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Tal como el Jazz

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Tal como el Jazz

valoraciones:
4/5 (79 valoraciones)
Longitud:
302 páginas
5 horas
Editorial:
Publicado:
Jun 4, 2006
ISBN:
9781418582210
Formato:
Libro

Descripción

«Nunca me gustó el jazz, porque ea música no tiene sentido… Tampoco solía gustarme Dios por la misma razón. Pero eso era antes de que todo esto pasara». En los primeros años de Donald Miller, tenía un conocimiento muy vago de un Dios distante. Pero cuando conoció a Jesucristo, se dedicó a su vida cristiana con gran entusiasmo. En pocos años, tuvo un ministro exitoso que al final lo llevó a sentirse vacío, desgastado y otra vez, lejos de Dios. En este relato íntimo y de reflexión, Miller describe su jornada especial de regreso a un Dios culturalmente relevante e infinitamente amoroso.

Editorial:
Publicado:
Jun 4, 2006
ISBN:
9781418582210
Formato:
Libro

Sobre el autor

Donald Miller is the CEO of Business Made Simple, an online platform that teaches business professionals everything they need to know to grow a business and enhance their personal value on the open market. He is the host of the Business Made Simple podcast and is the author of several books, including the bestseller Building a StoryBrand. He lives and works in Nashville, Tennessee with his wife, Elizabeth.  


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Tal como el Jazz - Donald Miller

1

Comienzos

Dios viene por un camino polvoriento, hacia mí

CIERTA VEZ OÍ DECIR A UN INDIO POR TELEVISIÓN que Dios estaba en el viento y en el agua, y me maravilló ese concepto tan hermoso porque significaba que uno podría nadar en Él o sentirlo en el rostro como la brisa. Sé que apenas comienzo mi historia, pero mi creencia firme es que me extenderé hacia la eternidad, y en el cielo reflexionaré acerca de estos primeros días, los días en que me parecía que Dios iba por un camino polvoriento, dirigiéndose hacia mí. Años atrás, Él fue para mí como una fibra que se balanceaba en la distancia, en cambio ahora está tan cerca que puedo escucharle cantar. Sé que pronto podré ver las líneas en Su rostro.

Mi papá se fue de la casa cuando yo era pequeño, por eso cuando me introdujeron al concepto de Dios como Padre le imaginé como un hombre taciturno y grasiento que quería venirse a vivir a nuestra casa y meterse a la cama de mi mamá.Solo recuerdo que esta era una idea espantosa y terrible. Como éramos una familia pobre que asistía a una iglesia de gente rica, me imaginé que Dios era un tipo con mucho dinero que manejaba un automóvil de lujo. En la iglesia nos dijeron que éramos hijos de Dios, pero yo sabía que Su familia era mejor que la mía, que Él tenía un hijo que jugaba fútbol americano y una hija que vitoreaba al equipo.

Nací con una vejiga pequeña y mojé la cama hasta los diez. Más tarde, fui flechado por la reina de la fiesta escolar quien era amable conmigo, como lo sería un buen político, lo cual probablemente aprendió de su padre que era presidente de un banco. Esto explica en parte por qué, desde un principio, el abismo que me separaba de Dios era tan profundo como la riqueza y tan ancho como la moda.

En Houston, Texas, donde yo crecí, el único cambio en el clima se da a finales de octubre cuando llega el frío que baja desde Canadá. Los meteorólogos de Dallas llaman a los meteorólogos de Houston para informar a la gente que ya es hora de meter las plantas a la casa y estar pendientes de los perros. El frío bajaba alto y azul por la carretera principal, dejando su reflejo en las ventanas de los edificios altos. Se posaba sobre el Golfo de México como para demostrar que el cielo sobrepasa grandemente al agua en su magnitud. En Houston, en octubre, la gente va por todos lados con cierta energía, como si fueran a ser elegidos presidente al día siguiente, o como si fueran a casarse.

En el invierno me resultaba más fácil creer en Dios, y supongo que esto tenía algo que ver con el clima, los colores de las hojas aferradas a los árboles, y el humo que salía por las chimeneas de las casas grandes en los vecindarios opulentos donde yo montaba mi bicicleta. Yo creía más o menos que si Dios viviera en uno de esos vecindarios, me invitaría a entrar, me prepararía chocolate caliente y me hablaría mientras Sus hijos jugaban Nintendo y volteaban la cabeza de vez en cuando para clavarme miradas feas. Yo paseaba en bicicleta por esos vecindarios hasta que mi nariz se congelaba. Luego volvía a casa para encerrarme en mi cuarto, poner un disco de Al Green y abrir las ventanas para sentir el frío. Pasaba horas estirado en mi cama, imaginando cómo sería la vida en una casa grande, recibiendo visitas de amigos importantes que montaban bicicletas nuevas, y cuyos padres tenían cortes de pelo caros y eran entrevistados en los noticieros.

