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El ser que quiero ser: Conviértete en la mejor versión de ti mismo

El ser que quiero ser: Conviértete en la mejor versión de ti mismo


El ser que quiero ser: Conviértete en la mejor versión de ti mismo

valoraciones:
4/5 (9 valoraciones)
Longitud:
361 páginas
6 horas
Editorial:
Publicado:
25 jun 2013
ISBN:
9780829779028
Formato:
Libro

Descripción

El Ser que Quiero Ser de John Ortberg – autor de mayor venta de Cuando el Juego Termina Todo Regresa a la Caja, Dios Está más Cerca de lo que Crees; y La Vida que Siempre Quiso – le ayudará a descubrir una energía espiritual que jamás ha conocido a medida que aprende a «vivir en el flujo del Espíritu».Pero, ¿si Dios tiene una visión perfecta para su vida, por qué resulta tan difícil crecer espiritualmente?John Ortberg da intrigantes respuestas a esa pregunta y organiza sus pensamientos y la Palabra de Dios en una guía sencilla y oportuna para que disfrute de su mejor vida en El Ser que Quiero Ser.Este libro le mostrará que la visión perfecta de Dios para usted comienza con un compromiso convincente. Todo aquel que confía en Dios «será como un árbol plantado junto al agua, que extiende sus raíces hacia la corriente; no teme que llegue el calor, y sus hojas están siempre verdes. En época de sequía no se angustia, y nunca deja de dar fruto» (Jeremías 17:7-8).Ortberg le recomienda que reconozca su quebrantamiento, entienda que Dios es su gerente de proyecto, y que siga Sus instrucciones. El autor primeramente le ayuda a evaluar su salud espiritual y a medir la diferencia desde donde se encuentra actualmente hasta donde Dios quiere que esté. Seguidamente le proporciona tareas y ejercicios en detalle para que pueda vivir en el flujo del Espíritu, salvando barreras reales – dolor y tristeza, tentaciones, desconfianza de si mismo, pecado – para incluso prosperar en un mundo decadente y tenebroso.A medida que comienza a vivir en el flujo del Espíritu, usted sentirá:- una relación con Dios más profunda; una mayor sensación de gozo; un sincero reconocimiento de su quebrantamiento; menos temor, más confianza; una mayor sensación de estar «arraigado en amor”; un sentido del propósito más profundo.Dios le invita a acompañarle para crear una vida abundante y llena de gozo. El Ser que Quiero Ser le muestra cómo aceptar graciosamente Su invitación.
Editorial:
Publicado:
25 jun 2013
ISBN:
9780829779028
Formato:
Libro

Sobre el autor

John Ortberg is the senior pastor of Menlo Park Presbyterian Church (MPPC) in the San Francisco Bay Area. His bestselling books include Soul Keeping, Who Is This Man?, and If You Want to Walk on Water, You’ve Got to Get Out of the Boat. John teaches around the world at conferences and churches, writes articles for Christianity Today and Leadership Journal, and is on the board of the Dallas Willard Center and Fuller Seminary. He has preached sermons on Abraham Lincoln, The LEGO Movie, and The Gospel According to Les Miserables. John and his wife Nancy enjoy spending time with their three adult children, dog Baxter, and surfing the Pacific. You can follow John on twitter @johnortberg or check out the latest news/blogs on his website at www.johnortberg.com.


Vista previa del libro

El ser que quiero ser - John Ortberg

RECONOCIMIENTOS

El amor es eterno. Lo que alcanzamos y poseemos se puede desvanecer, pero el amor no.

Los libros son un regalo cuando constituyen actos de amor. Hasta qué punto este libro será un regalo, solo Dios lo sabe, pero sí sé que no habría llegado a existir sin tanto amor de parte de las personas que quiero y me importan.

Todo comenzó en una conversación durante un partido de golf, cuando un puñado de amigos hablábamos del sueño de crear una clase de movimiento para el crecimiento espiritual y comenté acerca de un libro que pretendía escribir. Nos preguntamos si acaso lo que deseábamos hacer podría de alguna forma relacionarse con el mismo. Lo que tienes entre tus manos es lo que esperamos sea la primera señalización en un largo viaje.

