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Fuego vivo, viento fresco: Lo que sucede cuando el Espíritu de Dios invade el corazón de su pueblo

Fuego vivo, viento fresco: Lo que sucede cuando el Espíritu de Dios invade el corazón de su pueblo

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Fuego vivo, viento fresco: Lo que sucede cuando el Espíritu de Dios invade el corazón de su pueblo

valoraciones:
3.5/5 (19 valoraciones)
Longitud:
239 páginas
Editorial:
Publicado:
Jun 26, 2009
ISBN:
9780829780499
Formato:
Libro

Descripción

Como revela este cautivante libro, Dios se mueve en formas que cambian la vida cuando dejamos de lado nuestras prioridades, confiamos en su Palabra, y oímos su voz. «Este libro lo hará arrodillarse ... Puede estar seguro de que leer este Libro lo cambiará para siempre». —David Wilkerson
Editorial:
Publicado:
Jun 26, 2009
ISBN:
9780829780499
Formato:
Libro

Sobre el autor

Jim Cymbala has been the pastor of the Brooklyn Tabernacle for more than 50 years. The bestselling author of Fresh Wind, Fresh Fire, he lives in New York City with his wife, Carol Cymbala, who directs the Grammy Award-winning Brooklyn Tabernacle Choir.


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Fuego vivo, viento fresco - Jim Cymbala

PRIMERA PARTE

Despertamos a una promesa poderosa

UNO

Los aficionados

Aquella noche de domingo, allá por el año 1972, me aproximaba con dificultad al punto culminante de mi sermón poco pulido cuando ocurrió un desastre. Fue lamentable y risible a la vez.

El Brooklyn Tabernacle — una lamentable iglesia que mi suegro me había persuadido que pastoreara — constaba de un pobre edificio de dos pisos a media manzana en el centro de la ciudad sobre la avenida Atlantic. El santuario sólo tenía capacidad para menos de doscientas personas … aunque no nos hacía falta semejante capacidad. El cielo raso era bajo, las paredes estaban necesitadas de pintura, las ventanas estaban sucias y hacía muchos años que no se sellaba el piso de madera sin alfombrar. Pero no había dinero para tales mejoras, ni qué hablar de lujos tales como aire acondicionado.

Carol, mi fiel esposa, se esforzaba lo más posible al órgano a fin de crear una atmósfera de adoración al extender mi invitación, haciendo un llamado al grupo de unas quince personas que estaban delante de mí para que quizá, posiblemente, respondieran al punto central de mi mensaje. Alguien cambió de posición en un banco a mi izquierda, probablemente más por cansancio que por convicción, preguntándose cuándo permitiría este joven pastor que todos se fueran finalmente a casa.

¡C-r-r-a-a-c!

El banco se partió y se desplomó, causando que cinco personas cayeran al piso. Se escucharon exclamaciones y algunos quejidos. Mi hija pequeña debe haber pensado que era el acontecimiento más emocionante de su vida de iglesia hasta el momento. Detuve mi predicación para dejar que la gente tuviera tiempo de levantarse del piso y recuperar su dignidad perdida. Lo único que se me ocurría decirles era sugerir con nerviosismo que se corrieran a otro banco que parecía estar más estable mientras yo intentaba concluir la reunión.

A decir verdad, este tipo de percance ilustraba perfectamente mis primeros días en el ministerio. No sabía lo que estaba haciendo. No había asistido a un colegio o seminario bíblico. Me había criado en Brooklyn en una familia ucraniana-polaca, yendo a la iglesia los domingos con mis padres sin imaginar jamás que me convertiría en ministro.

Mi amor era el baloncesto, durante toda la escuela secundaria y luego en la Academia de la Armada de los Estados Unidos, donde el primer año batí el récord de puntaje establecido por los novatos. Más tarde ese año me lesioné la espalda y debí renunciar a la armada. Reanudé mis estudios universitarios con el apoyo de una beca completa de atletismo en la Universidad de Rhode Island donde me desempeñé como titular del equipo para el equipo de baloncesto por espacio de tres años. Durante mi último año fui capitán del equipo; ganamos el campeonato de la Yankee Conference y jugamos en el torneo de la NCAA.