Con mi propio padre apenas he estado en tres ocasiones. Cada visita tuvo lugar en mi niñez y cada una sucedió en clima frío. Él era un entrenador de baloncesto y no sé por qué dejó a mi mamá. Solo sé que era alto y guapo, y que olía a cerveza. El cuello de su camisa olía a cerveza, sus manos olían a cerveza y su cara áspera y sin afeitar olía a cerveza. Yo no tomo mucha cerveza, pero la intensidad de ese olor nunca me ha dejado. Cada vez que mi amigo Tony el Poeta Radical se toma una cerveza en el bar Horse Brass, el olor me lleva a un lugar placentero que solo existe en los recuerdos de mi niñez.

Creo que mi padre era un hombre grande, más grande que la mayoría, muy alto y fuerte, como un río en una inundación.En mi segunda visita le vi lanzar una pelota de fútbol de un extremo al otro en un gimnasio, la cual después de dar una espiral perfecta se clavó en la canasta y dejó temblando todo el armazón. No había una sola acción de mi padre que yo no estudiara como un prodigio de la naturaleza. Le observaba mientras se afeitaba y cepillaba los dientes, al ponerse las medias y los zapatos con movimientos más musculares que sutiles, y me quedaba parado en el umbral de su habitación esperando que él no notara mi mirada absorta. Prestaba atención cada vez que abría una cerveza y la lata se veía diminuta en su mano, y mientras la espuma salía a borbotones él la sorbía con sus labios rojos y se relamía el sabor del bigote. Para mí era como una máquina genial.

Cuando mi hermana y yo visitamos a mi padre, comíamos lo que él preparaba cada noche en el asador del patio, algo que nunca hacíamos con mi mamá. Trituraba galletas que amasaba en la carne, añadía sal y salsas, y yo pensaba que mi padre era alguna especie de chef, una persona que debería escribir libros sobre cómo preparar carnes. Después nos llevaba a mi hermana y a mí al almacén de víveres y nos compraba un juguete, cualquier juguete que quisiéramos. Paseábamos los corredores del almacén buscando trofeos bonitos como furgonetas y muñecas Barbies, pistolas y juegos.

En la fila para pagar yo me aferraba a la caja lustrosa en silencio total. En el viaje de vuelta a casa nos turnábamos para sentarnos en sus piernas a manejar, y el que no estuviera girando el manubrio controlaba la barra de cambios, y el que hacía los cambios podía acercar la cara a la lata de cerveza de mi papá.

No es posible admirar a una persona más de lo que yo admiraba a ese hombre. Yo conozco, como resultado de las tres veces que lo visité, la mezcla de amor y temor que existe únicamente en la noción que un chico tiene de su padre.

Pasaron muchos años entre sus llamadas. Mi madre contestaba el teléfono, y por la manera en que se paraba en silencio en la cocina yo sabía que era él. Algunos días después él venía a visitar y cada vez se veía cambiado, con arrugas y canas nuevas, con la piel más gruesa alrededor de los ojos. Luego íbamos a su apartamento a pasar el fin de semana. Más o menos por la época en que empecé la secundaria, él desapareció por completo.

Hoy me pregunto por qué Dios tiene que referirse a Sí mismo como «Padre». Ante la representación terrenal que recibí de ese papel, me parecería un error de mercadeo. ¿Por qué querría Dios llamarse a Sí mismo Padre cuando hay tantos padres que abandonan a sus hijos?

De niño, el título Padre Dios me evocaba nociones ambiguas. Yo entendía lo que hacía un padre y también entendía la tarea de un pastor de ovejas. Todo el vocabulario relacionado con Dios parecía venir de la historia antigua, mucho antes de que se inventaran los juegos de video, las agendas electrónicas y la Internet.

Si me hubieras preguntado, supongo que te habría dicho que Dios sí existe, pero no habría podido formular una definición específica con base en mi experiencia personal. Tal vez fuera porque en la escuela dominical nos ayudaban mucho a memorizar mandamientos y muy poco a relacionarnos con Él, o quizás porque sí lo enseñaron pero yo no presté suficiente atención. En todo caso, mi Dios impersonal me servía muy bien mientras no tenía necesidad de algo más real. No necesitaba que una deidad extendiera su brazo desde el cielo para limpiarme la nariz, así que nada de eso me importaba en realidad. Si Dios venía caminando hacia mí por un sendero polvoriento, estaba al otro lado de una colina y yo ni siquiera había comenzado a buscarle.

Empecé a pecar más o menos al cumplir diez años. Creo que fue a los diez, aunque pudo haber sido antes, pero a esa edad un chico empieza a pecar y por eso estoy seguro que tuvo que haber sido en esa época. Las chicas empiezan a pecar por ahí cuando tienen veintitrés años. Ellas por naturaleza propia viven con menos delirio y necesitan hacer menos experimentos peligrosos.

Yo pecaba al principio en cosas pequeñas, con mentirillas aquí y allá, pequeñas incongruencias con los profesores en cuanto a mis tareas y cosas por el estilo. Aprendí bien el arte de no mirar al profesor a los ojos, hablar rápido desde el diafragma sin dejar espacios, nunca azaroso en los rodeos del engaño.

«¿Dónde está tu tarea?», preguntaba mi maestra.

«Se me perdió».

«También se te perdió ayer, y la semana pasada».

