Disfruta de este título ahora mismo, y de millones más, con una prueba gratuita

A solo $9.99/mes después de la prueba. Puedes cancelar cuando quieras.

El Regreso de los Muertos Vivientes

El Regreso de los Muertos Vivientes

Leer la vista previa

El Regreso de los Muertos Vivientes

valoraciones:
4/5 (54 valoraciones)
Longitud:
566 páginas
7 horas
Editorial:
Publicado:
Jul 10, 2012
ISBN:
9780062226792
Formato:
Libro

Descripción

La vida no es fácil para Raquel Morgan, una bruja caza-recompensas sexi e independiente. Pasa sus noches recorriendo las oscuras calles de Cincinnati en busca de las criaturas criminales del lugar. Es capaz de enfrentarse a los vampiros y hasta está dispuesta a luchar contra uno que otro demonio. Pero cuando se encuentra cara a cara con un asesino en serie que se alimenta de expertos y utiliza la magia negra más peligrosa de todas . . . se ve francamente en apuros. Raquel se enfrenta a un mal antiguo e implacable, y aquello es más que un simple juego de niños. . . tendrá suerte si logra escapar con su alma intacta.
Editorial:
Publicado:
Jul 10, 2012
ISBN:
9780062226792
Formato:
Libro

Sobre el autor

The only girl in a large family of boys, former tomboy Kim Harrison invented the first Brigadier General Barbie in self-defence. She shoots a very bad game of pool and rolls a very good game of dice. When not at her keyboard, she enjoys lounging on the couch with a bowl of popcorn watching action movies with The-Guy-In-The-Leather-Jacket. She plays her Ashiko drum when no one is listening, and is hard to find when the moon is new.


Relacionado con El Regreso de los Muertos Vivientes

Libros relacionados

Vista previa del libro

El Regreso de los Muertos Vivientes - Kim Harrison

Uno

Subí un poco más la correa de lienzo sobre mi hombro para acomodar la regadera y me estiré para alcanzar la planta que colgaba. El sol entraba a chorros y me calentaba a través de mi overol azul de jardinera. Al otro lado del vidrio de las ventanas había un patio pequeño rodeado de oficinas de funcionarios importantes. Con los párpados entreabiertos por el sol, apreté la manija de la manguera y sentí que pasaba el agua.

Sonaba el tableteo de los teclados de las computadoras, al tiempo que yo me movía de planta en planta. Las conversaciones telefónicas se filtraban desde las oficinas hasta el mostrador de la recepción, y también unas carcajadas que más parecían ladridos de perro: eran hombres lobos. Cuanto mayor era su jerarquía en la manada, más humanos parecían. Pero la risa siempre los delataba.

Seguí con la mirada la hilera de plantas colgantes frente a las ventanas, hasta que mis ojos se detuvieron en el acuario de peces detrás del escritorio de la recepcionista. Ahí está. Aletas de color marrón claro. Una mancha negra del lado derecho. Era él. El Sr. Ray criaba pececillos koi para la exposición anual de peces de Cincinnati. El ganador del año anterior siempre estaba expuesto en la parte exterior de su oficina; pero esta vez había dos peces, y los Howler habían perdido a su mascota. El Sr. Ray pertenecía a los muchachos Den, rivales del equipo de béisbol de Entremundos. No había que pensarlo demasiado para saber quienes se habían robado al pez.

Entonces . . . dijo una mujer sonriendo detrás del escritorio mientras metía una resma de papel en el cargador de la impresora. ¿Mark está de vacaciones? No me lo había dicho.

Asentí con la cabeza mientras me movía otro metro arrastrando mi equipo de riego sin mirar a la secretaria que vestía un elegante traje sastre color marrón. Mark estaba de vacaciones profundamente dormido en un agujero de un edificio, gracias a una poción de sueño temporal. Si, señora, repuse subiendo la voz y agregándole cierta confianza. Él me dijo qué plantas tenía que regar. Entonces escondí mis uñas pintadas de rojo debajo de las palmas de las manos antes de que las viera. No iban bien con la imagen de mujer jardinera trabajadora, aun cuando eso debí pensarlo antes. Todas las plantas de este piso. Luego las del vivero del techo.

Ella sonrió dejando ver los dientes. Era una mujer lobo de alta jerarquía en la manada de la oficina. Lo supe por el esmalte. Además, el Sr. Ray no tendría a un perro de secretaria cuando podía pagar el salario de una loba. Despedía un ligero olor de almizcle que no era del todo desagradable. ¿Le habló Mark del ascensor de servicio en la parte de atrás del edificio? preguntó de forma servicial. Es mucho más cómodo que tirar esa carretilla por las escaleras.

No, señora, respondí, ajustándome mejor la fea gorra con el logotipo de jardinería. Tal vez quiere complicarme las cosas para que no le invada su territorio. Sentí que mi pulso se aceleraba y decidí empujar la carretilla de Mark más lejos con sus podadoras, su fertilizante y su sistema de riego. Yo sí conocía la existencia del ascensor, de las seis salidas de emergencia, de los pulsadores de alarma y del lugar donde guardaban las rosquillas.

Hombres, dijo ella girando los ojos antes de sentarse de nuevo frente a su pantalla. ¿Acaso no se dan cuenta de que nosotras podríamos regir el mundo si quisiéramos?

Aprobé evasivamente y rocié la siguiente planta con un poco de agua. Yo creía que lo regíamos ya.

De pronto escuché un zumbido sobre el ruido de la impresora y el suave parloteo de la oficina. Era Jenks, mi socio, que venía desde la oficina del jefe volando hacia mí de mal humor. Sus alas de libélula estaban rojas de agitación y dejaban caer polvillo de duende como rayos de sol. Ya terminé con las plantas de allá adentro, dijo hablando fuerte mientras aterrizaba sobre la maceta colgante que estaba frente a mí. Se paró con las manos en la cintura, como un Peter Pan medieval, pero vestido con un overol azul, como un basurero. Su esposa le había tejido una gorra que hacía juego con ese color. Sólo necesitan agua. ¿Necesitas ayuda aquí afuera o puedo irme a dormir en la camioneta? agregó mordazmente.

Me quité el tanque de la regadera y lo bajé para destornillar la tapa. Necesito una bolita de fertilizante, le dije. Quería averiguar qué era lo que le molestaba.

Jenks voló hacia la camioneta refunfuñando y comenzó a esculcar. Por todos lados volaron estacas, tiras de pH y cintas verdes. Lo encontré, dijo, y me trajo una bolita blanca tan grande como su propia cabeza. La dejó caer adentro del tanque y de inmediato se escucharon las burbujas. No era una bolita de fertilizante sino un oxigenador y potenciador para producir limo. Vaya con Jenks.

Oh no, Raquel, susurró aterrizando en mi hombro. Es poliéster. ¡Estoy vestido con poliéster!

Me tranquilicé al ver qué era lo que le producía ese mal humor. Vas a estar bien.

¡Voy a quitarme esta cosa! repuso, rascándose agitadamente debajo del cuello. No puedo vestirme con poliéster. Los duendes somos alérgicos. Mira. ¿Lo ves? Inclinó la cabeza para que su rubia cabellera descubriera el cuello; pero estaba muy cerca y no pude verlo bien. Verdugones . . . ¡y apestan! Puedo oler el petróleo. Estoy vestido de dinosaurio muerto. No puedo vestirme de animales muertos. Es terrible, Raquel.

¿Jenks? le dije, mientras enroscaba de nuevo la tapa de la regadera y la colgaba a mis espaldas, dándole un empujoncito de paso. Yo también llevo puesto lo mismo. Ya cállate.