Mi asignatura principal era sociología. Para entonces había comenzado a noviar con Carol Hutchins, hija del hombre que había sido mi pastor allá por mis años de escuela secundaria. Carol era una organista y pianista talentosa a pesar de no haber recibido nunca una enseñanza formal para leer y escribir música. Nos casamos en 1969, nos instalamos en un apartamento de Brooklyn y ambos obtuvimos trabajos en el agitado mundo de los negocios de Manhattan. Al igual que muchos matrimonios nuevos, no teníamos muchas metas a largo plazo; sencillamente nos dedicábamos a pagar las cuentas y disfrutar de los fines de semana.

Sin embargo, el padre de Carol, el Reverendo Clair Hutchins, me había estado dando libros que despertaron mi deseo por las cosas espirituales. Él no sólo era un pastor local; realizaba frecuentes viajes al extranjero para predicar en cruzadas evangelísticas o enseñar a otros pastores. En los Estados Unidos era el sobreveedor no oficial de unas pocas iglesias pequeñas e independientes. Para principios de 1971 nos estaba sugiriendo con seriedad que quizá Dios quería que nos dedicáramos de lleno al servicio cristiano.

Un día comentó:

— Hay una iglesia en Newark que necesita un pastor. Son personas preciosas. ¿Por qué no consideras renunciar a tu trabajo y lanzarte en fe para ver lo que Dios hará?

— No estoy calificado — protesté. — Yo, ¿ministro? No tengo idea de cómo ser pastor.

Él dijo:

— Cuando Dios llama a alguien, eso es lo único que importa. No des lugar al temor.

Y cuando quise darme cuenta, allí estaba yo, con mis veintitantos años, intentando conducir una pequeña iglesia de negros en uno de los campos misioneros más difíciles de las urbes de los Estados Unidos. Los días de semana pasaba horas dedicado al estudio sistemático de la palabra de Dios mientras que los domingos estaba aprendiendo a comunicar esa palabra a la gente. La habilidad musical de Carol compensaba algunos de mis errores, y la gente tenía la bondad suficiente para pagarnos un salario modesto.

Mis padres nos regalaron la cuota de entrada para la compra de una casa, y nos mudamos a Nueva Jersey. De alguna manera logramos llegar al final de ese año.

TAREA DOBLE

Luego, un día llamó mi suegro desde Florida, donde vivía, y me pidió un favor. Quería saber si iría a predicar durante cuatro domingos por la noche a una iglesia multirracial, Brooklyn Tabernacle, otra iglesia que él supervisaba. La situación en ese lugar había llegado a su punto más bajo, dijo él. Yo acepté, sin sospechar siquiera que este paso cambiaría mi vida para siempre.

Desde el momento que entré, pude percibir que esta iglesia tenía serios problemas. El joven pastor estaba desanimado. La reunión empezó de manera vacilante con la presencia de apenas un puñado de personas. Varias más llegaron tarde. El estilo de adoración bordeaba en lo caótico; había poco sentido de dirección. El pastor notó la presencia de cierto hombre — alguien que visitaba la iglesia en forma esporádica y que cantaba acompañándose con la guitarra — y le pidió allí mismo que se acercara y cantara un solo. El hombre sonrió a medias y dijo que no.

Lo digo en serio, rogó el pastor. Nos encantaría que usted cantara para nosotros. El hombre siguió resistiéndose. Fue un momento terriblemente incómodo. Finalmente el pastor desistió y siguió con el canto congregacional.

También recuerdo a una mujer entre el público reducido que se tomaba la atribución de cantar un coro de alabanza de vez en cuando, interrumpiendo cualquier canto que el pastor intentaba dirigir.

Por cierto que fue raro, pero el problema no era de mi incumbencia. Al fin y al cabo, yo sólo estaba allí para prestar ayuda en forma provisional. (La idea de que yo, en esa etapa de mi desarrollo como ministro, pudiera ayudar a alguno mostraba hasta qué punto el asunto se había vuelto desesperante.)

Prediqué, y luego regresé a casa en mi automóvil.

Después del culto de la segunda semana, el pastor me dejó anonadado al decirme:

— He decidido presentar mi renuncia a esta iglesia y mudarme a otro estado. ¿Podría usted notificar a su suegro?

Asentí con la cabeza y dije pocas palabras. Cuando esa semana llamé para comunicar la noticia, rápidamente surgió la pregunta con respecto a si la iglesia debiera siquiera permanecer abierta.

Algunos años antes, mi suegra se había reunido con otras mujeres que estaban intercediendo para que Dios estableciera una congregación en el centro de Brooklyn que tocara a las personas para la gloria de Dios. Así fue que se inició esta iglesia, pero ahora todo parecía imposible.