«Soy terrible para perder las cosas. Tengo que aprender». (Siempre hay que mostrar recato y humildad).

«¿Qué voy a hacer contigo, Donald?»

«Le agradezco su paciencia». (Siempre hay que ser agradecido).

«Debería llamar a tu mamá».

«Ella es sorda. Tuvo un accidente en el bote Pirañas». (Siempre hay que ser dramático; aquí cabe hacer gestos con las manos).

También usaba una gran variedad de groserías, no las palabrejas que algunos usan en la iglesia como miércoles y fregado, bendito y vaina, sino groserías fuertes y recias como las que se oyen en películas de adultos, las que los tipos duros solo se dicen entre ellos. Las groserías son éxtasis puro cuando uno tiene doce años, vibran en la boca como la descarga de una pila en la lengua. Con mi mejor amigo en esa época, Roy, nos íbamos a pie del colegio a la casa y hacíamos una parada en el patio de juegos de una iglesia metodista, para decirles groserías a Travis Massie y a su hermana mayor Patty. Travis siempre se burlaba de Roy porque su apellido era Verabuena. Tardé dos años en entender por qué eso era chistoso, pero llegó un momento al final del año en que las palabras se convirtieron en puños.

Tenía trece años cuando recibí mi primer puñetazo, en toda la cara. Fue Tim Mitchell, el rubio chiquito que iba a mi iglesia. Nos pusimos a hacer círculos el uno alrededor del otro. Él me decía que me iba a dejar el labio hinchado y yo le gritaba groserías en frases incompletas, cosas miedosas. Me pegó en la cara y caí al piso bajo un cielo tan azul como la música jazz. Había niños que se estaban riendo mientras Patty Massie me apuntaba con el dedo y Roy estaba avergonzado. Después de eso gritamos mucho, y Tim retrocedió cuando Roy le dijo que iba a dejarle el labio hinchado. Durante todo este tiempo, Travis se mofaba cantando «vara buena, vara buena, vara buena».

Antes que ocurriera todo esto, cuando estaba en el jardín de infantes, me mandaron a la oficina del director por mirar debajo del vestido de una niña durante la hora de la siesta, algo que probablemente hice pero no por el motivo que se consideró en el momento. Es posible su falta medio abierta estaba en medio de algo que sí quería mirar, porque recuerdo esa edad bastante bien y no tenía interés alguno en qué podría haber debajo del vestido de una niña. Recibí un regaño sobre la importancia de ser un caballero por parte del Sr. Golden, cuya cabeza apenas alcanzaba a ver por encima de su escritorio, mientras movía el dedo como la cola de un perro y se ajustaba la corbata que tenía el tamaño de un tumor. No me di por aludido y me habría dado igual si su discurso hubiera sido de física o política, ya que no estaba interesado en lo se suponía que no debía.Sin embargo, todo cambió en el verano de mis doce años.

Al otro lado de la casa de Roy había un potrero grande y desocupado dividido por el ferrocarril, y fue allí donde me identifiqué por primera vez con el Adán de quien se habla al comienzo de la Biblia, porque fue allí donde vi la primera mujer desnuda. Estábamos jugando con nuestras bicicletas cuando Roy se encontró una revista cuyas páginas tenían colores mal mezclados y publicidad barata. Roy se acercó a la revista con una rama y yo me quedé detrás de él mientras volteaba las páginas a la distancia que se lo permitía la rama. Fue como si hubiéramos encontrado un portal que nos llevaba a un mundo mágico y fantástico, donde existen criaturas en la forma más pura de la belleza. Digo que encontramos un portal, pero fue algo más que eso. Fue como si hubiéramos sido conducidos a través de un portal, porque sentí en mi pecho, en el ritmo de mi corazón, que estaba inmerso en una aventura. Me sentí como un ladrón debe sentirse cuando saca una pistola dentro de un banco.

Por fin, Roy decidió tomar la revista en sus manos y devoró lentamente sus páginas, pasándomela a mí después que nos internamos en el bosque, fuera de la ruta común para nosotros y nuestras bicicletas. No estábamos hablando, solo volteábamos las páginas y veíamos las formas milagrosas, la belleza que no ha sido igualada por todas las montañas y los ríos. Sentí que ahora tenía acceso a un secreto, un secreto que toda la gente del mundo siempre había conocido y nadie me había contado. Pasamos varias horas allí hasta que el sol se puso, y en ese momento escondimos nuestro tesoro debajo de troncos y ramas, y juramos que a nadie le contaríamos sobre nuestro hallazgo.

Esa noche en mi cama, mi mente reprodujo las imágenes como una película, y sentí que la energía nerviosa de un río atravesaba mis intestinos en olas que despertaban la materia gris de mi mente, llevándome a una especie de éxtasis del cual sentí que nunca regresaría. Esta nueva información parecía darle al césped su verde y al cielo su azul, y ahora, antes de pedir siquiera una razón para vivir, me fue dada una: Mujeres desnudas.