¡Pues apesta!

Lo vi frente a mí suspendido en el aire. ¿Por qué no encuentras algo que podar? le dije apretando los dientes.

Me despidió con un gesto de la mano y se alejó volando hacia atrás. En fin. Toqué el bolsillo trasero de mi espantoso overol azul para tomar las podadoras. Mientras que la señorita secretaria escribía diligentemente una carta, yo coloqué un taburete y me subí para podar las hojas de la planta que colgaba junto a su escritorio. Jenks me ayudaba y pasados algunos minutos respiré. ¿Todo listo allá adentro?

Me dijo que sí con la cabeza y con los ojos fijos en la puerta de la oficina del Sr. Ray. La próxima vez que revise su correo electrónico, todo el sistema de seguridad de Internet se va a caer. Si ella tiene nociones del problema, lo arreglará en cinco minutos. Si no, le tomará horas.

Sólo necesito cinco minutos, respondí. El sol que entraba por la ventana me hacía sudar. Adentro olía a jardín . . . un jardín con un perro mojado que jadeaba ahí tirado encima de las frías baldosas.

Mi pulso se aceleró y me moví hasta la planta siguiente. Ya estaba detrás del escritorio y la mujer estaba nerviosa. Invadí su territorio, pero tendría que aguantarme. Yo era la chica del agua. Tuve la esperanza de que ella relacionara mis nervios con el hecho de que estábamos tan cerca, y seguí trabajando. Tenía una mano en la tapa del tanque de la regadera. Con un solo giro quedaría abierta. Otro giro más y quedaría cerrada.

¡Vanessa! se escuchó un grito airado desde la oficina de atrás.

Aquí vamos, dijo Jenks volando hasta las cámaras de seguridad del techo.

Me di la vuelta y vi a un hombre furioso que asomaba medio cuerpo, un lobo según deduje por su estatura y complexión pequeñas. Lo hizo de nuevo, dijo. Su cara estaba roja y se aferraba con fuerza al marco de la puerta. Odio a estos aparatos. ¿Qué tiene de malo el papel? Me gusta el papel.

La secretaria puso una sonrisa profesional. Sr. Ray, no me diga que volvió a gritarle. Ya se lo dije. Las computadoras son como las mujeres. Si se les grita o se les piden demasiadas cosas al mismo tiempo, se bloquean y no obtendrá nada.

El hombre masculló alguna respuesta y desapareció otra vez en su oficina sin caer en la cuenta de que ella lo había amenazado. Mi corazón dio un brinco mientras que colocaba el taburete junto al tanque de la regadera.

Vanessa suspiró. Que Dios lo ayude, murmuró al tiempo que se ponía de pie. Ese hombre es capaz de fracturarse las bolas con la lengua, dijo con una mirada desesperada. Entonces entró en la oficina marcando el paso con sus tacones. No toque nada. Ya regreso, me dijo en voz alta.

Respiré hondo. ¿Las cámaras?

Jenks se posó sobre mí. Diez minutos. Campo despejado.

Entonces voló hasta la puerta principal y se acomodó en el marco, arriba, para vigilar el corredor de afuera. Sus alas se movieron veloces y me hizo una señal de aprobación con sus diminutos pulgares.

Me sentí tensa. Levanté la tapa del acuario y saqué la red verde que llevaba en el bolsillo de adentro del overol. Me paré en el taburete, enrollé la manga hasta el codo y metí la red en el agua. Los dos pececillos nadaron como relámpagos para esconderse atrás.

Raquel, susurró Jenks de repente. Todo va bien. Ella apenas está llegando allá.

Vigila las puertas Jenks, le dije mordiéndome los labios con los dientes. ¿Cuánto tiempo toma atrapar a un pez? Empujé una piedrita para atrapar al que estaba escondido detrás, pero ahora nadaron hacia el frente.

De pronto sonó el teléfono. Jenks . . . contesta, le dije tranquilamente mientras colocaba la red en ángulo para acorralarlos contra una esquina. Te tengo. . . .

Jenks voló desde la puerta y cayó encima del botón rojo. Oficina del Sr. Ray . .. espere por favor, dijo con voz de falsete.

Maldición, dije, al ver que uno de los peces se me escapaba aleteando por el borde de la red. Vamos . . . tan solo quiero llevarte a casa . . . cosa resbalosa, amenacé apretando los dientes. Casi . . . casi. Lo tenía entre la red y el vidrio. Si tan sólo se quedara quieto. . . .

¡Oiga! dijo una voz gruesa que provenía del pasillo.

La adrenalina me hizo levantar la cabeza. Un hombre pequeño, con una barbita bien cortada y con una carpeta llena de papeles debajo del brazo, estaba ahí parado en el pasillo que conducía a las otras oficinas. ¿Qué hace? me preguntó agresivo.

Miré el tanque con mi brazo sumergido y la red vacía. El pez se había escapado. Eh . . . dejé caer mis tijeras, repuse.

Un taconeo de zapatos y la voz de Vanessa llegaron de la oficina. ¡Sr. Ray!

Diablos. Hasta aquí llegó la forma sencilla de hacer esto. Jenks, plan B, le dije gruñendo mientras tomaba el borde de arriba del acuario y tiraba de él.

Vanessa gritó en el otro cuarto cuando veinticinco galones de agua sucia de peces cayeron como una cascada sobre su escritorio. El Sr. Ray estaba a su lado. Yo salté del taburete empapada de la cintura hasta los pies. Nadie se movió. Estaban paralizados mientras yo examinaba el piso. ¡Te tengo! grité, asegurándome que tenía el que necesitaba.

¡Quiere llevarse el pez! gritó el hombrecito y el pasillo empezó a llenarse de gente. ¡Atrápenla!

¡Corre! gritó Jenks. Yo me encargo de quitártelos de encima.

Jadeando, caminé encorvada en zigzag tratando de sostenerlo sin lastimarlo. Se contorneaba y retorcía hasta que al fin logré asegurarlo entre mis dedos. Luego lo metí en la regadera, cerré bien la tapa y levanté la cabeza.

Jenks parecía una luciérnaga infernal volando de un lobo al otro, esgrimiendo lápices y lanzándolos en lugares sensibles: un duende de 10 centímetros conteniendo a tres hombres lobo. No me sorprendí. El Sr. Ray miraba ensimismado hasta caer en la cuenta de que yo tenía uno de sus peces. ¿Qué demonios hace usted con mi pez? preguntó rojo de ira.

Me lo llevo, repuse. Entonces se abalanzó contra mí con sus manos gruesas. Yo, encantada, lo agarré del brazo tirándolo hacia adelante contra mi pie. Luego retrocedió tomándose el estómago con los brazos.

¡Deja ya de jugar con esos perros! le grité a Jenks mientras buscaba alguna manera de escapar. Tenemos que irnos.

Entonces tomé el monitor de la computadora de Vanessa y lo lancé contra el vidrio. Hace tiempo que quería hacer lo mismo con el de Ivy. Quedó hecho trizas y la pantalla se veía extraña sobre el césped. Llovieron lobos furiosos a la sala que dejaban escapar su olor a almizcle. Agarré el tanque y me lancé por la ventana. ¡Tras ella! gritó alguien.

Caí de hombros sobre el césped bien cortado, y luego de rodar me puse de pie.

¡Arriba! dijo Jenks. ¡Hacia allá!

Cruzó el pequeño patio encerrado y yo lo seguí cargando la pesada regadera a mis espaldas. Con las manos libres pude trepar por el enrejado. Las espinas me rasgaron la piel pero no le presté atención.