Al conversar sobre lo que debíamos hacer, mencioné algo que el pastor me había dicho. Él estaba seguro de que uno de los ujieres estaba metiendo la mano en el plato de la ofrenda, porque el dinero en efectivo nunca parecía concordar con las cantidades escritas en los sobres de los diezmos de las personas. No era de sorprenderse que en la cuenta bancaria de la iglesia hubiera menos de diez dólares.

Mi suegro no estaba dispuesto a darse por vencido. Él dijo:

— No lo sé, no estoy seguro de que Dios haya terminado con ese grupo todavía. Se trata de un sector muy necesitado de la ciudad. No seamos demasiado rápidos para tirar latoalla.

Su esposa, que estaba escuchando por el otro teléfono, pregunto:

— Y bien, Clair, ¿qué harás cuando el otro pastor sevaya? O sea, en dos semanas …

De repente su voz se volvió más alegre:

— Jim, ¿qué te parece si mientras tanto pastoreas a ambas iglesias? Haz la prueba para ver si tal vez se presen ta un giro en la situación.

No estaba bromeando; lo decía en serio.

Yo no sabía qué decir. De una cosa sí estaba seguro: Yo no tenía una cura mágica para lo que aquejaba a Brooklyn Tabernacle. Aun así, la preocupación de mi suegro era ge-nuina, de modo que acepté el plan.

Ahora, en lugar de ser un aficionado en una congregación, podía duplicar mi placer. Durante el año siguiente, mi horario del día domingo se parecía al siguiente:

Ocasionalmente entraban vagabundos a las reuniones en Brooklyn. La asistencia se redujo a menos de veinte personas porque una buena cantidad de personas decidieron rápidamente que yo era demasiado reglamentado y optaron por asistir a otro lugar.

Los domingos sin Carol eran especialmente difíciles. La pianista había dominado sólo un coro: Oh, cuánto amo a Cristo. Lo cantábamos todas las semanas, a veces más de una vez. Cualquier otra selección producía tropiezos y discordias. Esto no parecía ser una iglesia en movimiento.

Nunca olvidaré la ofrenda de ese primer domingo por la mañana: $85. El pago hipotecario mensual era de $232, ni qué hablar de las cuentas utilitarias o de que sobrara algo para un salario pastoral.

Nunca olvidaré la ofrenda de ese primer

domingo por la mañana: $85.

Cuando a fin de mes llegó el momento de pagar la cuota de la hipoteca, la suma disponible en la cuenta corriente del banco era aproximadamente $160. Desde el arranque íbamos a estar en mora. ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que perdiéramos el edificio y nos echaran a la calle? Ese lunes, mi día libre, recuerdo haber orado: Señor, tienes que ayudarme. No sé mucho, pero una cosa que sí sé es que debemos hacer este pago de la hipoteca.

El martes fui a la iglesia. Tal vez alguien enviará algún dinero sorpresivamente, me dije, como tantas veces le sucedió a George Mueller con su orfanatorio allá en Inglaterra, sólo oraba, y llegaba una carta o una visita para suplir su necesidad.

Llegó la correspondencia de ese día, y lo único que contenía eran cuentas y propagandas.

Ahora estaba atrapado. Fui hasta arriba, me senté ante mi pequeño escritorio, apoyé la cabeza, y comencé a llorar. Dios, dije llorando, ¿qué puedo hacer? Ni siquiera podemos hacer el pago hipotecario. Esa noche teníamos el culto de media semana, y yo sabía que no asistirían más de tres o cuatro personas. La ofrenda probablemente no llegaría a los diez dólares. ¿Cómo superaría este dilema?

Clamé al Señor durante una hora o más. Finalmente, enjugué mis lágrimas y me vino un nuevo pensamiento. ¡Vaya! Además del buzón en la puerta de adelante, la iglesia tiene también una casilla de correo. Cruzaré la calle para ver lo que hay allí. ¡Con seguridad Dios contestará mi oración!

Con renovada confianza crucé la calle, atravesé el vestíbulo de la oficina de correo y giré la perilla de la casilla. Espié hacia adentro …

Nada.

