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Grandeza para cada día: Inspiración para el diario vivir

Grandeza para cada día: Inspiración para el diario vivir

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Grandeza para cada día: Inspiración para el diario vivir

valoraciones:
4/5 (2 valoraciones)
Longitud:
567 páginas
10 horas
Editorial:
Publicado:
Nov 4, 2008
ISBN:
9781418581220
Formato:
Libro

Descripción

¡Dar lo mejor de sí!
Cada revista de Selecciones presenta una historia que muestra a las personas dando lo mejor de sí, generalmente en medio de la adversidad o los desafíos. Esta colección de historias inspiradoras, las mejores de los archivos de Selecciones, ha sido compilada junto a un comentario pertinente del doctor Stephen R. Covey de tal forma que puede convertirse en un recurso impactante e inspirador para todo aquél que busque algo más de esta vida. El formato del libro le permite utilizarlo como un estudio serio o como una lectura casual.

Entre los temas se incluyen: Búsqueda de significado, Cómo encargarse, Empecemos por dentro, La creación del sueño, Cómo llevarse bien con otros, Cómo vencer la adversidad y Cómo armonizar las piezas.

Entre los escritores se encuentran algunos de los líderes y celebridades más reconocidos y apreciados del mundo: Shakespeare, Walt Disney, Maya Angelou, Thomas Jefferson, Abraham Lincoln, Erma Bombeck, Betty Ford y muchos más. Sólo Selecciones pudo realizar el trabajo de reunir esta colección de escritos en este libro.

Editorial:
Publicado:
Nov 4, 2008
ISBN:
9781418581220
Formato:
Libro

Sobre el autor

Recognized as one of Time magazine’s twenty-five most influential Americans, Stephen R. Covey (1932–2012) was an internationally respected leadership authority, family expert, teacher, organizational consultant, and author. His books have sold more than twenty-five million copies in thirty-eight languages, and The 7 Habits of Highly Effective People was named the #1 Most Influential Business Book of the Twentieth Century. After receiving an MBA from Harvard and a doctorate degree from Brigham Young University, he became the cofounder and vice chairman of FranklinCovey, a leading global training firm.


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Grandeza para cada día - Stephen R. Covey

INTRODUCCIÓN

DR. STEPHEN R. COVEY

Me siento bendecido.

En un mundo en que la confusión domina las noticias, my en que a menudo predominan las palabras de desánimo, me siento bendecido por encontrar diariamente individuos cuyas vidas me convencen de que hay mucho bien entre nosotros.

En una época en que oímos mucho de escándalos empresariales y de violaciones a la moral, me siento bendecido por vincularme con líderes nacionales, dirigentes empresariales y alcaldes elegidos por primera vez cuyas vidas están llenas de rectitud y fortaleza moral.

En un tiempo en que son comunes el crimen, la guerra, los desastres naturales y las enfermedades, me siento bendecido por trabajar con personas que hacen cumplir la ley, con expertos militares, administradores cívicos y profesionales médicos que sacrifican mucho, cuyas intenciones son honrosas.

En una era en que los lazos paternales y familiares se están poniendo en peligro quizás como nunca antes, me siento bendecido por conocer padres firmes y madres nobles que día y noche dan lo mejor de sí para proporcionar sustento y educación a sus hijos.

Además, en un período en que los colegios y los jóvenes son bombardeados con negativismo y dilemas sociales sensibles, me siento bendecido por conocer maestros y jóvenes talentosos con gran carácter y comprometidos con el cambio… cada uno a su propia manera.

Así es, me siento bendecido por encontrar individuos de todas las profesiones y condiciones sociales, y de todas partes, que son verdaderamente buenos y que hacen mucho por contribuir con el mundo que los rodea. Ellos me inspiran.

Son muchas las probabilidades de que usted sea una de esas personas.

UNA RECOPILACIÓN PARA NUESTRA ÉPOCA

Sí, creo que la mayoría de los habitantes de este mundo son buenas personas que hacen cosas buenas, y que no debemos dejar que el ruido de la minoría negativa ahogue el constante sonido del bien que nos rodea.

Pero también deseo decir que aunque muchos de nosotros hacemos lo bueno y quizás merezcamos más mérito del que nos damos, la mayoría sabemos que el bien que hacemos no siempre representa lo mejor de nosotros. Por tanto en nuestros momentos de mayor calma podemos sentir que le sacamos a la vida más de lo que le damos.

¿No pasa eso con usted?

Me gusta enfocar la vida creyendo que mi trabajo más importante siempre está por delante de mí, no detrás, y mi lema personal es «Vivir intensamente». Como resultado, siento un persistente deseo de exigirme en nuevas direcciones y de buscar maneras dignas de influir. Y cuando personalmente experimento deseos de mejorar la vida, encuentro útil contar con un recurso como esta recopilación para leer y reflexionar. Reunida por Selecciones de Reader’s Digest de décadas de clásica literatura de «éxito» y de muchas de las personas actualmente más respetadas en todo el mundo, es un tesoro de principios eternos y de prácticos discernimientos para optimizar la vida… una antología para nuestra época.