Estoy profundamente agradecido con Mark Bankford por su incesante aliento, compañerismo, optimismo y oración. Sherri Bankford me ha brindado su sabiduría y perspectiva; Eric Parks ha sido una fuente de energía e ideas; Nate May y Kevin Small han aportado su cuota de entusiasmo y sueños; Elizabeth Maring y todo el equipo de Monvee me han permitido trabajar como en familia. La Iglesia Comunitaria Heartland en Rockford, Illinois, me brindó la oportunidad de enseñar gran parte de este material y obtener muchísimas sugerencias que lo mejoraron enormemente.

A la Iglesia Presbiteriana de Menlo Park le estoy agradecido más allá de lo que las palabras pueden expresar por su amor, sus cuidados y la libertad para escribir.

Laura (antes Ortberg) Turner leyó el manuscrito completo y proporcionó consejos muy útiles sobre el contexto, las referencias y la presentación. Estoy contento de que seas una «J». Rick Blackmon ha hecho contribuciones asombrosamente generosas de tiempo e ideas en cuanto al escrito y otras cosas. Chuck Bergstrom aportó tanto conocimientos como risas. Ron Johnson contribuyó con maravillosos comentarios sobre la estructura y los pensamientos vertidos en el manuscrito, alentándome cuando más lo necesitaba. Mi hermana, Barbara Harrison, me dio un empujón en el momento preciso.

Trudi Barnes fue muy útil en mil maneras diferentes. John Sloan y David Greene nos brindaron el doble del estilo editorial que cualquier escritor podría esperar, y Jim Ruark hizo su usualmente excelente trabajo de proporcionar claridad y vivacidad. John Topliff nos superó al crear un compañerismo sin igual entre todo un equipo de personas involucradas en este proyecto.

Neil Plantinga fue tan amable como para concederme una larga conversación acerca del pecado y el espíritu; soy afortunado al haber conseguido hablar con él. Dallas Willard me ofreció más sabiduría de la que algún ser humano tiene derecho, así como también más amor del que merezco recibir; su vida es una de las razones por las que creo.

Y a mi esposa, Nancy … nunca te he necesitado más profundamente o amado de un modo más completo que en este tiempo.

PARTE 1

el hallazgo de mi identidad

»

Capítulo 1

Comprende por qué Dios te ha creado

Una noche Nancy, mi esposa, me llevó a nuestro dormitorio y me dijo que quería hablarme. Cerró la puerta de modo que los niños no pudieran escuchar y sacó una lista.

No me sentía feliz de ver tal lista. Ella alegaba que se trataba de algunas anotaciones, no de una lista. Sin embargo, tenía palabras escritas, así que para mí sí lo era.

—Sabes —indicó— cuando nuestro matrimonio está en su mejor momento, siento que compartimos las responsabilidades. Dividimos bien nuestro trabajo, nuestros hijos nos ven hacerlo y me siento valorada, y considero que eso es importante para nuestra familia. No obstante, algunas veces, debido a que tienes muchas exigencias en tu vida, este valor se nos ha escapado.

«Cuando nuestro matrimonio funciona bien, siento que ambos conocemos la vida del otro. Tú conoces detalles de mi vida y yo conozco detalles de la tuya. Y creo que esto también se nos ha escapado. Últimamente me he percatado de lo que te está sucediendo, pero no me has preguntado qué ocurre conmigo.

«Cuando nuestro matrimonio está en su mejor momento, incluso aportas una especie de luz y gozo a la relación».

Luego me recordó una historia.

Durante nuestra segunda salida, nos encontrábamos en la entrada del Hotel Disneyland esperando para comer y ella tuvo que ir al tocador. Cuando salió, había muchas personas en la entrada del hotel y yo estaba de buen humor, así que dije lo suficiente fuerte para que todos me escucharan: «Mujer, no puedo creer que me hayas tenido aquí dos horas esperándote».

Nancy respondió de inmediato: «Bien, no me habría demorado si no hubieras insistido en traer a tu madre a vivir con nosotros, así que debo esperarla». Gritó eso en medio de la entrada del hotel, justo en nuestra segunda salida, y mi primer pensamiento fue: Me gusta esta mujer.

Mi esposa me contó esta historia y después agregó:

—Cuando nuestro matrimonio está en su mejor momento, puedes escuchar, reír y ser espontáneo. Últimamente no lo has estado haciendo. Amo a ese hombre y lo extraño.

