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LA CIENCIA ES MI PASTOR

El año pasado, más de 20 sociedades científicas de España protestaron porque la nueva ley educativa presentada por el gobierno de ese país -aún en proceso de aprobación- reduce la presencia de las matemáticas como materia obligatoria en el bachillerato. Esta asignatura se imparte en los institutos de ciencias y de humanidades, pero no en el de arte, algo que ha sido así desde hace muchos años, con sus ciencias, letras mixtas (con matemáticas) y letras puras. Desde hace décadas, en España hay estudiantes que a los 16 años dejan de tener contacto con la ciencia, algo chocante en el mundo moderno.

Esta separación entre letras y ciencias es un ejemplo de la guerra soterrada que se libra en la trastienda de las universidades desde hace 200 años, cuando el Romanticismo se apropió de las humanidades y chocó con la Ilustración, el terreno de juego de la ciencia.

A mediados del siglo XX esta grieta entre dos movimientos intelectuales se convirtió en un profundo abismo. El reconocimiento público de tal división tiene fecha de nacimiento: el 7 de mayo de 1959, el físico y novelista británico Charles P. Snow impartió en la Universidad de Cambridge una conferencia titulada Las dos culturas, en la que mostró no sólo el desencuentro entre ambos mundos, sino el desconocimiento que cada uno tenía del otro. “Mientras el gran edificio de la física moderna crece, la mayoría de la gente inteligente en Occidente tiene el mismo conocimiento científico que sus antepasados del Neolítico”, afirmó con crudeza Snow.

Los desencuentros suelen terminar en contienda, y poco a poco se fueron alzando voces cada vez más críticas con la una forma de pensar relativista, antirracionalista y vitalista: “La ciencia -escribió en su obra es sumisión, consiste en dejarnos guiar por la naturaleza de las cosas”. ¿Y qué decir del sociólogo polaco Zygmunt Bauman (1925-2017), que culpaba del Holocausto al ideal ilustrado de “rehacer la sociedad y forzarla a adaptarse a un plan global científicamente concebido”? La famosa Escuela de Fráncfort, un grupo de académicos que buscaba elaborar una teoría crítica de la cultura y la moral occidentales desde un punto de vista marxista, tiene como obra fundamental (1944), de Theodor Adorno y Max Horkheimer. En este libro se defiende que el Holocausto no fue un hecho puntual sino una consecuencia de la Ilustración, que creó el concepto de razón como instrumento de dominio de la naturaleza y del ser humano. La ciencia sería otra herramienta más de control al servicio del poder.

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