Espero que esta recopilación tenga al menos tres consecuencias en usted. Primera, que se pueda recostar, descansar y disfrutar su lectura. Seamos realistas. La vida no es fácil. El mundo está en conmoción y todas las predicciones señalan más perturbación por venir. Por eso mucho de lo que oímos y leemos en estos días es inquietante, y hasta angustioso. Como tal, cada vez es más raro poder sentarse a disfrutar la experiencia de una lectura como esta, que eleva el espíritu. Ojalá que sea un refugio en la tormenta y un remanso de esperanza para usted.

Segunda, espero que esta recopilación le brinde inspiración en cuanto a cómo puede sacar personalmente un poco más de la vida… y, sí, también cómo puede dar un poco más. Selecciones de Reader’s Digest ha sido por más de ochenta años una fuente de reflexiones para una vida eficaz. Somos muy afortunados de tener reunidas en esta recopilación a prácticamente cientos de sus historias y perspicacias más inspiradoras. Mi deseo es que alguna parte de lo que usted lea le brinde el incentivo que tal vez ande buscando para pasar de hacer lo bueno a dar lo mejor de usted, tanto hoy como en su camino venidero.

Tercera, espero que esta recopilación haga surgir dentro de usted una pasión más excelsa por ser una persona de transición. Es decir, alguien que rompa el flujo de tradiciones negativas o costumbres peligrosas que se transmiten de generación a generación, o de situación a situación, sea en una familia, un lugar de trabajo, una comunidad o en cualquier parte. Las personas de transición van más allá de sus propias necesidades, y aprovechan los impulsos más nobles y profundos de la naturaleza humana. Son luz en épocas de oscuridad, no jueces; son modelos, no críticos. En períodos de divergencias son catalizadores, no víctimas; son sanadores, no acarreadores. El mundo de hoy necesita más individuos de transición. Confíe en llegar a ser uno de los mejores, y observe cómo aumenta su influencia.

GRANDEZA PARA CADA DÍA

De vez en cuando el mundo presencia una proeza heroica o descubre a alguien con extraño talento. Cada cierto tiempo un científico hace un descubrimiento fundamental o un ingeniero diseña un aparato revolucionario. Más o menos en cada década un par de políticos firman una valerosa iniciativa de paz. Anualmente se promocionan a los mejores actores, músicos, atletas y vendedores del año, mientras que festivales en pueblos natales coronan a quien logra comer más pimientos o cantar al estilo tirolés.

Tales sucesos y logros singulares aparecen a menudo en llamativos titulares de medios de difusión bajo el estandarte de «grandezas». En la mayoría de los casos representan una clase de proeza que merece atención y aplauso, porque muchas de ellas simbolizan logros que empujan a la sociedad en maneras importantes y progresivas, aunque otras simplemente añaden a la vida una medida necesaria de sabor y humor.

Pero la mayoría de la gente sabe que existe otra clase de grandeza que tiende a ser de naturaleza más tranquila, que por lo general no aparece en titulares. Sin embargo, es una iniciativa que en mi opinión merece el más elevado honor, y aun más respeto. La denomino Grandeza para cada día.

Grandeza para cada día es lo que en otros ambientes he llamado «grandeza principal». Tiene que ver con carácter y aportación, a diferencia de la «grandeza secundaria», que tiene que ver con notoriedad, riqueza, fama, prestigio o posición. La Grandeza para cada día es una manera de vivir, no un acontecimiento de una época. Dice más respecto de lo que alguien es que de lo que tiene, y se describe más por la bondad que irradia de un rostro que por el título en una tarjeta de presentación. Dice más acerca de los motivos de las personas que de sus talentos; más respecto de realidades pequeñas y sencillas que de logros fabulosos. Es humilde.

Cuando se les pide que describan la Grandeza para cada día, las personas típicamente describen a individuos que conocen personalmente, tales como un granjero que año tras año capea los temporales de la vida, provee para la familia y ayuda a los vecinos. O una madre que sabe que no es perfecta pero que persevera en dar cada día lo mejor de sí por mostrar amor incondicional a un hijo que representa un desafío. Describen a un abuelo, un maestro, un compañero de trabajo, un vecino o un amigo con quienes siempre se puede contar, que son sinceros, trabajadores y respetuosos. Por sobre todo, describen a alguien a quien se puede imitar, y creen que no tienen que ser el próximo Gandhi, Abraham Lincoln o la Madre Teresa para exhibir Grandeza para cada día.

Sí, los individuos descritos al tratar de definir la Grandeza para cada día son del mismo calibre de los que describí en las primeras líneas de esta introducción: seres que, a pesar de la algarabía negativa en el mundo, encuentran maneras de redoblar esfuerzos y de hacer su parte y aporte positivo. La clave es que todo es parte de quiénes son cada día.

TRES DECISIONES DIARIAS

Por tanto, ¿qué conduce a la Grandeza para cada día? ¿Qué hay en sus raíces?

Estoy convencido de que la respuesta yace en tres decisiones diarias, las que todos tomamos cada día de nuestra vida, estemos conscientes de ellas o no.

# 1. LA DECISIÓN DE ACTUAR

La primera decisión que tomamos cada día es: ¿Obramos en la vida o simplemente cumplimos?

Es claro que no podemos controlar todo lo que nos ocurre. La vida golpea como las olas del océano a medida que aparecen sucesos tras sucesos. Algunos acontecimientos son incidentales y nos causan poco o ningún impacto. Otros prácticamente nos apalean. Pero cada día tomamos una decisión: ¿Seremos como troncos a la deriva que flotan pasivamente con las olas y las corrientes del día o, en vez de eso, nos responsabilizamos por determinar nuestras acciones y nuestros destinos?