Todo esto dio lugar a mi primer encuentro con la culpa, que es algo completamente inescrutable para mí, como extraterrestres enviando transmisiones de otro planeta para decirme que existen el bien y el mal en el universo. El pecado sexual no era lo único que producía sentimientos de culpa, también las mentiras, los pensamientos crueles y el tirarle piedras a los automóviles con Roy. Mi vida se había convertido en algo que esconder, pues tenía muchos secretos. Mis pensamientos eran privados, mis mentiras eran barreras que los protegían y mi lengua mordaz era un arma que protegía mi fealdad interior. Yo me encerraba en mi cuarto para aislarme de mi hermana y mi madre, no tanto para practicar algún pecado, sino simplemente porque me había vuelto una criatura llena de secretos recónditos. Es aquí donde empezaron a salir a flote mis primeras nociones sobre la religión.

Las ideas que aprendí en la escuela dominical, las nociones de pecado y de cómo debíamos no pecar, me acosaban sin cesar. Sentía como si necesitara redimirme a mí mismo, como se siente un niño cuando por fin decide limpiar y arreglar su habitación. Mi carnalidad me tenía trastornada la cabeza y sentía como si estuviera en el umbral de mi mente, preguntándome por dónde empezar, cómo organizar mis pensamientos para que no estuvieran tan fuera de control.

Ese fue el punto en que me di cuenta que la religión podría ayudarme a apagar esos incendios, llevarme de vuelta a la normalidad para que pudiera divertirme sin sentirme culpable o lo que fuera. Simplemente, no quería tener que pensar en esta mortificación de la culpa.

Sin embargo, para mí había un muro mental entre la religión y Dios. Yo podía experimentar con la religión por dentro y por fuera y nunca entender, en ningún nivel emocional o cualquier otro, que Dios era una persona, un Ser como tal con pensamientos, sentimientos y demás. Para mí, Dios era más como una idea vaga. Era como una máquina tragamonedas, un tambor de imágenes rotativas que entregaba premios y recompensas por conducta y quizás, suerte.

El Dios tragamonedas suministró cierto alivio para la culpa machacante así como un sentido de esperanza de que mi vida se organizaría en torno a algún propósito. Yo era demasiado despistado como para poner a prueba los méritos de la teoría del tragamonedas; simplemente empecé a orar pidiendo perdón, pensando que las cerecitas se alinearían y las lucecitas de la máquina se encenderían mientras escupían las monedas brillantes de la buena fortuna. Lo que estaba haciendo iba más acorde con la superstición que con la espiritualidad, pero funcionó. Si algo bueno me sucedía yo pensaba que era Dios, y si algo bueno no sucedía yo volvía al tragamonedas, me arrodillaba a orar y halaba la palanca unas cuantas veces más. Me gustaba mucho este Dios porque uno casi no tenía que hablarle y nunca me hablaba de vuelta. Pero la diversión nunca perdura.

Mi Dios tragamonedas se desintegró en la víspera de Navidad cuando tenía trece años. Todavía la considero «la noche en que se rasgó el velo», y sigue siendo una de las pocas ocasiones en que puedo afirmar categóricamente que tuve una interacción con Dios. Aunque estoy casi seguro que estas interacciones ahora son más rutinarias, no se sienten tan metafísicas como los sucesos de aquella noche. Fue algo muy simple, pero fue una de esas revelaciones profundas que solo Dios podía inducir. Lo que sucedió fue que me di cuenta que no estaba solo en mi propio mundo. No estoy hablando de fantasmas, ángeles o algo por el estilo, me refiero a las demás personas. Por tonto que suene, me di cuenta, a altas horas de la noche, que los demás también tenían sentimientos y temores, y que mis interacciones con ellos realmente significaban algo; que yo podía hacerles felices o tristes por la manera en que me relacionaba con ellos. No solo podía hacerlos felices o tristes, sino que era responsable por la forma en que me relacionara con ellos. De repente, me sentí responsable. Se suponía que debía hacerlos felices y que no debía hacerlos sentirse tristes. Como ya dije, suena muy simple, pero cuando uno realmente lo entiende por primera vez, el golpe es fuerte.

Quedé paralizado.

Así fue como cayó la bomba: Aquel año le compré a mi mamá un regalo navideño muy mediocre; era un libro cuyo contenido era algo en lo que ella jamás se interesaría. Había tenido cierta cantidad de dinero para comprar regalos, y usé la mayoría para comprar artículos de pesca, puesto que Roy y yo habíamos empezado a pescar en un arroyo detrás del almacén Wal-Mart.

Mi familia extendida abría los regalos en la víspera de Navidad, para que la familia inmediata abriera regalos a la mañana siguiente, así que yo esa noche tuve en mi habitación grandiosos obsequios como juguetes, dulces, juegos y ropa. Acostado en mi cama los conté y clasifiqué bajo la luz de la luna, siendo los de mayor importancia los juguetes que funcionaban con pilas, y los calzoncillos sin mayor consecuencia.

Allí bajo la luz de la luna yo daba vueltas en la cama, ansioso e incapaz de reconciliar el sueño. Fue entonces cuando se me ocurrió que el regalo que había conseguido para mi madre fue comprado con las míseras monedas que me habían devuelto tras haberme complacido a mí mismo. Me di cuenta que puse la felicidad de mi madre muy por debajo de mis propios deseos materiales.