Apenas llegué arriba jadeando respiré de nuevo, pero el sonido de ramas rotas me dijo que venían siguiéndome. Subí al techo de asfalto y grava y corrí. El aire estaba caliente y la silueta de los edificios de Cincinnati apareció ante mí.

¡Salta! me dijo Jenks tan pronto llegué al borde.

Confiaba en él. Salté corriendo del techo agitando las manos. Sentí una explosión de adrenalina y un vacío en el estómago: ¡un estacionamiento! ¡Me hizo saltar del techo para aterrizar en un estacionamiento!

¡Yo no tengo alas Jenks! grité. Apreté los dientes y doblé las rodillas.

El dolor me invadió apenas golpeé el pavimento. Caí hacia adelante raspándome las palmas de las manos y el tanque con el pececillo sonó y cayó al romperse la correa. Yo rodé para disminuir el impacto.

El tanque de metal también salió rodando y salí corriendo tras él a pesar del dolor. Mis dedos casi lo alcanzaron, pero quedó debajo de un auto. Maldije mi suerte y me tiré de estómago sobre el piso, estirándome para alcanzarlo.

¡Ahí está! gritaron.

Sentí un ruido metálico en el auto junto a mí, y luego otro más. El pavimento a mi lado de repente tenía un agujero y sentí que llovían pedacitos de metralla. ¿Me estaban disparando?

Gruñendo, me escurrí debajo del auto y tiré del tanque. Luego lo tomé entre los brazos y retrocedí. ¡Escuchen!, les grité quitándome el pelo de la cara. ¿Qué demonios están haciendo? ¡Es tan solo un pez . . . y ni siquiera es suyo!

Los tres lobos parados en el techo me miraban. Uno se rascó la cara con el revólver.

Yo di media vuelta y comencé a correr. Esto ya no valía la pena por quinientos dólares. Cinco mil, tal vez. La próxima vez voy a averiguar los pormenores antes de cobrar la tarifa básica, pensé mientras corría detrás de Jenks.

¡Por aquí! chilló Jenks. Trocitos de pavimento saltaban golpeándome al tiempo que sonaban los disparos. El estacionamiento no tenía rejas y con las piernas temblando por la adrenalina, salí veloz a meterme entre los peatones. El corazón me latía fuerte y me detuve un instante para verlos ahí junto a la silueta de los edificios. No habían saltado. No necesitaban hacerlo. Dejé sangre por todo el enrejado, pero no pensé que fueran a seguirme la pista. No era su pez. Era el de los Howler. Además, el equipo de béisbol de Entremundos pagaría mi arriendo del mes.

Jadeaba mientras trataba de igualar mi paso con el de la gente que me rodeaba. Hacía calor y sudaba bajo mi overol de poliéster. Seguramente Jenks me cubría la espalda, así es que me metí en un callejón para cambiarme. Dejé el tanque en el piso y recosté la cabeza contra la fresca pared de un edificio. Lo había logrado. Ya podía pagar otro mes de arriendo.

Me levanté para quitarme el amuleto de disfraz que llevaba alrededor del cuello. De inmediato me sentí mejor, pues la apariencia de mujer oscura de pelo marrón y nariz grande desapareció, revelando mi ondulado pelo rojo hasta los hombros y mi piel pálida. Miré mis palmas de las manos raspadas y las froté con cuidado. Podría haber comprado un amuleto para el dolor, pero no quería portar muchos por si acaso me atrapaban y la intención de robar, se cambiaba por intención de lastimar físicamente. De la primera podía escabullirme, pero de la segunda tendría que defenderme. Yo era agente y conocía la ley.

Vi pasar a la gente al fondo del callejón. Me quité la ropa húmeda y la tiré en el basurero. Me sentía mucho mejor. Me agaché para enderezar el dobladillo de mis pantalones de cuero sobre mis botas negras. Me estiré y retorcí para ver la nueva raspadura en mis pantalones y los otros daños. El acondicionador de cuero de Ivy ayudaba, aun cuando pavimento y cuero no iban bien. Pero era mejor que se rasparan los pantalones y no yo. Por eso los usaba.

El aire de septiembre se sentía bien a la sombra. Me acomodé la blusa, alcé el tanque y caminé bajo el sol sintiéndome de nuevo como mí misma. Le puse mi gorra a un chico en la cabeza que se quedó mirándola, sonrió, y me hizo un tímido saludo mientras que su mamá se agachaba para preguntarle dónde la había encontrado. Estaba en paz con el mundo y comencé a caminar por el andén. Mis tacones sonaban y me solté el pelo. Iba en dirección de Fountain Square para tomar el autobús. Había olvidado ahí mis lentes oscuros esa mañana y con algo de suerte los encontraría. Ay Dios, cómo disfrutaba de la independencia.

Habían transcurrido casi tres meses desde que perdí la paciencia por los casos de pacotilla que me confiaba mi antiguo jefe de Seguridad Entremundos. Me sentía utilizada y subvalorada, así que decidí romper el acuerdo verbal y dejar la S.E. para comenzar mi propia agencia. En ese momento me pareció que era una buena idea hacerlo. Luego, sobreviví a la amenaza de muerte cuando no pude pagar el soborno por incumplir mi contrato con la S.E., pero eso me abrió los ojos. Jamás lo habría logrado sin la ayuda de Ivy y Jenks.

Curiosamente, ahora que empezaban a conocerme, las cosas se ponían más difíciles en lugar de ser más fáciles. Claro que ahora le estaba dando buen uso a mi título profesional fabricando los hechizos que antes compraba, algunos de los cuales nunca había podido costear. Pero el dinero era un problema real. No es que no pudiera conseguir trabajos: es que el dinero no duraba mucho en el jarrón de galletas encima de la nevera.

Lo que me gané probando que una pandilla trataba de inculpar a un zorro de la pandilla rival, se fue en pagar la renovación de mi licencia de bruja. Antes la pagaba la S.E. Luego encontré al familiar perdido de un aprendiz de brujo; pero el dinero lo usé para pagar mi seguro de salud. Yo no sabía que a los agentes libres no nos cubría el seguro. La S.E. me daba un carné y yo simplemente lo usaba. Después le tuve que pagar a un tipo para que neutralizara los hechizos mortales que le lanzaron a todas mi pertenencias y que aún estaban metidas en un depósito; comprarle a Ivy una nueva bata de seda porque estropeé la suya; y de paso, comprarme algo de ropa, pues tenía que mantener mi buena apariencia.

Pero el verdadero desagüe de mis finanzas eran los taxis. Casi todos los conductores de autobuses de Cincinnati me reconocían al verme y no me recogían. Por eso, Ivy tenía que recogerme para llevarme a casa. Era injusto. Ya había pasado casi un año desde que accidentalmente les hice caer el cabello a todos los pasajeros de un autobús cuando trataba de atrapar a un lobo.

Estaba aburrida sin dinero. Por lo menos ahora tenía algo por recuperar la mascota de los Howler. Era lo de un mes. Además, los lobos no me perseguirían, pues el pez no era suyo. Si querían hacer un reclamo en la S.E., tendrían que explicar dónde lo obtuvieron.

Oye, Raque, dijo Jenks descendiendo desde quién sabe donde. Tu espalda está fuera de peligro. ¿Cuál es el plan B?

Alcé las cejas y lo miré con sorna mientras volaba a mi lado, justo a mi paso. Tomar al pez y correr como el demonio.

Jenks rió y aterrizó en mi hombro. Había tirado su diminuto uniforme y ahora se veía normal con su camisa verde de seda de manga larga y pantalón. Llevaba una pañoleta roja amarrada a la cabeza como señal para otros duendes y hadas de que no estábamos invadiendo sus territorios. Sus alas lanzaban destellos donde aún quedaba el polvillo de duende que lanzó durante la confusión de mi escapada.