Sabía de lo que estaba hablando.

—Yo también extraño a ese hombre, amo sentirme libre como en esa ocasión. Sin embargo, pienso que llevo muchas cargas. Tengo asuntos relacionados con el personal y desafíos financieros en el trabajo. Estoy elaborando proyectos y compromisos de viaje. Siento como si llevara este peso todo el tiempo. Entiendo lo que dices, pero necesito que sepas que hago lo mejor que puedo —le respondí.

—No, no lo haces —señaló de inmediato.

Esa no era la respuesta que esperaba. Se supone que todos deben mover la cabeza en señal de empatía cuando uno dice: «Hago lo mejor que puedo». No obstante, Nancy ama la verdad (y a mí) demasiado como para hacerlo. De ese modo, hizo que algo resonara dentro mí.

—No, no lo haces —continuó—. Dijiste que sería bueno ver a un consejero, un entrenador de ejecutivos o tal vez un director espiritual. Hablaste de construir amistades, pero no he visto que des algún paso para lograr tal cosa. No, no lo haces.

Tan pronto como Nancy dijo esto, supe que tenía razón.

Sin embargo, no lo reconocí de inmediato, ya que mi don espiritual es hacer mohines, el cual ejercité maravillosamente en los días siguientes. Mientras tanto, una pregunta emergió en mi mente: ¿Qué es lo que quieres en realidad?

Comencé a darme cuenta de que lo que de veras deseaba no era el resultado de algún proyecto en particular. Estos solo son medios para lograr un fin. Lo que en realidad deseo es estar completamente vivo por dentro. Lo que en verdad quiero es la libertad interior para vivir con amor y gozo.

Quiero ser el hombre que mi esposa describió.

Soy un hombre adulto, pensé, no sé cuantos años de vida me restan, no puedo esperar más. Cuando estaba en la escuela, las buenas calificaciones o encontrar una linda chica que me gustara eran cosas importantes. A medida que los años pasaron, me preocupé del trabajo y mis circunstancias porque pensaba que me harían sentir vivo. Pensé: No puedo esperar más para ser ese hombre.

En aquel entonces me di cuenta de algo que ahora sé: Quiero esa vida más que ninguna otra cosa. No porque pienso que se supone que así sea, ni porque en alguna parte dice que uno debería hacerlo. En realidad, la quiero.

Hay un ser que quiero ser.

La vida no es un logro o una experiencia en particular. El objetivo más importante de tu vida no es lo que haces, sino en quién te transformas.

Hay un ser que tú quieres ser.

De modo irónico, transformarme en esta persona que deseo es algo que nunca sucederá si mi enfoque principal está en mí, del mismo modo que nadie puede ser feliz si su principal objetivo es alcanzar la felicidad. Dios nos hizo para crecer, pero eso nunca ocurre al buscar ser el «número uno». Está ligado a una visión más noble y grandiosa. Al mundo le hace mucha falta seres humanos que crezcan y sean sabios, y nosotros somos llamados a traer la gloria y la sabiduría de Dios al mundo. La verdad es que aquellos que crecen siempre bendicen a otros … y pueden hacerlo en las circunstancias más inesperadas y humildes.

»Una vida próspera

No hace mucho tiempo me subí a un minibús en un aeropuerto que permite el traslado hasta el estacionamiento de los autos de alquiler. Conducir un minibús por lo general es un trabajo ingrato, ya que al conductor a menudo se le considera un individuo del más bajo nivel en la escala social. Las personas durante el recorrido están malhumoradas por el viaje y apuradas por subirse a sus autos. Nadie habla demasiado, excepto el nombre de la empresa que alquila el vehículo. Sin embargo, no fue así en esta ocasión.

El hombre que conducía el vehículo era sumamente agradable. Revisaba cada parada, mirando si alguien estaba atrasado y necesitaba ser transportado. «¿Saben?», nos dijo, «siempre miro bien, porque a veces la gente se atrasa. Uno se da cuenta al mirarle a los ojos. Siempre escudriño, porque no quiero dejar a nadie. ¡Vaya, aquí viene otro! …».

