ACABARÁ EL SEXO CONVIRTIÉNDOSE EN UN ALGORITMO?


¿Puede existir una ciencia acerca del hecho sexual humano y de los consecuentes procesos de sexualidad y erotismo?
El titular del periódico, en su apartado de «Salud», lo enunciaba de esta manera: «Esta es la fórmula para calcular la edad a la que tienes que perder la virginidad». Así, y según augura el enunciado, del mismo modo que puedes, aplicando una fórmula, conocer la longitud de la hipotenusa de un triángulo rectángulo del que sabes la medida de los catetos, puedes conocer a la perfección cuándo te toca perder la virginidad. Cosa que es un gran alivio y un gran avance en el desarrollo dinámico de la sexualidad de las personas, pues, por ejemplo, las madres podrían decir a sus hijas, «hija mía, recuerda que el jueves 24 a las seis de la tarde te toca perder la virginidad», evitando eso tan farragoso y arriesgado de los antiguos «prefórmula», de tener que jugársela, de tener que asumir su propia libertad individual y las responsabilidades consecuentes que comporta. Además, la fórmula no solo evitaría la existencial incertidumbre, sino que proporcionaría con exactitud milimétrica aquello que los antiguos griegos llamaban el (el tiempo propicio) o dicho más claro, la optimización, el momento óptimo, del mismo modo que mi lavadora sabe perfectamente en función de la carga de ropa y del tipo de tejido cuándo soltar el detergente, o mi coche sabe con absoluta precisión, en función de dos o tres variables, mandar a tomar viento el modo en el que yo decido frenar porque él, con su reluciente algoritmo del ABS, sabe mucho más que yo y sabe mejor lo que me conviene. Pero el enunciado periodístico (al que naturalmente se le supone credibilidad) no solo se limita a hablar de una fórmula, sino que recalca dos términos más: la mencionada «virginidad» y el imperativo «tienes». Lo primero da por hecho es que existe una ciencia que
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