Disminuí el ritmo a medida que nos aproximábamos a Fountain Square. Busqué a Ivy pero no la encontré. Ya más tranquila, me senté del lado seco de la fuente mientras jugaba con mis lentes de sol en la mano. Ya vendría. Esa mujer vivía pendiente de los horarios.

Mientras Jenks pasaba debajo del rocío para quitarse el hedor a dinosaurio muerto, yo abrí los lentes y me los puse. Mis ojos descansaron apenas se oscureció el brillo de esa tarde de septiembre. Estiré mis largas piernas y me quité el amuleto de olor que llevaba alrededor del cuello para lanzarlo al agua. Los lobos siguen pistas por el olor, y si se decidían a perseguirme, la pista terminaría en este lugar tan pronto me subiera al auto de Ivy y nos largáramos.

Con la esperanza de que nadie hubiera caído en la cuenta, eché un vistazo por encima de la gente a mi alrededor: vi a un vampiro lacayo, anémico y nervioso, realizando el trabajo diurno de su amante; a dos humanos que susurraban y se reían al verle las heridas del cuello; a un brujo cansado . . . no . . . un aprendiz de brujo, pues no olía a secoya, sentado en una banca vecina comiendo panecillos; y yo. Respiré lento para recuperarme. Tener que esperar a que alguien te recoja es una tragedia.

Me gustaría tener un auto, le dije a Jenks mientras ponía entre mis piernas el tanque con los peces. Diez metros más allá se veía el movimiento del tráfico. Había más autos, de modo que pensé que serían pasadas las dos de la tarde. Era el momento en que empezaban a coexistir humanos y Entremundos en este pequeño y reducido espacio. Pero las cosas se hacían más fáciles cuando bajaba el sol y casi todos los humanos se retiraban a sus hogares.

¿Y para qué quieres un auto? preguntó Jenks parado sobre mis rodillas al tiempo que sacudía sus alas de libélula con grandes brazadas. Yo no tengo auto. Nunca he tenido uno y me movilizo bien. Los autos son un problema, dijo. Yo ya no lo escuchaba. Tienes que ponerles gasolina, mantenerlos y perder el tiempo lavándolos. Además, necesitas un lugar para guardarlos. ¿Y el dinero que gastas en ellos? ¡Son peor que tener novia!

No me importa, repuse moviendo repetidamente mis pies para irritarlo. Me gustaría tener un auto. Seguí mirando a la gente. James Bond nunca tiene que esperar el autobús. He visto todas sus películas y jamás tiene que esperar por el autobús. Lo miré con los ojos entreabiertos. Le haría perder . . . clase.

Eh . . . sí, repuso con la atención fija en lo que sucedía a mis espaldas. Y, además, resulta más seguro. ¡Lobos, a las once!

Comencé a respirar más rápido a medida que giraba para verlos. De nuevo sentí la tensión. ¡Mierda! susurré, alzando el tanque. Eran esos tres de nuevo. Lo supe por su estatura y la manera como respiraban profundamente. Apreté los dientes y me puse de pie. ¿Dónde estaba Ivy?

Raque? preguntó Jenks. ¿Por qué te persiguen?

No lo sé. Pensé en mi sangre que quedó en aquellas rosas. Si no rompía la pista de olor me seguirían hasta la casa. Pero . . . ¿por qué? Tenía la boca seca y me senté dándoles la espalda segura de que Jenks los vigilaba. ¿Ya me vieron? le pregunté.

Jenks salió volando y regresó un segundo más tarde. No. Tienes una ventaja de media cuadra, pero es mejor que te muevas.

Me moví un poco y evalué el riesgo de quedarme quieta esperando a Ivy, o moverme y que me vieran. ¡Maldición! Ojalá tuviera un auto, murmuré. Me incliné hacia la calle para intentar ver el techo azul de algún autobús, un taxi, cualquier cosa. ¿Dónde demonios estaba Ivy?

El corazón me latía rápidamente pero me puse de pie. Agarré bien al pez comencé a caminar hacia la calle con la idea de meterme al edificio de oficinas que estaba al lado y perderme en medio de la muchedumbre mientras esperaba a Ivy. Pero de repente, se detuvo un gran auto negro frente a mí cortándome el paso.

Miré al conductor. Mi rostro se puso lívido al ver que bajaba la ventanilla y se inclinaba en el asiento. ¿Srta. Morgan? preguntó un hombre moreno con voz profunda y agresiva.

Vi que los lobos venían por mí, luego miré el auto y después al hombre. Un Crown Victoria negro conducido por un hombre vestido de negro sólo podía indicar una cosa: él era de la Agencia Federal de Entremundos, la equivalente humana de la S.E. ¿Qué quería la AFE? Sí. ¿Y usted quién es?

Eso no le gustó. Hablé con la Srta. Tamwood hace un rato. Me dijo que podía encontrarla aquí.

Ivy. Descansé una mano en la ventanilla abierta. ¿Ivy está bien?

Apretó los labios. El tráfico empezaba a acumularse atrás. Estaba bien cuando hablé con ella por teléfono.

Jenks voló frente a mí con expresión nerviosa. Te están rodeando Raque.

Respiré nerviosa y miré a mis espaldas. Fijé los ojos en uno de los lobos que aulló tan pronto me vio. Los otros dos comenzaron a acercarse sin prisa. Tragué saliva. Era comida para perros. Eso era todo. Comida para perros. Se acabó el juego.

Di media vuelta, tomé la manija y abrí la puerta para lanzarme dentro del auto. Luego la cerré de un golpe. ¡Arranque! grité, mientras miraba por la ventana trasera.

El hombre puso cara de molestia. Vio a los lobos y preguntó: ¿Vienen con usted?

¡No! ¿Y esta cosa se mueve o uno se queda aquí sentado y se pone a jugar?

Irritado, aceleró suavemente. Yo giré en el asiento para ver cómo los lobos se detuvieron en medio de la calle. Las bocinas sonaron y los autos se vieron forzados a parar. Luego me volteé de nuevo aferrando el tanque que contenía al pez y cerré los ojos aliviada. Ivy me las pagaría por esto. Juré usar sus preciosos mapas para recoger la maleza del jardín. Tenía que ir a buscarme, no enviarme a un esbirro de la AFE.

Ya un poco más calmada, giré para observarlo. Me llevaba al menos una cabeza de estatura, y eso ya era bastante. Tenía anchos los hombros, el pelo negro y crespo cortado a ras, la mandíbula cuadrada y una actitud pretenciosa que me pedía a gritos que le diera un buen bofetón. Era bien formado de músculos, sin exceso, y no mostraba señales de tener panza. Parecía el perfecto modelo para un cartel de la AFE con su traje negro, su camisa blanca y su corbata también negra. Llevaba bigote y barba rasurados a la última moda: tan cortos que casi no tenía. Por eso pensé que debería usar menos loción para después de afeitarse. Portaba al cinto un par de esposas en un estuche y deseé volver a tener las mías. Eran de la S.E. y las echaba de menos.

Jenks se acomodó en el sitio de siempre, encima del retrovisor donde el viento no le rasgara las alas. El tipo lo miró con malos ojos, lo que me permitió entender que había tratado muy poco con duendes. ¡Que suerte!

De repente entró una llamada por la radio. Era acerca de un ladrón en el centro comercial, pero la apagó. Gracias por llevarme, le dije. "¿Ivy lo mandó?