El conductor se apresuró a recoger a alguien retrasado, mostrándose tan entusiasmado con lo que hacía que nos contagiamos con él. En realidad, lo alentábamos mientras recogía a otras personas. Era como ver a Jesús conduciendo el minibús. Agarraba el equipaje de la gente antes que alcanzaran a levantarlo, luego saltaba dentro del vehículo y decía: «Bien, partimos. Sé que todos quieren llegar lo antes posible, así que los llevaré hasta allí tan rápido como pueda».

Los viajeros cansados bajaron sus periódicos. Este hombre había generado tal pequeña comunidad de gozo en ese ómnibus que la gente quería dar una segunda vuelta por la terminal solo para recoger a las personas junto con él. Les decíamos a las personas que subían después de nosotros: «¡Observen a este sujeto!». Ya no se trataba solo de nuestro conductor; era nuestro guía, nuestro amigo. Y por algunos momentos la comunidad floreció. En un aeropuerto, en el minibús de traslado hasta el estacionamiento de los autos de alquiler, una persona ofreció la mejor versión de sí mismo.

Lo que le sucedió a ese conductor de minibús puede ocurrirte a ti. A veces sucede. Una vez cada tanto, haces algo que te sorprende y alcanzas a vislumbrar a la persona que fuiste creado para ser. Dices algo inspirador en una reunión. Ayudas a una persona indigente que nadie había notado. Eres paciente con un fastidioso niño de tres años. Te pierdes escuchando una pieza musical. Te enamoras. Expresas compasión. Enfrentas a un abusador. Haces un regalo de modo espontáneo y con sacrificio. Arreglas un motor. Perdonas una vieja herida. Dices algo que normalmente no dirías, o callas alguna cosa que de manera habitual se te escaparía.

Y mientras lo haces, por un momento ves el motivo por el cual Dios te creó. Solo Dios conoce todo tu potencial y se mantiene guiándote todo el tiempo hacia la mejor versión de ti mismo. Él tiene muchas herramientas y nunca está apurado. Eso puede ser frustrante para nosotros, pero aun en medio de nuestra frustración, Dios obra para producir paciencia en nosotros. Nunca se desanima por el tiempo que le lleva, y se goza cada vez que creces. Solo Dios puede ver «la mejor versión de ti», y está más preocupado que tú por que alcances tu completo potencial.

«Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica»¹.

No eres producto de tu propia hechura; tu vida no es tu proyecto. Tu vida es el proyecto de Dios. Dios pensó en ti, y sabe quién estás supuesto a ser. Él tiene muchas buenas obras para que hagas, pero no son el tipo de tareas de la «lista de cosas para hacer» que le damos a las esposas o los empleados. Son asignaciones para tu verdadero ser.

Tu «vida espiritual» no está limitada a ciertas actividades devocionales en las que te involucras. La vida espiritual implica recibir el poder del Espíritu de Dios para ser la persona que Dios tenía en mente cuando te creó, una hechura suya.

»Hacia dónde te conduce el crecimiento

Dios te creó para florecer … para recibir vida desde lo externo, crear vitalidad dentro de ti y producir bendiciones más allá de tu vida. Crecer es el plan y el regalo de Dios, y cuando floreces, estás en armonía con Dios, los demás, la creación y contigo mismo. El acto de florecer no se mide por señales externas como un sueldo, las posesiones o la belleza. Significa convertirte en la persona que Dios tenía en mente cuando te creó.

Crecer significa avanzar hacia la mejor versión que Dios tiene de ti.

«Como palmeras florecen los justos […] florecen en los atrios de nuestro Dios» (Salmo 92:12-13).

A medida que Dios te ayuda a crecer, cambiarás, pero siempre serás tú mismo. Una bellota puede crecer y convertirse en un roble, pero no se transformará en un rosal. Puede llegar a ser un roble sano o atrofiado, pero no será un arbusto. Siempre serás tú —un individuo saludable o lánguido— pero Dios no te creó para ser otra persona. Él diseñó tu temperamento. Determinó tus talentos y dones naturales. Te hizo de modo que puedas sentir ciertas pasiones y deseos. Planeó tu cuerpo y tu mente. Tu singularidad es producto del diseño de Dios.

Algunas personas piensan que si tratan de crecer espiritualmente se convertirán en alguien más. No obstante, Dios no desecha su materia prima. Él la redirige. Antes de que Pablo encontrara a Jesús, era un fanático brillante y apasionado que perseguía a la gente. Después de eso, se convirtió en un fanático brillante y apasionado que se sacrificó por las personas.

