los hijos de Israel estaban tratando de crear un Ismael, un plan B: «Por si acaso no llegas a darnos la manera para que tus promesas se cumplan, Dios, voy a crear un plan B; por las dudas». El maná de más que recogían los israelitas se pudría y llenaba de gusanos. Es el destino de todos nuestros «planes B».

Es una tentación que todos enfrentamos. Descubrimos la voluntad de Dios con nuestras vidas y vemos los riesgos que implica. Aunque no lo admitamos jamás, nos preguntamos con toda franqueza: «¿Qué pasará si Dios me falla?», «¿Qué necesitaré para seguir estando a salvo si Dios no cumple?». Y, entonces, empezamos a guardar los recursos necesarios para nuestro plan B. Cuando por fin recogimos bastante, miramos a Dios y decimos: «¡Espero en ti!».

El problema está en que cuando necesitamos un plan B para sentirnos a salvo, Dios no puede usarnos. No puede hacerlo hasta que estemos dispuestos a seguirle hacia lo desconocido. Para poder usarnos y así transformar el mundo que nos rodea, Dios requiere que dependamos absolutamente de él. Necesita que dejemos de usar las muletas en las que nos apoyamos y que todo el peso de nuestra confianza se apoye en su fidelidad. Jesús nos está llamando a orar por un tipo de fe que no necesita ahorros ni reservas, antes de que estemos dispuestos a iniciar el viaje.

No importa a qué travesía te esté llamando Dios, despertar para ver su provisión