Despegó la mirada de Jenks. No. Ella dijo que usted estaría allí. El capitán Edden quiere hablar con usted. Tiene algo que ver con el concejal Trent Kalamack, agregó con indiferencia el oficial de la AFE.

¡Kalamack! grité, pero de inmediato maldije el haberlo mencionado. Ese millonario bastardo quería que yo trabajara para él, o de lo contrario prefería verme muerta. Su actitud dependía de su buen humor y de cómo iban sus inversiones. Así que Kalamack . . . ¿eh? dije tratando de quitarle importancia, pero moviéndome intranquila en el asiento de cuero. ¿Y por qué lo mandó Edden a buscarme? ¿Acaso está usted en su lista negra de la semana?

No dijo nada. Sus manos se aferraban al timón con tanta fuerza que sus uñas se tornaron blancas. El silencio se hizo aún mayor y luego pasamos por un semáforo en amarillo que cambiaba a rojo. En resumen . . . ¿quién es usted?

El tipo hizo un ruido de burla con la garganta. Yo estaba acostumbrada a la desconfianza de los humanos, pero este tipo no me tenía miedo y eso comenzaba a ponerme nerviosa. Detective Glenn, señora, repuso.

Señora . . . rió Jenks. Te llamó señora.

Miré a Jenks con sorna. Se veía muy joven para ser detective. Tal vez la AFE estaba al borde de la desesperación. Pues, muchas gracias Detective Glade, dije equivocando su nombre. Puede dejarme en cualquier lugar. Puedo tomar el autobús desde aquí. Iré a ver al Capitán Edden mañana. Ahora estoy trabajando en un caso importante.

Jenks soltó una risilla y el hombre se puso rojo, pero no se le notaba por su piel oscura. "Mi nombre es Glenn, señora; además, ya sé cuál es su caso. ¿Quiere que la lleve de nuevo a la fuente?"

No, repuse enderezándome en el asiento mientras en mi mente revoloteaban las imágenes de aquellos jóvenes lobos rabiosos. Le agradeceré que me lleve a mi oficina. Queda en Los Hollows. Gire por la próxima a la izquierda.

Yo no soy su chofer, repuso a secas visiblemente molesto. La llevaré adonde me pidieron.

Moví el brazo hacia adentro a medida que mi ventanilla se cerraba operada desde el tablero de control. De inmediato el aire se tornó denso. Jenks voló hasta el techo, sintiéndose atrapado. ¿Qué demonios está haciendo? reclamó.

Sí, lo secundé más airada que preocupada. ¿Qué hay?

El Capitán Edden quiere verla ahora, Srta. Morgan, no mañana. Su mirada voló de la calle hacia mí. Su mandíbula estaba tensa y no me gustaba su sonrisa maliciosa. Y si trata de usar un hechizo, sacaré su trasero de bruja de mi auto, le pondré las esposas y la meteré en la cajuela. El Capitán Edden me mandó a traerla, pero no me dijo en qué estado tenía que llevarla.

Jenks aterrizó en mi arete dejando una estela de centellas azules. Una y otra vez oprimí el botón de la ventana, pero Glenn la había bloqueado; así que me recosté y exhalé profundamente. Podía clavarle los dedos en los ojos y hacerlo salirse de la calle; pero . . . ¿para qué? Sabía hacia dónde nos dirigíamos y luego Edden me llevaría a casa. Claro que me molestaba toparme con un humano que tenía más agallas que yo. ¿Qué le estaba sucediendo a esta ciudad?

Hubo un silencio sombrío. Me quité los lentes y me acerqué para ver que el hombre conducía por encima del límite de velocidad.

Observa esto, susurró Jenks. Alcé las cejas cuando el duende salió volando desde mi arete. De pronto, el sol de otoño que entraba en el auto se llenó de destellos a medida que dejaba caer furtivamente polvo de duende sobre el detective. Apostaría mi mejor ropa interior de encaje a que ese polvillo de duende no era el de siempre. Glenn, estaba hechizado.

Yo escondí la risa, pues sabía que dentro de veinte minutos Glenn tendría tanta rasquiña que no podría quedarse quieto. Y . . . dígame . . . ¿no me tiene miedo? le pregunté descaradamente sintiéndome muy bien.

Cuando era chico, mis vecinos eran una familia de brujos, comentó con cautela. Tenían una niña de mi edad que me golpeaba con todo lo imaginable. Ahora sonreía tanto que no parecía detective de la AFE. Pero el día más triste de mi vida fue el día en que se mudaron.

Pobre nene, le dije haciendo cara de falsa compasión. Estaba molesta de verdad. Edden lo había mandado a recogerme porque sabía que no podría armarle una pataleta a Glenn.

¡Malditos lunes!

Dos

El sol del atardecer resplandecía sobre el edificio de piedra gris de la AFE. Estacionamos al frente en uno de los espacios reservados y en la calle se veía mucho movimiento. Muy serio, Glenn me acompañó con el pez hasta la puerta principal. Tenía unas pequeñas ampollas en la nuca, cerca del cuello de la camisa, que se veían rojas e irritadas sobre su piel oscura.

Jenks se dio cuenta que las estaba mirando y comenzó a refunfuñar. Parece que el señor detective es sensible al polvillo de duende, susurró. Cuando llegue al sistema linfático se rascará en partes que nunca imaginó tener.

¿Verdad? le pregunté consternada. Por lo general, el polvillo picaba donde hacía el contacto; pero Glenn tendría que aguantar veinticuatro horas de tortura pura.

Así es. No volverá a atrapar duendes en su auto.

Me pareció percibir algo de remordimiento en su voz; pero esta vez no cantaba su canción de victoria. Trastabillé frente al escudo de la AFE tallado en el piso del pasillo. No es que fuera supersticiosa—excepto cuando podía salvarme la vida—pero estaba entrando en territorio de sólo humanos y no me gustaba pertenecer a la minoría.

Las conversaciones esporádicas y el tecleo de las computadoras me hicieron recordar mi antiguo trabajo en la S.E. Me sentí más relajada. La rueda de la justicia seguía girando impulsada por los bandidos en las calles. A mi me daba igual que fueran humanos o Entremundos.

La AFE había sido creada para asumir las funciones de las autoridades locales y federales después del Giro. En teoría, la AFE fue diseñada para proteger a los humanos de la . . . eh

. . . la agresividad de los Entremundos, especialmente de los vampiros y los hombres lobo. Pero la verdad es que acabaron con el antiguo sistema jurídico para mantener a los Entremundos—nosotros—alejados de las instituciones del orden.

Sí. Es obvio. La policía Entremundos y los agentes federales que se quedaron sin trabajo, decidieron organizar su propia agencia: la S.E. Pero transcurridos cuarenta años, la AFE estaba irremediablemente rezagada, teniendo que aceptar los éxitos permanentes de la S.E. en la competencia que ambos sostenían por cuidar de los ciudadanos de Cincinnati. Naturalmente, la S.E. se encargaba de todos los casos sobrenaturales que la AFE no estaba en capacidad de manejar.

Mientras seguí a Glenn hasta la parte de atrás, le di vuelta al tanque para ocultar mi muñeca izquierda. Pocas personas reconocerían la pequeña marca circular como marca demoníaca. Pero prefería ser precavida. Ni la AFE ni la S.E. sabían que había estado involucrada la primavera anterior en un incidente con un demonio en el depósito de libros antiguos de la universidad. Mejor así. Alguien lo mandó a matarme; pero, al final, terminó salvándome la vida. Tendría que portar esta marca hasta que encontrara la manera de pagarle el favor.