Aparentemente la decisión es fácil. Después de todo, ¿quién no preferiría obrar en la vida en vez de solo cumplir? Pero al final del día, solo nuestras acciones proporcionan las respuestas más cercanas a la verdad. Porque muchas personas dicen que desean encargarse de sus vidas, pero entregan sus programas nocturnos a sus aparatos de televisión para que estos determinen qué hacer y cuándo. Otros dicen tener nobles sueños de carreras y metas, pero entregan a sus empleadores la responsabilidad del desarrollo de sus habilidades. Aun hay quienes dicen que desean aferrarse a valores firmes, pero dejan que su integridad se marchite bajo el obstáculo más intrascendente. Por tanto, muchas personas dicen que quieren obrar en la vida, pero al final del día más parece que es esta la que obra en ellas.

Por otra parte, todas y cada una de las historias en esta antología representan a quienes decidieron actuar. Son personas que reconocen que aunque no siempre podemos escoger lo que nos ocurre, sí podemos hacerlo con nuestras respuestas. Algunas de ellas son muy conocidas por nombre, la mayoría no. Unas toman decisiones heroicas por naturaleza, aunque la mayoría no. Muchas son personas comunes y corrientes que toman decisiones comunes en maneras cotidianas privadas. Lo desafío a explorar las vidas de esas personas y las decisiones que toman. Vea si no observa el mismo tema que yo: que quienes sacan lo mejor de la vida y quienes dan lo mejor de sí son aquellos que deciden actuar.

Podemos y debemos convertirnos en la fuerza creativa de nuestras vidas… y de nuestros futuros.

# 2. LA DECISIÓN CON PROPÓSITO

Muchos decidimos actuar solo para descubrir que tomamos malas decisiones… decisiones que al final no tuvieron ningún valor para nosotros ni para otros, algunas de ellas hasta perjudiciales. Por ende, la decisión de actuar en sí no es suficiente.

En consecuencia la segunda decisión que tomamos cada día es de suma importancia: ¿A qué fines, o propósitos, llevarán nuestras decisiones diarias?

Cada uno de nosotros quiere ser de valor… saber que nuestra vida importa. No queremos estar solo ocupados sino ocuparnos en ir tras propósitos que valgan la pena. Sin embargo, en el mundo apresurado de hoy es fácil pasar cada día sin siquiera pensar en los propósitos tras los que vamos, mucho menos en detenernos lo suficiente para reflexionar en los propósitos que más nos gustaría buscar. Y por consiguiente vemos a muchas personas corriendo muy deprisa de un lado al otro, pero sin ir en realidad a ninguna parte.

Pero eso no ocurre con las personas de esta recopilación. Desde John Baker hasta Maya Angelou, desde Luba Gercak hasta Joe Paterno, desde un hombre que fabrica sillas de ruedas hasta una familia que se une para ofrecer apoyo a un niño discapacitado, todos toman decisiones activas de ir tras propósitos significativos y honorables… a veces aun con grandes riesgos o sacrificios personales.

Es más, los orígenes de esta recopilación provienen de dos individuos que tomaron una decisión con propósito —los finados DeWitt y Lila Wallace— fundadores de Selecciones de Reader’s Digest. Empezaron la revista en 1922 siendo recién casados y estirando sus ingresos para llegar al fin de mes. Pero sus metas se extendieron más allá de ganar dinero cuando pusieron la mira en una determinación que DeWitt había escrito de joven: «Cualquier cosa a la que me dedique, pretendo hacer tanto bien en el mundo como sea posible». Juntos decidieron «ayudar a la gente a ayudarse» llenando cada edición con historias, anécdotas, humor —mucho humor— y reflexiones prácticas que reforzaban los principios de vida eficaz que más admiraban, entre ellos: valor, caridad, integridad, calidad, respeto y unidad.

Hoy día, impresa en veintiún idiomas, Selecciones de Reader’s Digest promueve esos mismos principios y sigue tocando fibras sensibles con lo que ha llegado a ser una comunidad de ochenta millones de lectores en todo el mundo: la revista más leída en el planeta.

Así fue que los Wallace —página a página, número a número— decidieron llevar vidas con propósito. Así también las personas en esta antología —paso a paso, día a día—, decidieron igualmente ir tras fines dignos. Espero que disfrute la lectura de los propósitos tras los que esas personas fueron y que tome la oportunidad para reflexionar en sus propios esfuerzos por llenar su vida de significado y aporte.

# 3. LA DECISIÓN BASADA EN PRINCIPIOS

Pero, por supuesto, nada de esto sucede por magia o suerte. Aunque creo en el poder del pensamiento positivo, no pienso que usted o yo podamos condicionarnos simplemente en cuanto al éxito o la paz mental. Más bien, disfrutar una vida rica en significado y progreso —una vida de Grandeza para cada día— solo llega cuando vivimos en armonía con principios universales y eternos.

Por lo que la tercera decisión que tomamos cada día y todos los días es: ¿Llevaremos nuestras vidas de acuerdo a principios probados o sufriremos las consecuencias de no hacerlo?

Para explicar en parte lo que quiero decir narraré una anécdota favorita de la edición de diciembre de 1983 de Selecciones de Reader’s Digest. Aunque su finalidad era el humor, creo que ilustra vívidamente el poder de los principios y cómo influyen en nuestras vidas y decisiones.

