Harper's Bazaar España

Mon Amour

alía a la terraza con un mando a distancia en la mano. No subía más de cuatro palmos. Era como si su pueblo natal, Sant Climent de Llobregat, la estuviera esperando. «Buenas noches, Barcelona», gritaba al vacío mientras cantaba en un inglés inventado. Al vacío, porque nadie estaba mirándola. Bueno, sí, su vecino de al lado, el mismo que iba a su casa y la sonrojaba cuando le decía a su padre: «Ya escuché el concierto que dio ayer la Aitana». Jugar a ser cantante era su pasión, pero la realidad era otra muy diferente: la del sacrificio. Su progenitor llevaba trabajando desde los 13 años en la misma empresa; su madre se ocupó durante años en una fábrica textil para luego montar

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