Unos amigos de nuestra familia tenían una hija llamada Sauna que era una típica niña de voluntad fuerte. En una ocasión, cuando tenía cuatro años, insistió en salir sin permiso en su triciclo. Su mamá ya no podía manejar la situación y finalmente le dijo: «Mira, Shauna, hay un árbol aquí y una calle allá. Puedes andar en tu triciclo sobre la vereda entre la calle y árbol, pero no ir más allá de eso. Si vas más allá, te daré una zurra. Tengo que entrar porque tengo mucho que hacer. Sin embargo, te estaré mirando. No traspases ninguno de esos límites porque sino te daré una zurra».

Shauna se dio la vuelta, miró a su madre, señaló la zona de su cuerpo donde se aplican los castigos, y luego dijo: «Bien, podrías castigarme ahora mismo, porque tengo muchos lugares adonde ir».

¿Te sorprenderías si te dijera que cuando Shauna creció tuvo formidables capacidades de liderazgo y un vigor indomable? Y siempre los tendrá.

Dios no hace algo y luego decide desecharlo. Él crea y luego, si hay un problema, rescata. La redención siempre incluye la redención de la creación. El salmista dice: «Reconozcan que el SEñOR es Dios; él nos hizo, y somos suyos»².

He aquí la buena noticia: Cuando creces, te conviertes más en ti mismo. Te conviertes cada vez más en la persona que Dios tenía en mente cuando te creó. No se trata solo de que llegas a ser más santo, sino que te transformas en una versión mejor de ti. Cambiarás. Dios desea que te transformes en una «nueva creación». Sin embargo, «nueva» no significa completamente diferente; en cambio, resulta algo similar a un mueble antiguo que ha sido restaurado en toda su belleza.

Tenía en casa una silla que mi padre ayudó a fabricar hace setenta años. Me encantaba, pero sus apoyabrazos estaban rotos, la madera se encontraba astillada y el respaldo gastado. Finalmente renuncié a ella y la vendí en una venta de garaje por cincuenta centavos. La persona que la compró sabía como restaurarla, y a los pocos meses recibí una foto de la silla ya reparada, barnizada y con el respaldo arreglado. Deseaba que se tratara de una de esas historias en las que el restaurador sorprende al antiguo propietario entregándole su ahora nueva y hermosa silla. No obstante, todo lo que tengo es esta encantadora fotografía. Aún conservo esa foto en el cajón de mi escritorio para recordarme que «si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!»³. Dios quiere redimirte, no cambiarte. Si eres un gran lector, del tipo contemplativo, y esperas que Dios te cambie en la clase de persona que usa sombreros grandes y llamativos para las fiestas, buena suerte con eso. Tal vez eres del tipo extrovertido y estás cansado de meter la pata todo el tiempo. ¿Deseas ser como alguno de nosotros los introvertidos: sabio, tranquilo y retraído? Eso nunca sucederá.

¡Qué pena! Todos deseamos que fuera posible.

No poder ser lo que quiero es humillante. No puedo crearme a mí mismo. Me acepto como un don de Dios y acepto convertirme en esa persona que la obra de Dios destinó que fuera. En tu alma hay una batalla entre un ser floreciente —la persona que fuiste creado para ser— y un ser lánguido. Este libro trata sobre esa batalla que se mueve desde lo profundo de tu ser hacia un mundo que espera la redención de Dios.

El viaje comienza con tu espíritu, el cual recibe el poder del Espíritu de Dios. Todo ser humano ha tenido la sensación de recibir ideas o energía de una fuente más allá de sí mismo. Hablamos de ser inspirados, una palabra que literalmente significa que algo ha sido infundido en nosotros. Tal cosa significa que florecer —estar conectados con el Espíritu de Dios— es algo que se halla a nuestra disposición todo el tiempo. Cuando tu espíritu florece, estás completamente vivo. Tienes un propósito para vivir. Te sientes impulsado a añadir virtud y eliminar el pecado.

Luego está tu mente. La vida mental de tu ser renovado está signada por la paz y el gozo. Sientes curiosidad y amas aprender. Lo haces con tu manera única de ser, leyendo, hablando con la gente, escuchando, construyendo o guiando a otros. Formulas preguntas. No te aburres con facilidad. Cuando surgen emociones negativas, las tomas como una oportunidad para actuar.