Al salir nuevamente al sol, los camiones pasaban rugiendo por la avenida Atlantic. Si uno me hubiera aplastado en ese momento, no me habría sentido más bajo. ¿Acaso Dios nos estaba abandonando? ¿Sería que yo estaba haciendo algo que le desagradaba? Con paso cansino crucé nuevamente la calle dirigiéndome al pequeño edificio.

Al destrabar la puerta, me topé con otra sorpresa. Allí en el piso del atrio había algo que no había estado allí unos tres minutos antes: un simple sobre blanco. Sin dirección, sin estampilla, nada. Un simple sobre blanco.

Con manos temblorosas lo abrí y encontré allí … dos billetes de $50.

Empecé a gritar a solas en la iglesia vacía. Dios, ¡me respondiste! ¡Me respondiste! Teníamos $160 en el banco, y con estos $100 podíamos hacer el pago de la cuota hipotecaria. Mi alma dejó escapar un profundo ¡Aleluya! ¡Qué lección para un joven pastor desanimado!

Hasta el día de hoy no sé de dónde vino ese dinero. Sólo sé que para mí fue una señal de que Dios estaba cerca y era fiel.

COLAPSO

Por supuesto que el intenso programa de actividades nos estaba desgastando, y Carol y yo pronto comprendimos que debíamos decidirnos por una iglesia o la otra. Lo raro fue que empezamos a sentirnos atraídos a Brooklyn, a pesar de que nuestro único salario provenía de la iglesia en Newark. Fue sorprendente que Dios pusiera en el corazón de ambos el deseo de comprometernos, para mejor o para peor, con el Brooklyn Tabernacle en su etapa inicial. De algún modo supimos que ese era nuestro lugar.

Ambos conseguimos rápidamente un segundo trabajo, ella en un comedor escolar, yo como entrenador de baloncesto en una escuela secundaria. No teníamos seguro médico. De alguna manera logramos llevar comida a la mesa y comprar gasolina para el automóvil, pero a duras penas.

No sabía si esta era una experiencia normal en el ministerio o no; no tenía ideas preconcebidas de la escuela o seminario bíblico mediante las cuales poder juzgar, porque no había estado allí. Sencillamente avanzábamos dando tumbos a solas. Ni siquiera el padre de Carol nos ofrecía mucho consejo ni perspectiva; supongo que pensaba que aprendería más en la escuela de la experiencia. A menudo me decía, Jim, tendrás que descubrir tu propia manera, bajo Dios, de ministrar a las personas.

En una de esas noches de domingo del principio, estaba tan deprimido por lo que veía, y aun más por lo que sentía en mi espíritu, que literalmente no podía predicar. A los cinco minutos de empezar mi sermón, empecé a atragantarme con las palabras. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Me invadió una profunda tristeza. Lo único que podía decir a la gente era:

— Lo siento … yo … no puedo predicar en esta atmósfera … Algo está muy mal … No sé qué decir, no puedo continuar … ¿Carol, tocarías algo en el piano, y podrían los demás acercarse hasta el altar? Si Dios no nos ayuda, no sé …

Después de decir eso, me callé. Fue embarazoso, pero no podía hacer nada más.

Los presentes hicieron lo que les había pedido. Me incliné hacia el púlpito, apoyé la cara en mis manos, y lloré. Al principio todo estaba quieto, pero pronto vino sobre nosotros el Espíritu de Dios. La gente empezó a clamar al Señor, sus palabras motivadas por una inquietud interior. Dios, ayúdanos, orábamos. Carol tocó el antiguo himno I Need Thee, Oh, I Need Thee [Te necesito ya], y nosotros la acompañamos cantando. Surgió una ola de intercesión. De repente un joven ujier se acercó corriendo por el pasillo central y se arrojó sobre el altar. Comenzó a llorar mientras oraba.

Cuando coloqué mi mano sobre su hombro, levantó la vista, le corrían lágrimas por el rostro mientras decía:

— ¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡No lo haré más! Por favor, perdóneme.

Inmediatamente supe que estaba pidiendo perdón por tomar dinero del plato de las ofrendas. Me quedé sin palabras por un momento, perplejo ante esta confesión inesperada.