Glenn caminó por entre los escritorios del pasillo. Yo estaba admirada de que ninguno de los agentes hiciera comentarios fuera de tono sobre la pelirroja vestida de cuero. Pero comparados con la prostituta gritona de pelo morado y cadena brillante que le colgaba de las narices hasta debajo de la blusa, era como si no existiéramos.

Al pasar junto, le eché un vistazo a las persianas cerradas de la oficina de Edden y saludé a Rosa, su ayudante. Se puso roja y fingió no verme. Yo apenas hice una mueca, pues ya estaba acostumbrada a esos desplantes, aunque todavía me molestaban. La rivalidad entre la S.E. y la AFE llevaba años, pero parecía no importarles que yo ya no trabajara para la S.E. Tal vez a ella no le gustaban las brujas.

Me sentí mejor cuando nos alejamos de la entrada principal y entramos en un corredor desocupado iluminado con luces fluorescentes. Glenn caminó más despacio. Podía sentir la politiquería en las oficinas de atrás como corrientes invisibles. Estaba desanimada pero no me importaba. Pasamos por una sala de reuniones desocupada y alcancé a fijar los ojos en el pizarrón que tenía escritos los crímenes más importantes de la semana. Una lista de nombres sobresalía de los ya comunes ataques de vampiros a humanos; pero íbamos muy rápido para leerlos. Sabía de qué se trataban. Había leído los periódicos como todo el mundo.

¡Morgan! gritó una voz familiar. Di media vuelta y mis botas sonaron sobre las baldosas grises.

Era Edden que caminaba hacia nosotros y agitaba los brazos. De inmediato me sentí mejor.

Que se lo lleven las babosas, murmuró Jenks. Adiós Raque. Yo me largo de aquí. Nos vemos en casa.

Tú te quedas conmigo, le dije, asombrada de su rencor.

Y si le dices una sola de tus palabrotas a Edden, verás lo que hago con tus alas.

Glenn sonrió maliciosamente pero no escuché lo que dijo Jenks.

Edden había estado en la Infantería de Marina y su aspecto lo delataba. Llevaba cabello corto, pantalones caqui prensados al frente y su cuerpo resaltaba debajo de la camisa blanca. Su pelo grueso era negro, pero tenía bigote gris. Su sonrisa de bienvenida ocupaba toda su cara. Se acercó guardando un par de lentes de plástico rojo en el bolsillo de la camisa. El capitán de la AFE de Cincinnati se detuvo de repente al sentir el aroma de café. Era casi de mi estatura—un poco bajo para un hombre—pero lo que no tenía en estatura lo suplía con buena presencia.

Edden alzó las cejas al ver mis pantalones de cuero y mi blusa escotada no muy profesional. Me alegra que esté aquí Morgan, dijo. Espero no haberla interrumpido en un mal momento.

Bajé el tanque y extendí el brazo. Sentí sus dedos gruesos, familiares y amables que me cubrieron la mano. No, no . . . nada de eso, repuse secamente. Edden me pasó el brazo por el hombro y caminamos por un corredor corto.

En otras circunstancias, habría reaccionado ante semejante confianza con un buen golpe de codo en los intestinos. Pero Edden era de la misma familia y odiaba las injusticias tanto como yo. Y, aunque no se parecía, me recordaba a Papá. Se ganó mi respeto por aceptarme como bruja y por tratarme de igual a igual, no con desconfianza. Yo me derretía con los halagos.

Caminamos hombro a hombro por el corredor y Glenn venía un poco más atrás. Me alegra verlo volando de nuevo, Sr. Jenks, dijo Edden, haciéndole una mueca al duende.

Jenks se elevó desde mi arete haciendo ruido con sus alas. Edden le había doblado una cuando lo metió en un botellón de agua, y el resentimiento del duende aún no sanaba del todo. El nombre es Jenks, dijo fríamente. Solo Jenks.

Bien . . . Entonces . . . Jenks. ¿Podemos ofrecerle algo? ¿Azúcar? ¿Agua? ¿Mantequilla de maní? . . . Se dio vuelta sonriendo. ¿Café, Srta. Morgan? preguntó arrastrando las palabras. Se ve cansada."

Su sonrisa hizo que desapareciera mi mal humor. Muy buena idea, repuse. Edden le transmitió la orden a Glenn con sólo mirarlo y el detective apretó los dientes. Ahora tenía más ampollas en el cuello. Edden lo tomó del brazo cuando el hombre, ya frustrado, daba media vuelta. Entonces lo hizo agacharse y le susurró. Ya es tarde para lavarte el polvillo de duende. Ensaya cortisona.

Glenn me miró con cara de pocos amigos y se fue caminando por el mismo camino por el que habíamos llegado.

Le agradezco que haya venido, prosiguió Edden. Recibí una pista esta mañana y usted es la única a la que puedo llamar para sacarle provecho.

Jenks rió. ¿Qué pasa? ¿A lo mejor un hombre lobo con una espinita en el pie?

¡Cállate Jenks!, dije más por costumbre que por otra cosa. Glenn había mencionado a Trent Kalamack y aquello me inquietaba. El capitán de la AFE se detuvo frente a una puerta sin ningún adorno. Medio metro más allá había otra igual. Eran cuartos de interrogatorio. Edden iba a explicármelo, pero se encogió de hombros y abrió la puerta. Era un cuarto desnudo, a media luz. Me pidió que lo siguiera y esperó a que la puerta se cerrara antes de darle vuelta al espejo de doble faz y bajar calladamente las persianas.

Miré hacia el otro cuarto. ¡Sara Jane! susurré. Me quedé fría.

¿La conoce? me preguntó Edden cruzando sus brazos cortos sobre el pecho. Que buena suerte.

No existe tal cosa como la suerte, interrumpió Jenks. La brisa que producían sus alas llegaba hasta mis mejillas. Se sostenía en el aire, frente a mí, con las manos en la cintura, pero sus alas usualmente transparentes se tornaron rosadas. Es una trampa.

Me acerqué al vidrio. Es la secretaria de Trent Kalamack. ¿Por qué está aquí?

Edden estaba parado detrás de mí con las piernas bien abiertas. Anda buscando a su novio.

Me sorprendí de ver la expresión preocupada de su cara redonda. Es un aprendiz de brujo llamado Dan Smather, explicó Edden. Desapareció el domingo, pero la S.E. no entra en acción hasta que pasen treinta días de la desaparición. Ella cree que todo está relacionado con los asesinatos del cazador de brujas. Creo que tiene razón.

Sentí un nudo en el estómago. Cincinnati no era conocida por sus asesinos en serie; pero ya habíamos tenido más asesinatos en las últimas seis semanas que no tenían explicación, que en los tres últimos años juntos. La reciente violencia nos preocupaba a todos, tanto a Entremundos como a humanos. El vidrio empezó a empañarse con mi respiración y entonces retrocedí. ¿Concuerda con el perfil? pregunté, aun cuando yo ya sabía que la S.E. no lo dejaría de lado si así fuera.

Si estuviera muerto, sí. Por ahora sólo está desaparecido.

Jenks rompió el silencio con el sonido seco de sus alas. ¿Y para qué mete a Raque en este asunto?

Por dos razones. La primera es que la Srta. Gradenko es bruja, dijo con un poco de frustración y haciendo una mueca para señalar a la hermosa mujer del otro lado del vidrio. Mis agentes no saben cómo interrogarla.

Miré a Sara Jane que observaba su reloj y se secaba los ojos. No tiene idea de cómo preparar un hechizo, le dije en voz baja. Sólo puede invocarlos. Técnicamente, es una aprendiz. Ojalá ustedes entendieran de una vez por todas que el nivel de destreza es lo que diferencia a una bruja de un aprendiz.

Como quiera . . . el caso es que mi gente no sabe cómo interpretar sus respuestas.