Por otro lado, tu ser que languidece se siente interiormente incómodo y descontento. De pronto te hallas arrastrado a los malos hábitos —miras demasiado la televisión, bebes mucho alcohol, haces mal uso del sexo o gastas en exceso— porque todo esto anestesia el dolor. En el ser lánguido, los pensamientos son arrastrados hacia el temor y el enojo. Aprender es un esfuerzo que no vale la pena. Piensas bastante en ti mismo.

Junto con tu espíritu y mente, cuando floreces, tu tiempo también es transformado. Tienes la confianza de que sin importar a dónde la vida te lleve, no serás derrotado. Cuando amanece, te despiertas con un sentimiento de expectativa. Posees un sentido vibrante de que las cosas importan. Comienzas a vivir cada momento como un completo regalo de Dios.

Descubres que nunca eres demasiado joven para florecer. Mozart compuso una música brillante cuando tenía cinco años. El apóstol Pablo le dijo a Timoteo: «Que nadie te menosprecie por ser joven»⁴. Tampoco se es nunca demasiado viejo para florecer. Abuela Moses tenía sesenta y nueve años cuando comenzó a pintar, y Marc Chagall pasaba horas dedicado a su arte cuando tenía noventa años. Hace unos años atrás mi padre cumplió setenta años y en esa época empezó a caminar tres millas diarias. (Cinco años más tarde, no sabíamos dónde encontrarlo.)

El ser florecido derrama bendición en tus relaciones. Descubres que otras personas constituyen un recurso maravilloso. Con frecuencia te brindan energía. Cuando estás con ellas, las escuchas con atención. Sus sueños te impactan. Las bendices. Logras revelar tus pensamientos y sentimientos de un modo que invita a los demás a la franqueza. Admites con rapidez tus errores y perdonas libremente.

En lo que respecta a las relaciones, a menudo tu ser lánguido está en problemas. Eres indisciplinado en lo que dices, algunas veces respondes con sarcasmo, hablas mal o adulas a los demás. Te aíslas. Ejerces tu dominio. Atacas. Te retraes.

No obstante, mientras Dios te hace crecer, desea usarte en su plan para redimir al mundo, y descubres que él está cambiando tus experiencias. Tu ser florecido posee riquezas y anhela contribuir. Vives con un sentido de llamado. El dinero que ganas no es tan importante como hacer lo que amas y lo que genera un valor. Te fortaleces en el sufrimiento. Mejoras. Creces.

¿Qué otra cosa podrías desear que convertirte en la persona que Dios tenía en mente al crearte?

»El mundo que Dios quiere ver

He aquí un gran secreto de la Biblia: El anhelo de convertirte en todo aquello para lo que fuiste creado es solo un reflejo minúsculo del anhelo de Dios de comenzar su nueva creación. Los rabinos le llamaban a esto tikkun olam: la restauración del mundo. Mientras más preocupado estés de tu propia plenitud, menos pleno serás. Cuando tu vida está dedicada a ti, es pequeña como un grano de trigo. Sin embargo, en el momento en que le entregas tu vida a Dios, es como si ese grano fuera plantado en un suelo rico, que crece como parte de un proyecto mucho mayor.

El cuadro que se usa al final de la Biblia es el de una boda, el vislumbre de lo que Dios ha hecho en todo este tiempo: «Vi además la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, procedente de Dios, preparada como una novia hermosamente vestida para su prometido»⁵. Un día existirá una armonía gloriosa entre Dios y lo que ha creado. Y Dios no desea que nadie se quede fuera. Mientras floreces, ayudas a Dios a recrear el mundo que él quiere ver.

Mi sobrina Courtney se casó hace poco tiempo, y en la fiesta de bodas se llevó a cabo un baile para los matrimonios en cual se iba eliminando a las parejas de la pista de baile de acuerdo al tiempo que llevaban de casados. Al principio todos estábamos en la pista. Courtney y Patrick fueron los primeros en salir, luego las parejas de menos de un año de casados, después los que hacía menos de cinco años que se habían unido en matrimonio, y así sucesivamente. Nancy y yo permanecimos bailando con el grupo de veinticinco años de casados, aunque para ese momento la multitud había decrecido de modo considerable.