Fue nuestra primera victoria espiritual. No fue necesario hacer el papel de detective, confrontar al culpable con su falta ni presionarlo para que confesara. Aquí,

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Reseñas

Lo que piensa la gente sobre Fuego vivo, viento fresco

3.6
19 valoraciones / 10 Reseñas
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Reseñas de lectores

  • (5/5)
    By simply recounting his journey from an inexperienced minister in an inner city church with 20 members, to 8 churches with 8000 people weekly in NYC, Jim Cymbala makes his powerful testimony. His point? One builds the church through prayer to God.
  • (2/5)
    When I read this I loved it. For some reason today I think about it only with skeptisicm. Maybe it's a lack of faith. I'm not sure.
  • (3/5)
    Pastor Cymbala tells the interesting and inspirational story of the growth of the Brooklyn Tabernacle from a small, struggling congregation to the huge, influential church it has become. When he refocused his personal ministry on prayer and led the flock to become a house of prayer, it unleashed the powerful blessing of God. When his wife assumed leadership of the worship and music ministry, that added another powerful dimension. In sum, the book tells how prayer and praise, combined with a compassionate love for the unloved and the unlovely, provided the catalyst for a dynamic spiritual awakening and the resulting growth of the Brooklyn Tabernacle. Anyone involved in any sort of Christian ministry can find something edifying in these pages.
  • (4/5)
    This is a very good book that focuses on the need for prayer (and the lack thereof) in churches today. He does a very good job of balancing the sovereignty of God with the responsibility of people, which is a difficult task indeed when handling the topic of prayer. His call is simple and straight-forward, we need to stop focusing on the unimportant and come back to seeking God. This book caused me on many occasions to stop and spend time seeking the face of God and cry out to Him through prayer. I believe that this is a book I will recommend to many people in the future, as well as reading it semi-regularly myself.
  • (5/5)
    Enjoyed this book about allowing God’s Spirit to invade our hearts. Some of my favorite quotes include:
    “I discovered an astonishing truth: God is attracted to weakness. He can't resist those who humbly and honestly admit how desperately they need him.”
    “After all, people weren't hungry for fancy sermons or organizational polish. They just wanted love. They wanted to know that God could pick them up and give them a second chance.”
    “Because I had been a basketball player, it never dawned on me to evaluate people on the basis of color. If you could play, you could play. In America it would appear that there is more openness, acceptance, and teamwork in the gym than in the church of Jesus Christ.”
    “Each service is two to two-and-a-half hours long. We have always felt we had to give the Holy Spirit time to work; we couldn't rush people through some kind of assembly line.”
    “Yes, the roughness of inner-city life has pressed us to pray.... But is the rest of the country coasting along in fine shape? I think not.”
    “I have seen God do more in people's lives during ten minutes of real prayer than in ten of my sermons.”
    “What does it say about our churches today that God birthed the church in a prayer meeting, and prayer meetings today are almost extinct?"
    “If the times are indeed as bad as we say they are; if the darkness in our world is growing heavier by the moment; if we are facing spiritual battles right in our own homes and churches, then we are foolish not to turn to the One who supplies unlimited grace and power. He is our only source. We are crazy to ignore him."
    "We are like the church at Laodicea. In fact, we have so institutionalized Laodiceanism that we think lukewarm is normal.”
    “The apostles weren't trying to finesse people. Their communication was not supposed to be ‘cool’ or soothing. They aimed for a piercing of the heart, for conviction of sin. They had not the faintest intention of asking, ‘What do people want to hear? How can we draw people to church on Sunday?’ That was the last thing in their minds. Such an approach would have been foreign to the whole New Testament.”
    “Spiritual ‘construction’ that uses wood, hay and straw comes easy--little work, little seeking, no travail, no birthing. You just slap it up and it will look adequate--for awhile. But if you want to build something that will endure on Judgment Day, the work is much more costly."
    “People pay attention when they see that God actually changes persons and sets them free. When a new Christian stands up and tells how God has revolutionized his or her life, no one dozes off.”
    “As we open up our church meetings to God's power, they will not always follow a predetermined schedule. Who can outline what God might have in mind?”
    "Does anyone really think that America today is lacking preachers, books, Bible translations, and neat doctrinal statements? What we really lack is the passion to call upon the Lord until he opens the heavens and shows himself powerful."
    “Anytime people get hungry to truly know the Lord, the Holy Spirit quickly puts a shovel and broom into their hands.”
  • (4/5)
    Muy edificante, el tema central es el poder del ministerio de la oración, muy interesante
  • (5/5)
    PODEROSO. Cada libro de Jim mueve los cerrojos del alma porque en cada párrafo está impregnado el poder del Espíritu Santo.