Estaba molesto. Me di vuelta para mirarlo y apreté los labios.

No puedes saber si te está mintiendo.

El capitán encogió los hombros y Jenks voló en medio de ambos con sus brazos en la cadera como si fuera Peter Pan. Está bien. Usted quiere que Raquel la interrogue. ¿Y la segunda razón?

Edden se recostó en la pared. Necesito que alguien regrese a la universidad; y puesto que no tengo brujas en mi nómina, la única persona es usted, Raquel.

Me quedé mirándolo fijamente por un instante. ¿Qué dice?

La sonrisa del hombre lo hacía ver como un gnomo ingenioso. ¿No ha leído los periódicos? preguntó innecesariamente. Yo asentí.

Todas las víctimas eran brujas y brujos, agregué. Todos solteros, excepto los dos primeros; todos con experiencia en magia de líneas ley. Contuve mi sonrisa, pues no me gustaban las líneas ley y las evitaba lo más posible. Eran la puerta de entrada al más allá y la vía de acceso a los demonios. Una de las teorías más populares decía que las víctimas habían estado ensayando artes negras y simplemente perdieron el control. Pero yo no creía esa historia. Nadie era tan estúpido como para hacer pactos con un demonio . . . excepto Nick, mi novio. Pero lo hizo para salvarme la vida.

Edden asintió con la cabeza y observé su grueso pelo negro. Lo que han guardado en secreto es que todos fueron estudiantes de la Dra. Anders.

Me froté las manos. Anders, murmuré escudriñando mi memoria. Recordé la imagen de una mujer de cara delgada, mirada triste, pelo muy corto y voz chillona. Tuve una clase con ella. Miré a Edden y luego volví los ojos hacia el vidrio avergonzada. Llegó como profesora visitante a la universidad, mientras uno de los maestros tomaba un año sabático. Enseñaba líneas ley para brujos terrestres. Era una condescendiente detestable. Me reprobó a la tercera clase porque no pude recuperar a un familiar.

Edden gruñó. Esta vez trate de sacar una B para no perder el dinero de la matrícula.

¡Whoa! gritó Jenks con su vocecilla

Has llegado al final de esta vista previa. ¡Regístrate para leer más!
Página 1 de 1

Reseñas

Lo que piensa la gente sobre El Regreso de los Muertos Vivientes

4.1
54 valoraciones / 61 Reseñas
¿Qué te pareció?
Calificación: 0 de 5 estrellas

Reseñas de lectores

  • (4/5)
    This review first appeared on A Weebish Book Blog.Rachel Morgan may have dodged a bullet when she beat a death threat three months ago, but her life is far from stable. There’s a serial killer loose in Cincinnati targeting witches and Rachel has volunteered as bait. Her old boss continues to make her life unbearable, the FIB refuse to investigate Trent Kalamack ‘s involvement in the murders, and her relationship with Nick has hit a rough patch.Rachel and Jenks continue to captivate as their plans continue to go awry in the most unfortunate yet humorous ways possible. Jenks and his family have become favorite secondary characters of mine. He’s such a snarky, mischievous pixie and I can’t get enough of him! They’ve also become quite important to Ivy and Rachel now that they’ve settles into their church’s garden. The two learn very quickly that pixies take home security to a whole ‘nother level. Which comes in handy when a certain troublemaking heroine is almost getting murdered every other day.Ivy, however, is not adjusting well to living with Rachel. She continues to struggle with self-hatred and our heroine is learning all to well that rooming with a vampire who hates being a vampire is not the safest way to live. I guess it’s a good thing for Ivy that she picked a stubborn adrenaline junkie to become pals with.Ever since his appearance in DEAD WITCH WALKING, I’ve had doubts that Nick would make a good boyfriend for Rachel. Those suspicions were confirmed when certain truths about his “hobbies” came to light. Things have irrevocably changed between Rachel and Nick and I don’t see their relationship lasting very long.THE GOOD, THE BAD, AND THE UNDEAD left me anxious for more Rachel Morgan adventures as Harrison answered many unexplained questions from the first novel, and raised even more by the end of this one. The Hollows has quickly become a fast favorite and I encourage urban fantasy fans to add it to their TBR’s as well..
  • (2/5)
    Trent Kalamack is a great villian, completely bad and doing those bad things for all the right reasons.

    Rachel's bravery is starting to grow on me, as is her reluctance to become involved with Ivy.

    The world remains fascinating, and the tomato joke/threat will never get old.
  • (3/5)
    The Good, the Bad, and the Undead is tighter overall than Dead Witch Walking. There's one main plot that all the smaller threads feed into, and it's resolved more or less satisfactorily. I still struggle with Rachel's weird ambivalence about vampires - honestly, it feels more like gay panic than anything, some of the time. And Rachel's boyfriend, Nick, is so obviously bad news that his scenes are just exercises in frustration for the reader.

    But then, Rachel is not particularly perceptive, or very bright. She is still bafflingly fixated on Trent as the Source of All Evil, and she behaves like a poorly-trained dog when the mailman comes by every single time he appears, is mentioned, or is thought of. And... she's wrong. And it's really, really tedious to watch.

    So... it's not terrible. It moves fairly fast, and there are some delightful characters (Jenks is consistently funny, and if Rachel doesn't want Ivy, I'll take her.) Rachel herself still isn't a particularly sympathetic character, though.
  • (4/5)
    Much better than first book. There is more action but what's more important story is significantly better.

    But again little slow beginning.
  • (4/5)
    I really enjoyed this and will start the third in the series soon.