Al final, solo una pareja se hallaba en la pista de baile, la cual llevaba cincuenta y tres años de casados. Todos los miraban con atención —un hombre alto, cortés y de cabellos plateados, treinta centímetros más alto que su esposa— pero ellos solo se miraban a los ojos. Bailaban con alegría, que no se evidenciaba en la habilidad del baile, sino en el amor que irradiaba el uno por el otro. ¡Qué contraste se percibía entre los recién casados, la frescura, la salud y la hermosura de sus matrimonios, y la belleza de este otro tipo de amor que brillaba en la última pareja que se encontraba en la pista! Quizás apreciamos en parte ese tipo de belleza porque nos habla del florecer interior que no es visible a los ojos.

Cuando el baile terminó, el maestro de ceremonias se dirigió a Courtney y Patrick y les dijo: «Denle un buen vistazo a esa pareja que quedó en la pista. Su tarea ahora es vivir y amarse de ese modo por los próximos cincuenta y tres años. Ese es su baile. Y comienza ahora».

En ese momento fuimos impactados por el misterio de la brevedad de la vida. Cuando esa novia de cincuenta y tres años miró a su esposo, no solo vio a un abuelo anciano. Vio al joven bronceado y campeón de tenis con el que se había casado cinco décadas atrás. Y él no solo vio a una abuela de setenta. Vio a la encantadora joven de belleza efervescente que había amado desde su adolescencia. Lo sé porque ellos son mis padres, los abuelos de Courtney. Y pensé que a mis padres tal vez les parecería que su boda fue ayer. El tiempo es así.

La vida es así.

Proyecté mis pensamientos hacia dentro de cincuenta y tres años, cuando Courtney y Patrick hayan estado casados tanto tiempo como esa pareja. Dentro de cincuenta y tres años mis padres no estarán. Nancy habrá partido. Yo tendré ciento cinco años.

No quiero perderme el baile. Muchas veces quedo atrapado en tantas cosas de la vida, preocupado por lo que nunca haré, lograré o tendré. Sin embargo, no me quiero perder el baile. Deseo amar a mi esposa, cuidar a mis hijos y darles vida a mis amigos. Quiero hacer la obra para la cual Dios me concibió. Quiero amar a Dios y al mundo que creó. Quiero hacer mi parte para ayudarlo a florecer, porque mi madurez espiritual no se mide por seguir las reglas. «El ser que Dios me creó para ser» se mide por mi capacidad de amar. Cuando vivimos con amor, florecemos. Ese es el baile.

El tiempo de amar es ahora. Cuando amamos, entramos en el misterio de la eternidad. Nada de lo que ofrezcamos con amor se perderá, porque esta vida mortal no constituye toda la historia. Esta vida representa una especie de escuela para la próxima, una clase de preparación para el ser que debes ser. Esa persona que entrará en la eternidad. Lo más importante no es lo que haces, sino en lo que te transformas.

«El Espíritu y la novia dicen: «¡Ven!»; y el que escuche diga: «¡Ven!»»⁶. Esta es la última y la mejor invitación de la Biblia.

No te pierdas la boda, señala Dios. Reserva el último baile para mí.

En la corriente

«¿Cómo anda tu vida espiritual?».

Solía responder a esta pregunta mirando el estado de mis actividades devocionales. ¿Leí lo suficiente la Biblia en el día de hoy? El problema es que con esta medida los fariseos siempre ganan. La gente puede ser muy disciplinada, pero seguir siendo orgullosa y estar llena de resentimiento. ¿Cómo medimos el crecimiento espiritual para que los fariseos no ganen?

Le pregunté a un hombre sabio: «¿Cómo evalúa el bienestar de su alma?».

De inmediato respondió: «Me hago dos preguntas»:

¿Me he desalentado con facilidad en los últimos días?

¿Me irrito con facilidad últimamente?

En el centro de un alma que florece están el amor y la paz de Dios. Si la paz crece en mí, estoy menos desanimado. Si crece el amor, me muestro menos irritable. Ese fue un diagnostico brillante para evaluar la salud de mi alma.

¿Cómo responderías a esas dos preguntas?

Capítulo 2

El ser que no quiero ser

Henri Nouwen, un

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