  • (3/5)
    I’m a United Methodist pastor, one of those comfortable with charismatic Christianity (yes, not all charismatic Christianity). I read this book years ago and was rereading to use as an encouraging call to prayer for my current lay leadership. But it has a little bit too much theological baggage and questions raised to simply hand off. If you remember the book more fondly, part of my read is colored by my particular ministry context, as well as by a number of claims (available online) of spiritual and financial abuses within the Brooklyn Tabernacle world since this book was published.
  • (4/5)
    un gran libro y un gran aporte, gracias
  • (3/5)
    Jim Cymbala was a familiar name to me, as I had read some of his articles in Charisma magazine. The Charismatic books are the most widely read books in Christendom. I've not really been impressed with one to date—there is always a running theme under them all which I do not adhere to.Jim was thrown into the role of Pastor by the hand of his father-in-law. Jim had no formal ministerial training(and I suspect still hasn't), and make no mistake about it, he takes pride in that fact. Preaching the word systematically isn't important to Jim—only giving the Holy Spirit time to work in 2 hour services with no thought put into them is. This mode of thinking is to say that the Holy Spirit could not inspire man's reason, could not inspire his writing, or a sermon. This goes against the essence of the Scriptures themselves. C.S. Lewis argued that reason itself was the supernatural element within nature, and I agree with him. The Charismatics though have made reason synonymous with the carnal mind. This is eisegesis and not exegesis. The carnal mind is not synonymous with the human mind. The carnal mind is biblically defined as the mind which is sinful, which is unrepentant. We are transformed by the renewing of our mind—we don't throw our mind out as being hopelessly carnal.More than anything else, Jesus taught. The Word opens the way for the Holy Spirit. Prayer is vital, worship is vital, letting the spiritual gifts operate within the church are vital, and the preaching and teaching of the Word is vital. If a church comes to only focus on any one of these things, at the expense of the others, they are lacking. "The New Beginning" for Pastor Cymbala and his church came when he felt that the Holy Spirit prompted him to begin a prayer service. The total emphasis of the book is on prayer. Within the book there are several stories about how prayer brought about action on God's part: Jim finds a mysterious envelop filled with just enough money so that the church's mortgage payment may be made. Jim's wayward daughter receives a visitation from the Lord, and returns home repentant, after his prayer team focused on her. These are impressive stories that I don't believe can be refuted—they show the Holy Spirit working on the heart of man, bringing man to action, to repentance. I only wonder why there are not more of them, and less railing against what Jim has never been familiar with. At times Cymbala seems to depolarize, with critiques of the chaotic weirdness which has gone on in the name of the Holy Spirit. He recognizes there is a problem in the Charismatic world, and that the lack of biblical doctrines being taught is the cause. Then on the next page he says: "Does anyone really think that America today is lacking preachers, books, Bible translations, and neat doctinral statements?"I would answer him, "No, but we are lacking in the use of those good materials, as people are lazy, and want a magical Christianity of expediency, which requires no use of their mind—and to excuse this, they have condemned the mind and head knowledge.I don't disagree with Pastor Cymbala in that prayer moves the heart of God. The book is a wonderful testimony to that; however, the underlying theme that condemns learned expository preaching, that would condemn a series of sermons that a Pastor may have labored for months on, and says that because these sermons were not spontaneous, emotional, intuitive, and untaught, that the Holy Spirit could have no part in them—this is simply wrong. J. Vernon McGee said a man need not be educated to begin preaching; though he should wish to grow in the wisdom and knowledge of the Word, and hopefully Seminary is in his future plans. I believe if a man is proud of his lack of knowledge, something is terribly wrong with his doctrine—or un-doctrine rather.There is such a bias in the Charismatic world against formal education, against reason, against science, which we call the general revelation of God. It's so sad. Pastor Jim Cymbala shows us there is no doubt at all that he is not educated in biblical doctrines by this statement: "North American Christians must no longer accept the status quo. No more neat little meetings, even with the benefit of 100 percent correct doctrine." (153)This is the underlying Charismatic theme: Biblical truths and the teachings of Christ inhibit the Holy Spirit. I would say that when a church is operating outside of biblical doctrines, THIS is what inhibits the Holy Spirit.As you can tell, this highly irritates me. I could not enjoy the biblical truths that WERE in this book, for the glaring error in it. Perhaps someday I will come to the level of maturity where I can eat fish and spit out bones, as my friend Pastor Alex says. It angers me so, because other people are choking on the bones. Pray for Jim and I....