    The only problem I had with it was how slow the first half of the book was but it quickly picked up pace after the 50% mark and I was sucked into the story.
  • (3/5)
    This is definitely a bit trashy, but really a good read in spite of that fact. Ivy, Rachel Morgan's vampire roommate, is the most complex character. In my opinion, she is far more interesting than Rachel herself and completely makes the books. For Twilight fans, here is a darker glimpse into the world of a self-loathing, conflicted creature of the night.
  • (4/5)
    I connected with Rachel Morgan much more in this second installment in the series. Surprisingly (since I did not feel the same way about the first in the series), I literally couldn't put this one down and read it all in one sitting. However, I still don't like Rachel Morgan very much. She is incredibly careless, and her carelessness usually ends up getting someone else hurt. Nick, and especially Ivy, suffer because of her thoughtlessness and immaturity. Jenks' kids seem more mature than Rachel at times.
  • (4/5)
    Enjoyed this a lot but likely will not read any further in the series for now. This one gave me a sense of disquiet that will take a bit of time to get over....
  • (4/5)
    Pretty good book by Kim Harrison. I like this one more than the first book and will start the third book in the series right away!
  • (3/5)
    Fun story and characters, and much more interesting then the first book there were a few too many missing words, and parts that could have been cut for me to fully enjoy this somewhat laborious novel.
  • (5/5)
    The FIB, or Federal Inderland Bureau asks Rachel Morgan for help in catching a serial killer who is targeting key-line witches. Trent, who already is a corrupt councilman, comes up as a suspect, it isn't surprising that Rachel jumps at the opportunity to take him down.Rachel Morgan is still her bad ass self, living as a bounty hunter with her partner Ivy, who is a vampire with even more urges for Rachel. Then there is Jenks, the pixie assistant, who lives in the church with Rachel and Ivy, along with his whole pixie family. I really like reading about Jenks, he's got amazing spunk and will do anything for Rachel, always having her back not matter what.Kim Harrison's books seem awfully long, and I feel like I'm always dragging through the books. Well, the first two anyways. I will be continuing the series because I have fallen in love with each of the characters, and can't wait to learn more about them. 5/5
  • (3/5)
    I love the whole hollows series. Rachel, Ivy and Jenks pull it off time and time again. Magic, mystery and danger follow them where ever they go.Harrison just keepings getting better. Fantastic series for people who like urban fantasy but find the sexual overload necessary. I look forward to each and every book.
  • (3/5)
    I enjoyed, but I think I've come to the conclusion that this just is not my fave genre...
  • (5/5)
    Interesting as usual. Rachel is getting just a tad bit evil here ^-^Don't worry, she still rocks.
  • (5/5)
    Rachel is facing the witch hunter, a serial killer focusing on witches, in the second of this series. She and her best friend Ivy, a vampire who is struggling to stay on the wagon, must navigate the Hollows to find out who or what is committing these murders. Rachel also finds a rather unusual familiar for a ley line class that she takes. I felt that this book was another strong showing in this series. I love the characters (even the baddies) and had a really hard time putting this down.
  • (5/5)
    This second in the series holds up to the first. It answers some questions and continues to develop the characters as well as building the mythology of this alternate universe. Hard to put down.
  • (4/5)
    I was just as pleased with this book as I was the last. Rachael really makes a great main character, and the supporting cast and various villains and tasks she has to complete complement her nicely. I flew through this in a matter of hours, and I was amazed how well pretty much everything picked up and continued from the last book... I'm more used to things stopping and starting over, I guess. This book ends with less questions too, which I also liked, though the ending made me feel a little worse than last time, and I found myself wishing against several things that had happened. Nothing will stop me from continuing the series though, and I'm looking forward to picking up the next book.
  • (5/5)
    Man oh man, I like this series. I really hated for this one to end! I like Rachel, even if she tends to be bull-headed and downright stupid sometimes. I can relate to some of her indecision and refusal to see what’s right in front of her. The supporting cast of Ivy, Jenks, Nick, and even Trent Kalamack are back in this one, and this is one of the only series I’ve read lately that really has a continuing storyline through the books. There’s a lot of danger and mayhem, and a little more sex in this one than in the last. I can’t wait to see what’s in store for Rachel in the next books. The return of Detective Glenn, perhaps? This may not be high quality literature, but it’s fast and furious and fun, and a lot of the time that’s all I need.
  • (4/5)
    This was a present from a friend and to my surprise I really enjoyed it, especially as it is clearly part of a series and I haven't read the others.
  • (5/5)
    Kim Harrison's second Rachel Morgan book was just as engaging as the first. Harrison does a wonderful job threading her story and her magic. Rachel's life is a barrage of trouble and excitement. Rachel's adventures keep you enthralled and interested, while taking you down new paths. The introductions of new characters and the return of old villians combined with a more complex story provide hours of entertainment that are sure to have you wanting more. I was ready for book three when I finished this one.
  • (2/5)
    All of these books have a lot of humor and action. I love them.
    ",,,,A Fistful of Charms (Rachel Morgan/The Hollows
  • (4/5)
    A great series with believable characters who beat Anita Blake hands down for sheer believability.I want to know what happens next!
  • (4/5)
    The 2nd in the Rachel Morgan, bounty hunter series. Rachel is also a witch. Full of witches, vampires, pixies, demons, and more. This book was so much better then the first. It was fun, entertaining, suspenseful read. The last 100 pages you can't put it down. It's that good.
  • (4/5)
    The continuing adventures of independent runner Rachel Morgan. In this adventure, Rachel must find who’s killing all the Ley line witches in Cincinatti. Fun book, reminiscent of early Laurell K. Hamilton.
  • (3/5)
    Rachel is having troubles making ends meet after becoming independent runner in this sequel to dead witch walking. She is employed as an inderlander (supernatural population) expert by the FIB who is investigating a series of witch killings. The evidence points towards Trent - the big bad biodrug crimelord from DWW - being involved in the murders. During her investigation she commits herself to become a familiar to a demon, finds out that Trent is a - believed to be extinct - elver, and is attacked by several vampires, amongst those her roommate Ivy.The behavior of Rachel in this book is so stupid it became hard to stay engaged in the story. It seems as if the author couldn't come up with a more believable plotline, and then just took the path of least resistance and made her protagonist act stupidly and - I'd like to believe - out of character (If her character is that way I wouldn't want to read about her).
  • (4/5)
    High paced fun. The motif is continuing with the Clint Eastwood titles... but I'm not seeing them as the movies quite.Mysteries resolved, new things opened, but things carrying on sufficiently enclosed it would probably read OK on it's own. The core story is certainly good enough to be read alone even if the person reading it for the first time wonders a bit about the references to being a mink and so forth.
  • (3/5)
    Good: strong characters and plot; Rachel Morgan is an interesting protagonist.Bad: clunky, overwritten prose drags down the pacing, lessening the impact of the plot; Rachel's impatience and impulsivity makes her annoying at times; poorly-proofed copy.
  • (4/5)
    After reading Dead Witch Walking I went out and got the next three in series. I started this one right after Dead Witch, but decided I needed some space in between the books. This one picks up where Dead Witch left off, and you really have to read them in order, because she builds on the story. Ivy just keeps getting better and better for me.
  • (4/5)
    Someone's killing ley-line witches, and Rachel's on the case, which will unfortunately bring her back in contact with bad-guy Trent, tempting vampires, and the demon in whose debt she may find herself, AGAIN. Good and fast-paced, though I am finding Rachel frustrating and a bit disturbing. Seems to be going in the Anita Blake erotic direction...
  • (5/5)
    This is seriously good – a first-class entertaining romp through the world of Rachel Morgan’s paranormal existence. The Good, the Bad and the Undead, as a second book, holds a pleasing continuity with the first; happily for me, answering many of the queries posed previously whilst also addressing the issues I felt problematic. And retaining a very necessary comic turn…Despite no longer under a death threat Rachel still has problems earning her rent money; her agency Vampiric Charms failing to supply a significant income, especially when her clients refuse to pay for services rendered – if inadvertently superfluous! Hence Rachel is unwilling and unable to refuse the terms and conditions demanded when asked by the Federal Inderland Bureau to help in solving a recent series of horrific deaths of ley-line witches; murders which are still occurring with unsettling frequency. The subsequent investigation entwines all her associates, the FIB, the enigmatic Trent Kalamack, plus her boyfriend Nick, in a series of action-packed, fast-paced incidents that ultimately disclose many of the unknowns in the entire story-line; the design behind Ivy and Rachel’s relationship, the actuality of Trent Kalamack, and just who summoned that demon intent on killing them both! Oh, and so much more about ley-line magic and Rachel’s father than ever expected!There is a texture to this premise, which the author has contrived, that I find difficult to define; suffice to say it accommodates intelligence and an ease to the story-telling complemented by an abundance of well-drawn personalities, all which satisfy on many levels. The mystery, the cunningly-conceived magical elements, the attitude, the wit, and the plot itself, all meld to provide an intricate, entertaining and gratifying mix, balanced skilfully between authenticity and fantasy; with no qualms at revealing the blacker aspects of the main characters. We get to meet Rachel’s mum, as does Nick – such fun taking the boyfriend home to meet the folks. And become privy to, possibly, way too much about her childhood... food for future thought that is. And left, still, with much unresolved, even if the finale is most agreeable!Quite exquisite, this is a rollicking good read! The originality, and the reality, of life in The Hollows is a clever and fascinating conception, with enough humour to offset the intrinsic darkness of this world. And if this series, with their cleverly-titled books, are meant as some small homage to Clint Eastwood and his movies; to Ms Harrison and her classy creativity I say: “go ahead, make my day!”(April 11th, 2009)