La culpa que sentí fue diferente a la que había experimentado previamente. Era un sentimiento pesado, no la clase de culpa respecto a la cual yo pudiera hacer algo. Era un sentimiento insidioso, como la sensación que uno tiene cuando se pregunta si es en realidad dos personas en una, cuando la otra mitad hace cosas que uno no puede explicar, cosas malas y terribles.

La culpa era tan pesada que salí disparado de la cama, me puse de rodillas y le rogué, no a un Dios tragamonedas, sino a un Dios vivo y con sentimientos, que me quitara ese dolor. Salí de mi habitación al corredor y me acerqué a la puerta de mi madre, me acosté sobre mis codos y mi cara durante una hora más o menos, a veces quedándome dormido, hasta que finalmente la carga se levantó de mis hombros y pude regresar a mi cuarto.

A la mañana siguiente abrimos el resto de nuestros regalos y yo me alegré con todo lo que recibí, pero cuando mi madre abrió su tonto libro yo le pedí perdón y le dije cuánto desearía haber hecho más por ella.

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Reseñas

Lo que piensa la gente sobre Tal como el Jazz

4.0
79 valoraciones / 69 Reseñas
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Reseñas de lectores

  • (5/5)
    This one is the greatest Christian publication in the last 10 years. Miller is a 30/40ish (young) writer in Portland, and this book is a series of short vignettes about the Christian faith, in an incredibly insightful way. He got a lot of bad press from fundamentalists, but he also described the faith of a generation of folks who couldn't stomach the stuffy structures of their parents. Warning, descriptions of penguin sex :-) - Also, I've never laughed out loud more when reading anything int the Christian spirituality genre.
  • (5/5)
    Awesome book. Highly recommended!
  • (1/5)
    I'm sure this book sold a lot of copies and I'm sure it meets an audience. It came highly recommended by a friend. I had lunch with her today and we discussed the book. I simply could not relate to the preaching and what seemed to me to be highly conservative religious beliefs.It was well written in segmented chapters of different catchy titles and subjects. There were some pearls of wisdom, but I can't recommend it.
  • (5/5)
    Interesting book. Really challenges hypocrisy and legalism in the institutional church. It is a cynical reflection on life growing up in conservative American church culture and his struggle to fit in and be accepted. He also contrasts these with the life stories of people he has met along the way and discusses peoples objections and reluctance to 'the church'. It challenged me to get to know Jesus better for myself. I read this shortly before reading Phillip Yancey's "The Jesus I Never Knew", and thought they went well together.
  • (3/5)
    So I'm the last American Christian to read this book (except my wife, as we listened to the audio together, which is also updated with a "where are they now?" afterword. Read by the author, which always makes it better) and I know I should have read it years ago. But, as usually happens with these things, it was probably more timely for me to read now as Miller works through several issues that have been heavily on my mind this year.

    Do you use love like money? I mean, do you withhold love from others in an attempt to get them to change their ways? There's an essay in this book about that, I found that convicting. Miller works through how to love people like Jesus did; namely, how to love those Christians who are different than you even if you think they're on the wrong track in their beliefs or attitudes or actions. That's what I currently am thinking about.

    I would give the first half of this book to any non-believer as a great witness and apologetic for the Gospel. Miller's adventures and conversations at Reid College are great and extremely thought-provoking. The second half of the book, starting with the part on relationships and Emily Dickinson are only so-so as they are mostly his introspection and stories of him learning to live in community. Helpful, but no moreso than just talking to a fellow believer in your Sunday school class about what they're thinking about. Miller probably didn't intend for this book to be the best-seller that it was as it's simply a compilation of his personal essays. (I now see that he blogs, too.)

    How do non-teenagers who aren't raised in the same Southern Baptist context (or someone who was not raised at all in church) that I was come to Christ? What does meeting Jesus look like to them? I find that most of my friends through life were raised in church and struggle with this question, struggle with loving those who come to Jesus differently. It's easier to think of sharing the Gospel cross-culturally in another country than it is in America. That's a problem.

    I find myself thinking of Rodney Reeves' guest sermons at my church this year. "If you think someone isn't a Christian because he smokes and cusses, you might be a pharisee." or "If you think God loves you more than someone else because you've been a Christian longer and have read the Bible more than he/she, you might be a pharisee." (Read Matthew 23:33 for why it's not good to be a pharisee).

    Overall, I give this book 3.5 stars out of 5. I need to reconcile a few of Miller's thoughts, which are logically sound, with Scripture. I also need to read Francis Chan's Crazy Love. Hopefully I won't read that book 5 years late.