Una noche nublada en el mar, el capitán de un barco vio lo que parecían las luces de otra nave que se dirigía hacia la suya. Hizo que su encargado de comunicación por luces se contactara con el otro barco.

—Cambie su curso diez grados al sur —envió el mensaje.

—Cambie usted su curso diez grados al norte —recibió la respuesta.

—Soy un capitán —contestó el comandante—, así que cambie su curso diez grados al sur.

—Soy un marino de primera clase —recibió la respuesta—, y cambie su curso diez grados al norte.

Este último intercambio enfureció de veras al capitán, así que devolvió la señal.

—Soy un acorazado… cambie su curso diez grados al sur.

—Y yo soy un faro. ¡Cambie su curso diez grados al norte!

(CONTRIBUCIÓN DE DAN BELL)

Aunque gracioso, el mensaje es directo: No importa el tamaño de la nave ni el rango del timonel. El faro no cambiará su curso. Era permanente, fijo. Solo el capitán tenía la alternativa de corregir el curso o no.

El faro es como un principio. Los principios son inalterables; son eternos y universales. No cambian. No hacen distinción de edad, raza, credo, género o prestigio; todo el mundo está igualmente sujeto a ellos. Como el faro, los principios proporcionan indicadores permanentes con los cuales la gente puede establecer su dirección en tiempos de tormenta y de calma, de oscuridad y de luz.

Gracias a los Einstein y Newton del mundo se han descubierto en campos científicos muchos de esos principios o leyes naturales. Los pilotos, por ejemplo, se rigen por los cuatro principios del vuelo: gravedad, propulsión, fuerza aerodinámica y resistencia al avance. Los agricultores deben aprender a dominar principios similares o leyes de la cosecha. Los gimnastas y los ingenieros trabajan en el marco de los principios de la física, que incluyen leyes de fuerzas opuestas. Pero ni los pilotos, ni los agricultores, ni los gimnastas, ni los ingenieros inventaron los principios, ni los pueden alterar. Al contrario, igual que el capitán del barco, solo pueden elegir si se guían por ellos o sufren las consecuencias. Pues aunque los valores motivan las conductas, los principios gobiernan las consecuencias.

Igual que la ciencia, estoy convencido de que en el reino humano existen principios similares al del faro, varios de los cuales se han reunido en esta recopilación; tales como: innovación, humildad, calidad, empatía, magnanimidad, perseverancia y equilibrio. Todos son principios que nos pueden movilizar hacia una mayor eficiencia personal y satisfacción de vida. Si duda de eso, piense en la vida basada en los opuestos a esos principios, como falta de visión, pereza, vanidad, descuido, mala disposición, venganza, falta de determinación o desequilibrio. Estos difícilmente son ingredientes del éxito.

Algunas de las acotaciones que contiene esta recopilación se escribieron décadas atrás. Pero el mismo hecho de que se basen en principios las hace eternas y oportunas, se aplican igual hoy día que hace veinte años. Por tanto, al leer los relatos y las reflexiones de las personas en esta selección, no piense en la época en que ocurren o en los nombres que participan. Más bien, enfóquese en los principios y en cómo la gente los aplicó a sus vidas. Aun más importante, piense en cómo personalmente podría usar mejor los principios faro como señales por las cuales seguir su camino, medir su progreso y hacer modificaciones en su propio viaje hacia la Grandeza para cada día.

¿Y USTED?

Aquí tiene las tres decisiones que proveen la base de la Grandeza para cada día. En cierto modo la decisión de actuar representa la energía que damos a la vida: nuestro poder. La decisión de propósito representa nuestro destino: a dónde decidimos ir en la vida, qué tratamos de conseguir. La decisión por principios determina entonces el medio por el cual llegar allá: cómo alcanzar nuestros objetivos.

Creo que las personas que mencioné al principio de esta introducción —individuos que exhiben Grandeza para cada día en el mundo de hoy— se distinguen por sus respuestas a estas tres decisiones. También creo que las personas de las que leerá en esta recopilación se han distinguido en varios puntos de sus vidas por responder positivamente a estas tres opciones.

Pero esta antología no trata de esas personas sino de usted. En otras palabras, su intención no es resaltar lo que otros han hecho o dicho, sino más bien animarlo a examinar su propia vida. Con qué contribuye a una base diaria. Cómo trata a los demás. Cómo usa su tiempo. Si está haciendo lo bueno o dando lo mejor de usted.

Así que pregunto:

¿Es su vida como madera que flota a la deriva arrastrada de un lado a otro, o está haciendo sus propias olas y yendo en direcciones a las que —por decisión propia— desea ir?

¿Hacia qué fines, o propósitos, está llevando sus decisiones diarias? ¿Hacia qué fines, o propósitos, le gustaría llevarlas?

¿Está su vida en armonía con los principios eternos y universales?

Estas son preguntas difíciles. Si usted no está seguro, o si está inconforme con alguna de sus respuestas, espero que aproveche este compendio; porque cada acotación es un recordatorio de que su vida importa y que sus días —a pesar de lo que ocurra en el mundo que lo rodea— pueden ser ricos en significado y progreso.