    This is my last book review for 2010. I still have at least a dozen physical, paper books on my bookshelf that I bought either long ago or last Christmas that need to be "read and released." So, I'll be getting to work on those starting tomorrow.
  • (5/5)
    I love this book.
  • (5/5)
    super duper!
  • (5/5)
    This book has something everyone. Although, I didn't understand/(connect with)/(identify with) 75% of this book. The 25% I did understand was spectacular. It just has to do with what experiences you've had, etc.
  • (3/5)
    I first heard of this book when Tony Kriz came to speak at our church. When the pastor introduced him, he said we might know him as 'Tony the Beat Poet' from Blue Like Jazz. I bought a copy of Tony's book, Neighbors and Wise Men: Sacred Encounters in a Portland Pub and Other Unexpected Places. Tony's book was phenomenal, and I was intrigued by the idea of finding out where the 'Beat Poet' label came from, so I picked up Blue Like Jazz when I saw it at the bookstore.

    It's not fair to compare the two, as Tony's book is very different than this one. I loved Tony's book, but this one was only okay for me. There were some great insights and I enjoyed getting to know Don as a person, but I couldn't help thinking that the main reason why I read a book like this is because I assume the author has figured something out, something important that I don't know, and is going to share it with me. The author might take me through the story of his trials and missteps that led to this important knowledge, but eventually, he will reveal how he's learned to rise above in a way I have not yet learned. And I will be richer for having read the book.

    And I will freely admit that there was some of that in this book, but not as much as I'd like. Much of the book seemed a bit random, just thoughts on life in general, rather than leading anywhere concrete. It didn't build. I understand that there's a movie based on the book, but I can't wrap my head around what that would be, since there wasn't a story here with a beginning and and end. There wasn't a plot, per se.

    My favorite part of the book was when Don learned to stop beating himself up, to love himself as he loves his neighbor. I think we all suffer from those voices in our head that tell us we're not good enough. Additionally, there was a section on how we should not use love as a commodity and withhold love in order to get people to change.

    There were definitely nuggets like those sprinkled here and there, but I felt like they were too few, that you had to sift through quite a lot to get to them. Life is like that, though. Lots of sifting through the day to day, punctuated by a revelation here and there.