Observará que las acotaciones se han dividido en siete categorías, cada una con tres principios. Dentro de cada uno de estos veintiuno hay una serie de historias que ilustran el principio, seguidas por citas y anécdotas de apoyo. Se han intercalado comentarios breves y reflexiones con que he contribuido a vía de explicación y aplicación al mundo de hoy. Uno de los aspectos que hace agradable la presentación del libro es que se puede abrir en cualquier página y encontrar inspiración. No es necesario comprender un capítulo previo para beneficiarse de otro posterior.

Puedo prever muchos usos de este material. Veo padres y maestros extrayendo de él pensamientos o historias para inspirar a la juventud. Visualizo oradores profesionales y líderes empresariales usándolo como una fuente de contenido. Imagino equipos de trabajo analizando los principios y aplicándolos a variados esfuerzos laborales. Veo individuos como usted usando el material para descubrir conocimientos que inspiran y amplían la mente, además de soluciones a retos personales específicos. Por consiguiente, lo desafío a darle palmaditas a su conciencia. Resalte citas o principios específicos que crea que le ayudarán a cumplir sus objetivos. Mientras lo hace, considere las sugerencias proporcionadas en el epílogo para generar un plan realista de progreso a fin de mejorar su capacidad para la Grandeza para cada día.

EN CONCLUSIÓN

Deseo concluir con una expresión de agradecimiento y respeto para quienes ayudaron a reunir esta compilación, así como también brindar un mensaje final de ánimo.

Primero quiero rendir tributo a Selecciones de Reader’s Digest, desde los Wallace hasta el equipo de hoy. Todas las anotaciones en esta recopilación fueron publicadas anteriormente en Selecciones de Reader’s Digest. Cada una es un elogio para ellos y para los propósitos que persiguen. Admiro en gran manera su éxito continuo permaneciendo tan válidos y siendo una voz tan influyente en la realidad actual.

Segundo, aplaudo los esfuerzos completos de David K. Hatch por recopilar esta obra. Fue él quien inició este proyecto cuando buscaba historias y citas para usarlas en su profesión como asesor de liderazgo. Sin embargo, mientras más organizaba el material, más creía que se debía expresar en audiencias más grandes. Ha sido muy valioso su juicio para revisar meticulosamente las más de mil entregas de Selecciones de Reader’s Digest, igual que su visión del potencial para el bien que esta recopilación puede hacer en las vidas de personas como usted.

Tercero, expreso gratitud por la gran riqueza de sabiduría brindada por los muchos autores, filósofos y héroes comunes citados en este compendio, a muchos de quienes conozco y admiro personalmente. Cada uno es una inspiración a su manera. Ellos, igual que todos nosotros, no son perfectos, pero se han reconocido sus hechos honorables y de este modo ayudan a forjar dentro de nosotros la confianza que puede ser determinante.

Finalmente ofrezco mi respeto a usted como individuo único. Creo que es una de las personas de quienes hablé al principio, alguien que ya realiza cosas buenas en un mundo que da alaridos de gran confusión. Usted tiene experiencias y talentos únicos. Confíe en ellos. Úselos para mejorar a través de las muchas reflexiones en esta recopilación. Pero sobre todo, tome las tres decisiones. Actúe en la vida. Vaya tras propósitos significativos que levantan el espíritu. Viva de acuerdo a principios eternos y universales. Si lo hace, tengo la firme confianza de que encontrará mayor gozo, más paz mental y una sensación reafirmada de valía que viene al llevar una vida de Grandeza para cada día.

BÚSQUEDA DE SIGNIFICADO

Tengo anhelos inmortales dentro de mí

—WILLIAM SHAKESPEARE

Dentro de cada individuo yace la necesidad de ser importante, el anhelo de ser valioso. Estas ansias de propósito nos impulsan a tomar las decisiones que nos darán mayor gozo y satisfacción en la vida. Pero en un mundo ajetreado es muy fácil desviarse hacia decisiones menores… decisiones que a la larga tienen poco valor o significado. Para ganar la paz mental y la sensación de lograr lo que deseamos debemos detenernos por un instante para desarrollar una imagen clara de los sueños, las prioridades y las metas que creemos que deben tener el significado más duradero, tanto para nosotros como para otras personas.

Los principios que nos ayudan en nuestra búsqueda de significado incluyen:

Colaboración

Caridad

Atención

1

COLABORACIÓN

Todos los hombres antes de morir deberían luchar por

saber de qué están huyendo, adónde van y por qué.

—JAMES THURBER

En nuestros momentos más reflexivos, cada uno de nosotros desea influir… hacer una contribución. Ya sea una causa o una misión, queremos participar en algo importante. Sin embargo, no siempre es fácil detectar cuál será nuestra colaboración en una base diaria, en especial cuando estamos muy enredados con cosas insignificantes de la vida. Pero llega un momento en que cada individuo debe luchar por clarificar su significado y qué propósitos decidirá perseguir.

Las siguientes historias destacan a tres individuos que llegan a un punto de decisión en su vida, una época en que se vieron obligados a decidir si obrar en la vida dando un paso al frente y hacer una contribución, o simplemente sentarse y cumplir. La primera historia habla de un joven llamado John Baker. Cual corredor talentoso con aspiraciones olímpicas, el sentido de significado y colaboración de John es puesto a prueba como nunca antes. A medida que lea las decisiones que tomó y los propósitos que decidió seguir, reflexione en lo que hará con su vida en las próximas semanas, meses y un año. ¿Qué contribuciones hará?