    In the end, I didn't get the sense that Don has it Figured Out and had a Big, Important Message, but I do feel like we'd get along should we meet in person.
  • (2/5)
    I just couldn't finish this book (I made it to page 154!). I felt like most of what he wrote was untruthful or just too good to be true. Most of the time I was just waiting for something to happen...some profound thought. Maybe I'm just not in the mood for spirituality...Christian or not.
  • (4/5)
    I really enjoyed this read. The story basically follows Don Miller's exploits as a Christian throughout his college years at Reed College in Oregon. My favorite part of the story was the confession booth setup by Miller and his friends on the campus of Reed College during the Ren Fayre festival. It wasn't a confession booth for non-believers to come and confess their sins, it was a booth for non-believers to come and listen to the confessions of these humbled Christians asking forgiveness for their wrongs of the past and the present misgivings associated with today's Christianity.Miller writes like a masterful storyteller, with a lot of wit and charm. I appreciate Miller's transparency as he shares with us his struggles with shyness, women, love, money, and integrating into community. He shares with us how today's evangelical Christian has hopped on to the conservative Republican bandwagon and essentially scared away anyone who does not share these same socio-political ideologies. How true this is. It took me many years to see this myself as a one-time staunch Republican.I highly recommend this book to both Christian and non-Christian alike. Specifically for those who are seeking and in their college-aged years.
  • (3/5)
    Interesting biographical spiritual journey... a young man's spiritual journey to God through "non-christian" friends, college, encounters, etc.
  • (3/5)
    I started reading this book because it was thrust upon me. "You need to read this book, its great' "Have you read this book yet?" so dutifully I picked it up and read it. It was a struggle to start off with; maybe it had something to do with the 'post-modern' memoir structure, where he jumped forward and back through the years in a non-linear structure. It was an interesting read while I had the book open and some ideas Miller brings forward were thought provoking and I must say that I did end up enjoying what I did read. However, after I put it down it was often difficult to pick up again to read. A good read yes, an enjoyable one? Not really.
  • (5/5)
    I absolutely LOVED this book. The depth, the insight, how it made me consider my faith in a whole new light. I am going to send this book to a few of my friends who have walked away from their faith because they have had terrible experiences with the church...
  • (5/5)
    A profound book written for the average joe. It allows you to feel real in your own struggles of faith and yet pushes to dig deeper.
  • (5/5)
    A witty, insightful, and starkly honest re-telling of one man's relationship with God. Recommended for anyone that doesn't think Christians have any original thoughts about their personal faith.
  • (5/5)
    This is such a great book. Don Miller has a wonderfully humble and genuine voice. The book is basically a chronological set of essays and stories, thus making it a fairly easy read. This is NOT your typical Christian book. Don talks about alcohol and smoking every once in a while, and you get the feeling that this is a guy who's spent a lot of time honestly figuring out his place in life, society, and the spiritual realm. And while some people might take the book at it's surface and see a barely-spiritual, self absorbed "dude," those readers who take the time to investigate the stories and compare them to their own lives will find that Don is very aware of is place in the world, that he has a strong spiritual base, and that he'd be totally thrilled to sit down with anyone and talk about life.I really really enjoyed this book, all the times I've read it. It's made me think hard about my faith, sparked hundreds of discussions, and provided fuel for my spiritual walk.
  • (3/5)
    Incredible. He tells stories and talks about life and makes you think.
  • (2/5)
    I just finished reading a book entitled Blue Like Jazz. And I recently revisited The Ragamuffin Gospel. If you're going to read one or the other, read the second. I think it has more depth of thought than Blue Like Jazz.Anyway, what strikes me most from books like these is how surprised and/or shocked people are that the Christian Church is messed up, empty, or hollow-feeling. The author of Blue Like Jazz, Donald Miller, describes how disillusioned he became with the White Republican Suburban Church and therefore with Christianity itself. He stated that the people of the church "withheld love" and only gave it to people who upheld the same ideals. He described how he much rather preferred his pot-smoking hippie friends that loved freely.But my question is, what did he really expect? If you were to read the entire Bible, both Old and New Testament, you will find that God's people have always been messed up, just like everyone else. The only church that loved people properly for a short period of time was the church described in the book of Acts. The later Epistles are warnings to different churches that they need to clean up the spiritual and social messes that they created when they got off-track from seeking God.If you think about it, it makes sense that the Church is dysfunctional. Broken people, sometimes with severe emotional and social problems, seek out God and come to a church to be around other broken people who are also seeking God. People with low self-esteem, terminal health problems, manic-depressive disorders, divorcees, drug addicts, womanizers, ex-convicts, and the power-hungry all gather in the same place to "worship." We initially come because God has been pulling on our heartstrings and we want to come closer to Him. But we all wind up trying to impress one another with hollow self-righteousness, with only moments of sincere worship peppered in the mix. It's truly a miracle of God that we haven't killed each other in the process.Yes, the Church is messed up. Don't be surprised - it always has been. The purpose of the Church is not to whitewash souls; it's to try to seek God together and support each other along the way. And as we sincerely try to come close to Jesus, He is the one who declares us righteous and washes the dirt away.
  • (5/5)
    A really interesting and engaging read. Don invites you into his world and makes you feel comfortable with the way he writes, whilst at the same time challenging your beliefs, behaviour, attitudes and way of life.
  • (4/5)
    I thought this book was quite good. I would suggest it to folks who want to take a more realistic approach to Christianity. The thing that I like about Don Miller is that he takes the mystery out of being a Christian. He does not present Christianity as a list of rules, he makes it easy for non-Christians to see a good side of living a life full of Jesus.
  • (5/5)
    Fresh, honest, realistic - a book I can really relate too. The tone is sometimes surprisingly simple - but I think this is deliberate as it makes his point that the essence of the Christian life *is* simple - loving ad obeying Jesus. So much other stuff can get in the way.Another LT reviewer said it well: "This might be subtitled, "How to Take God Seriously Without Becoming a Jerk." "
  • (4/5)