LA ÚLTIMA CARRERA DE JOHN BAKER

William J. Buchanan

En la primavera de 1969, el futuro se veía brillante para John Baker, un joven de veinticuatro años. En el pináculo de una asombrosa carrera como atleta, era elogiado por los periodistas deportivos como el corredor de la milla (1,600 metros) más rápido del mundo. Su sueño era representar a los Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de 1972.

Nadie durante los primeros años en la vida de Baker habría pensado que alcanzaría tal prominencia. De constitución endeble y más pequeño que la mayoría de sus amiguitos adolescentes de Albuquerque, cuando cursaba la secundaria se lo consideraba «demasiado torpe» para ser corredor. Pero algo ocurrió durante esa época que cambió el curso de su vida.

Durante algún tiempo, Bill Wolffarth, el entrenador atlético de la escuela Manzano, había tratado de convencer a un joven alto, toda una promesa, llamado John Haaland —que era el mejor amigo de Baker— para que se integrara al equipo de atletismo. Pero Haaland se resistía. Un día, Baker le dijo al entrenador: «¿Por qué no me deja entrar a mí en el equipo? Así podría entrar también Haaland». Wolffarth accedió y la estratagema dio resultado. Y John Baker se transformó en un corredor.

RESERVA DE ENERGÍA

La primera prueba aquel año fue una carrera a campo traviesa de 1.7 millas (2,720 m) a través de los cerros al este de Albuquerque. Todos los ojos estaban puestos en el campeón de campo traviesa del estado, Lloyd Goff. En cuanto se escuchó el disparo de salida, el grupo de corredores tomó su posición habitual con Goff fijando el ritmo y Haaland pisándole los talones. Cuando habían transcurrido cuatro minutos, los corredores fueron desapareciendo uno tras otro detrás de una colina. Pasó un minuto. Dos. Luego apareció un corredor. El entrenador Wolffarth le dio un codazo a su asistente al tiempo que le decía: «Ahí viene Goff». Tomó los binoculares y en el momento que miraba a través de ellos, gritaba: «¡No me creerás! ¡Ese no es Goff, sino Baker!»

Dejando muy atrás al pelotón de renombrados corredores, Baker cruzó la meta solo. ¿Su tiempo? 8.03.5. Había implantado un nuevo récord.

¿Qué pasó detrás de aquella colina? Baker lo explicó después. A la mitad de la carrera se encontraba bastante atrás de los que encabezaban el grupo. Entonces se hizo la pregunta: ¿Estoy dando lo mejor de mí? No tuvo respuesta. Fijando sus ojos en la espalda del corredor que iba inmediatamente delante de él, cerró su mente a cualquiera otra cosa. Solo quería sobrepasar a aquel corredor. Y después de lograrlo, iría por el siguiente. Una reserva desconocida de energía brotó a través de su cuerpo. «Fue casi como algo hipnótico», recordó. Uno tras otro fue sobrepasando a los demás corredores. Ignorando la fatiga que laceraba sus músculos, mantuvo el ritmo hasta que cruzó la meta y cayó, completamente rendido.

¿Fue aquella victoria algo fortuito? A medida que la temporada avanzaba, Wolffarth inscribió a Baker en una serie de competencias y el resultado siempre fue el mismo. Una vez en la pista, el humilde y simpático jovencito se transformaba en un fiero e irreducible competidor, un corredor todo corazón que no sería derrotado así no más. Cuando se aproximaba al final de sus estudios como alumno de secundaria había roto seis récordes estatales y durante su último año se le proclamó el más grande corredor de la milla que haya dado jamás el estado. Todavía no tenía dieciocho años.

«JOHN, EL IRREVERENTE»

En el otoño de 1962, Baker entró a la Universidad de Nuevo México en Albuquerque y avanzó en su entrenamiento. Cada día al amanecer, con un tarro de rociador para defenderse de los perros corría por las calles de la ciudad y los campos de golf veinticinco millas (cuarenta kilómetros) diarias. Y su entrenamiento hablaba por sí solo. Porque muy pronto, en Abilene, Tulsa, Salt Lake City y dondequiera que se presentaran a competir los Lobos de Nuevo México, el «irreverente John» Baker confundía los pronósticos derrotando a los más connotados corredores.

En la primavera de 1965, cuando Baker cursaba el tercer año, el equipo de atletismo más temido de la nación pertenecía a la Universidad del Sur de California. Por eso, cuando los poderosos Troyanos llegaron a Albuquerque para una competencia, los pronósticos hablaban de la derrota que esperaba a los Lobos. La milla, decían los expertos, pertenecía a los «tres grandes» de la USC: Chris Johnson, Doug Calhoun y Bruce Bess, en ese orden. Todos ostentaban mejores tiempos que Baker.

Ya en la carrera, Baker se mantuvo al frente durante una vuelta pero luego bajó intencionalmente a la cuarta posición. Molestos, Calhoun y Bess se hicieron cargo de la posición que había dejado Baker. Cauteloso, Johnson se mantuvo atrás. En la tercera vuelta, Baker y Johnson se lanzaron al mismo tiempo en procura de la posición de líder. Y chocaron. Luchando para no caer, Baker perdió unas preciosas yardas en tanto que Johnson se apoderó de la primera posición. Faltando 330 yardas (unos 300 m) para llegar a la meta, Baker lanzó su arremetida final. Primero Bess y luego Calhoun quedaron atrás. En la vuelta final Johnson y Baker iban parejos pero lentamente, Baker empezó a adelantarse. Con ambas manos por sobre su cabeza y haciendo la V de la victoria, rompió la cinta. Ganó por tres segundos. Inspirados por el triunfo de Baker, los Lobos barrieron con todas las competencias que vinieron luego, causándoles a los desmoralizados Troyanos su tercera peor derrota en sesenta y cinco años.

UN ENTRENADOR QUE SE PREOCUPA

Al graduarse, Baker pensó qué camino seguir. Tenía ofertas para ser entrenador en la universidad, pero siempre había querido trabajar con niños. También estaba la posibilidad de seguir corriendo. «¿Seré yo» se preguntaba, «un candidato a corredor olímpico?» Al final, aceptó un trabajo que le permitiría matar dos pájaros de un tiro: ser entrenador en la Escuela Elemental Aspen, de Albuquerque y, al mismo tiempo, retomar sus entrenamientos con miras a participar en los Juegos de 1972.

En Aspen, se manifestó otra de las facetas del carácter de Baker. Para él, entre sus alumnos no había estrellas. Tampoco críticas por falta de habilidad. Su única exigencia era que cada niño hiciera lo mejor que pudiera. Este sentido de justicia, agregado a una sincera preocupación por el bienestar de sus muchachos provocó una respuesta maravillosa. Las quejas juveniles se llevaban primero al entrenador Baker. Real o imaginaria, cada queja era tratada como si en ese momento fuera lo más importante del mundo. Y se corrió la voz: «El entrenador se preocupa por nosotros».

A principios de mayo de 1969, poco antes de cumplir su cumpleaños número veinticinco, Baker se dio cuenta que se cansaba más de lo normal. Dos semanas después le empezó a doler el pecho y una mañana, cerca del fin del mes, despertó con un fuerte dolor en la ingle. Decidió ver al médico.

Para el urólogo Edward Johnson, los síntomas eran inquietantes y requerían una inmediata cirugía exploratoria. La operación confirmó los temores del doctor Johnson. Una célula en los testículos de Baker había desarrollado cáncer y el mal ya se había esparcido por el cuerpo. Aunque el doctor Johnson no lo dijo, pensó que incluso con una segunda operación, Baker no tendría más de seis meses de vida.

En casa, mientras se recuperaba de la segunda operación, Baker se enfrentó a la sombría realidad de su mundo. No habría más carreras ni Juegos Olímpicos. Casi seguro, su carrera como entrenador había terminado. Y lo peor de todo era que su familia tuvo que soportar meses de angustia.

AL BORDE DEL PRECIPICIO

El domingo antes de la segunda operación, Baker se fue solo a caminar por las montañas. Estuvo por allá varias horas. Cuando regresó a su casa al atardecer, había un notorio cambio en su espíritu. Su sonrisa habitual, últimamente convertida en apenas una mueca, aparecía de nuevo natural y sincera. Es más. Por primera vez en dos semanas, habló de sus planes futuros. Muy entrada esa noche, le contó a su hermana Jill lo que había ocurrido esa tarde clara de junio.

Se había dirigido hacia la cumbre Sandia, un majestuoso pico montañoso que domina el lado oriental del horizonte de Albuquerque. Sentado en su automóvil cerca del borde del precipicio, pensó en la agonía que su condición estaba causando a su familia. En un instante, allí mismo, podía terminar con ella. Con una oración silenciosa, aceleró el motor y tomó la palanca del freno de emergencia. De pronto, una visión brilló ante sus ojos: los rostros de los niños de la escuela de Aspen, aquellos a quienes enseñó a dar lo mejor de sí a pesar de las circunstancias. ¿Qué clase de legado sería para ellos su suicidio? Avergonzado en lo más profundo de su alma, cortó la ignición, bajó del auto y lloró. Después de un rato se dio cuenta de que sus temores se habían aquietado. Que tenía paz. Lo que sea de tiempo que me quede, se dijo, lo dedicaré a mis niños.

En septiembre, después de una amplia cirugía y un verano de tratamientos, Baker volvió al trabajo y a su recargada agenda añadió un nuevo compromiso: atender a los niños minusválidos. Cualquiera haya sido la enfermedad, los niños que una vez estuvieron abandonados estaban ahora asumiendo responsabilidades como ayudantes del entrenador o supervisores de los equipos de atletas. Todos usaban el suéter oficial de la escuela Aspen con posibilidades de ganar la cinta Entrenador Baker por su esfuerzo. Baker mismo confeccionó las cintas por las noches cuando estaba en casa y con material comprado con su propio dinero.

SUFRIÓ EN SILENCIO

El día de Acción de Gracias, Baker recibió numerosas cartas de agradecimiento por parte de los padres de aquellos niños. Hasta antes de un año de su fallecimiento, se calcula que llegaron más de quinientas de esas cartas a su casa. «Cada mañana, mi hijo se comportaba como un monstruo», escribió una madre. «Era casi imposible levantarlo de la cama, alimentarlo y hacer que saliera. Ahora, no halla la hora de salir para la escuela. Su trabajo es mantener limpio el campo de juego».