    Blue Like Jazz: Nonreligous Thoughts on Christian Sprituality makes some very valid criticisms about the Christian community. First, that sometimes Christians are obsessed with outward appearance rather than the condition of a person’s heart. I fully agree with this. I don’t think God cares one hoot what we look like–whether it’s tattoos, piercings, the color of our hair, whatever. He is concerned with where our heart is toward him. That’s all.Secondly, that Christians don’t love “sinners” because all they see is the sin and not the person. I wholeheartedly agree with this as well. Some may be more apt to “look down their noses” at a “sinner” rather than just reach out in love. This is obviously not what God wants Christians to do.Thirdly, that many Christians support right wing causes to the absolute exclusion of any left of center concerns. Guilty again. We do need to give to the poor and take care of the needy, particularly widows and orphans. Jesus taught that as well.I do have some concerns with some of his philosophy, however. He seems to advocate a grace and “acceptance” that go a little too far. I’m not talking here about non-Christians at all. I’m talking about people who claim to be followers of Christ. He lifts up Christians who appear to be following God in one or more areas, but yet are still engaging in practices not pleasing to God. He implies we shouldn’t judge and just accept. Of course God is the ultimate judge of all of us. Yet, the Bible clearly states that we ARE to point out to Christians (NOT non-Christians) areas that are not God-pleasing. Donald Miller himself has actually done that very well in his book!My point is this. Once we are a follower of Christ, God loves us unconditionally and forgives us everything we do. That I believe. His grace does go far–really far! But, just as he forgave David for being a murderer and an adulterer, he also pointed out that there would be consequences to David’s acts. These consequences were the natural result of David’s sin. Yes, we are forgiven, but we still have to face the consequences. So why not try to obey God so as to receive our reward in heaven? I’d rather not just barely “escape through the flames” and be a toilet-scrubber in heaven. Of course, that’s just a figure of speech. What? You say you’ve tried and just can’t live up to what God wants? NONE of us can. Not without his help. That’s the whole point of Christianity. We couldn’t do it ourselves, so God took care of it for us. If you have the desire to please God, all you have to do is ask for his help to do it.In conclusion, I think the Church would do well to examine some of Donald Miller’s points. But we can’t say that it doesn’t matter what we do because God loves us unconditionally and his grace covers all–EVEN THOUGH THAT’S TRUE!!! Because honestly, I wouldn’t want to live with the consequences of my actions if I just did what I wanted all the time. And even aside from the consequences, Christians should love God and WANT to please him.
  • (4/5)
    Miller's observations here are usually quite good and insightful. He strives to look at Christian spirituality from a new postmodern angle. The result is considerably better than what most emmergant church thinkers are producing. If I have a complaint, it is that in criticizing Christianity's intolerance towards liberals and homosexuals, he shows remarkable intolerance himself for conservative Christians. He speaks long and hard about love and accepting people, but the only people he really seems to accept are those people like himself. Tolerance is the greatest virtue in his world, and so ultimately I think he is creating a Jesus that looks more like him rather than trying to form himself to look more like Jesus. Still, it is a worthy read, as long as you can stand back from Miller's view and realize that it is not necessarily the vision of Christ.
  • (5/5)
    This is hands-down, one of the most life-changing books I've ever read. His refreshing honesty regarding the daily battle with the beast in the mirror made me see myself for what I am...selfish...But I was left feeling a renewed sense of humility. My discovery of my selfishness gave me the deep desire to change, to be a better person. His open and honest style of writing allowed me to received the deep and undeniable truth of his message, without feeling defensive, probably because he spent the entire work searching his own heart, instead of point daggers at others! The feelings of defensiveness that often accompanies the reading of religious works, never reared its ugly head! I was able to accept that I am human, flawed and full of imperfections, but full of potential, too. After taking what would be the deepest look inside my heart ever, I emerged feeling both humbled and desperate to change. Desperate to change myself...because only then would I ever be able to change others...and not change them so that they see things my way (as had always been my motivation before), but change others' hearts and minds in hopes that they will begin to see themselves the way that God sees them. Just as Donald Miller has helped me to better view myself the way God sees me.
  • (1/5)
    i do have opnions on this book and his thoughts on "christian spirituality". I was troubled because it's an extremely popular book and highly recommended. anyway, that said, i was really taken aback by the selfish version of "christianity" that I read in the pages. I'm not saying that he's not a christian or that he needs to follow Christ just like me. but i am saying that his take on the Bible, on "fundamental Christians" and on the spiritual disciplines left me concerned about the message he was giving to these who were searching, who were new believers etc. He emphasizes finding something that fits YOUR taste, YOUR interest, YOUR style. He emphasizes that you just be yourself - smoking pipes, not studying Scripture, drinking, smoking and cussing - without even considering whether that honors the Lord or not - in fact, he makes it amusing in the case of these cussing, smoking pastors and he puts down the 'fundamental' christians who are 'trying' to live holy lives. He doesn't hide his hostility and criticism of 'fundamental christians". Btw, he characterizes these christians as those who "behave as if they loved light and not 'behave' as if they loved the darkness." He said he was one once - and he said he was absolutely ashamed to admit it now. His quote "We would fast all the time, pray together twice each day, memorize Scripture, pat each other on the back....we read a great deal of Scripture and hadn't gotten anybody pregnant." anyway, it's hard for me to explain why i think this book is misleading and yes, even dangerous. His style is readable, entertaining, humorous, pensive and even inviting. But his search is for a religion that suits his hippy, cool, 'beautiful dude', political activist style of 'spirituality' that doesn't have a whole lot of Scriptural truth to it - he has his epiphanies and aha moments but they don't seem much more than philosophical eye-openers. oh, i could go on. i do pray the Lord uses this book to draw many to Himself - but I wouldn't ever recommend it and you will do well to stay away from this fluff. (ok, was that too harsh? i usually am not so critical of books! but this drew something out in me very strongly). hope i didn't offend anyone who LOVED this book. it just didn't cut it for me.
  • (2/5)
    While I guess I understand why folks like this book, I found it terribly difficult to get through. The writing style leads one to believe that the author is something of a social simpleton. The work he has done to connect himself to healthy, loving, and open-minded Christian community is good work, but his account of that work is far from profound, and leaves plenty of room for misunderstanding. An example of this is the pervasive "find yourself" / "believe in yourself" approach to Christian faith espoused by Mr. Miller. While there is wisdom and value in "knowing thyself," it is easy to mistake that adage as a tenet of the author's faith, and I'm fairly sure Christian scripture, tradition, and experience counsel caution in a faith formed by what Works For Me.As a fellow Portlander and Christian, and having grown out of a fairly conservative evangelical background to find deeper roots in my faith tradition, I was expecting to love this book, and came away disappointed. Sigh.I hope the author revisits some of the topics contained in this book with a clearer voice, stronger editing, and in a less namby-pamby manner.
  • (4/5)
    Miller offers a nice alternative to evangelical Christianity. This might be subtitled, "How to Take God Seriously Without Becoming a Jerk."
  • (4/5)
    Not your typical Christian book. Rather a non-linear collection of essays that are linked together for the "non-pretty" Christians who don't seem to fit into the mainline church or, more likely, don't want to fit in. A good book for all.
  • (5/5)
    Surprisingly true to life, and the real struggles that every Christian faces at one point or another. A beautiful honest look into someone who wasn't afraid to voice their doubts in the faith they devoted their life to, amazing read.