Otra madre escribió: «A pesar de las aseveraciones de mi hijo, no podía creer que hubiese un Superman en Aspen. Así que un día me dirigí secretamente a observar al entrenador Baker con sus muchachos. Y descubrí que tenía razón». Y unos abuelos dijeron: «En otras escuelas, nuestra nietita sufría terriblemente por su torpeza. Pero este año, en Aspen, el entrenador Baker le dio una A por tratar de hacer lo mejor. Dios bendiga a este joven que hizo que los niños desarrollaran un auto respeto».

En diciembre, durante una visita rutinaria del doctor Johnson, Baker se quejó de malestar en la garganta y dolor de cabeza. Las pruebas confirmaron que el mal se había extendido a su cuello y al cerebro. Durante cuatro meses, reconoció más tarde el doctor Johnson, Baker había venido sufriendo en silencio dolores horribles. Para soportarlos hacía uso de su increíble poder de concentración, lo que le permitía ignorar el dolor así como había ignorado la fatiga cuando corría. Ante esa situación, el doctor Johnson recomendó inyecciones contra el dolor, pero Baker las rechazó. «Quiero mantenerme trabajando con mis muchachos hasta donde me sea posible», le dijo. «Las inyecciones afectarían mis reacciones».

«Desde aquel momento», contó después el doctor Johnson, «supe que John Baker era una de las personas más generosas que jamás haya conocido».

LAS DUKE CITY DASHERS

A principios de 1970, a Baker le pidieron que ayudara como entrenador en un pequeño club atlético de niñas de una escuela secundaria de Albuquerque. El club se llamaba: Duke City Dashers. Él aceptó el reto y, como los niños de Aspen, las niñas respondieron con entusiasmo al nuevo entrenador.

Un día, Baker llegó a una sesión de práctica llevando una caja de zapatos. Dijo que adentro había dos premios: uno para la niña que aunque nunca ganara una carrera, no se rindiera. Cuando abrió la caja, las muchachitas quedaron boquiabiertas. Adentro había dos copas de oro. A partir de entonces, se esforzaron por hacerse acreedoras a aquellas copas. Meses más tarde, la familia de Baker descubrió que los trofeos eran suyos. Se los había ganado en sus días de corredor y tenían su propio nombre delicadamente grabado.

En el verano, las Duke City Dashers eran un equipo imbatible que rompía récord tras récord a través de todo Nuevo México y los estados vecinos. Orgullosamente, Baker hizo una atrevida predicción: «Las Dashers van a llegar a la final nacional».

Pero había un problema que afectaba seriamente a Baker. Sus frecuentes inyecciones de quimioterapia le provocaban severas náuseas y casi no podía comer. A pesar de la continua disminución de estamina que experimentaba seguía supervisando a las Dashers, muchas veces sentado en un pequeño promontorio que había en el sector donde entrenaban. Y desde allí les gritaba animándolas.

Una tarde de octubre, una de las chicas corrió hacia donde estaba Baker. «Hey, entrenador», le gritó emocionadísima. «¡Su predicción acaba de hacerse realidad! ¡Nos han invitado a la final en San Luis para el mes que viene!»

Alborozado, Baker, confió a sus amigas que tenía una sola esperanza: estar vivo para ver aquella final.

CAMINÓ ENHIESTO

Pero aquel deseo no se le cumplió. El 28 de octubre por la mañana, Baker de pronto se agarró el estómago y cayó al suelo. Los exámenes revelaron que el tumor, distribuido por todo el cuerpo, había hecho crisis, provocando un shock. Baker no quiso que lo hospitalizaran insistiendo en cambio que quería volver a la escuela por última vez. Les dijo a sus padres que quería que sus muchachos lo recordaran caminando enhiesto y no tirado en el suelo.

Apenas sostenido por transfusiones de sangre masivas y sedantes, Baker se dio cuenta de que ir a San Luis sería imposible. De modo que cada tarde telefoneaba a sus muchachas del Duke City Dashers y no dejó de hacerlo hasta que todas estuvieron dispuestas a dar lo mejor en la final.

La tarde del 23 de noviembre, Baker colapsó de nuevo. Apenas consciente mientras lo trasladaban a una ambulancia, susurró a sus padres: «Asegúrense que las luces estén parpadeando. Quiero salir del barrio con dignidad». El 26 de noviembre, poco después del amanecer, en su lecho del hospital se volvió hacia su madre que le tenía tomadas las manos, y le dijo: «Siento mucho que les haya causado tantos problemas». Y con un suspiro, cerró los ojos para siempre. Era el Día de Acción de Gracias de 1970, dieciocho meses después de la primera visita de John Baker al doctor Johnson. Había derrotado los pronósticos según los cuales no viviría más de seis meses.

Dos días después, con lágrimas corriendo por sus mejillas, las chicas de Duke City Dashers triunfaron en la final de San Luis. La victoria se la dedicaron al «Entrenador Baker».

Ese bien pudo haber sido el final de la historia de John Baker excepto por lo que ocurrió después de su funeral. Unos pocos niños de Aspen comenzaron a llamar a su escuela «Escuela John Baker». El cambio de nombre corrió como un reguero de pólvora. Luego, un movimiento empezó a trabajar para hacer oficial el nuevo nombre. «Es nuestra escuela»,

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    A collection of Reader's Digest stories that will inspire, encourage, and motivate you in life and work. Additional commentary by Stephen Covey.