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LA MUERTE NEGRA Y SU HUELLA EN EL ARTE

Señalaba Boccaccio en su célebre Decamerón que en tiempos de la peste negra la ciudad de Florencia se había convertido en una inmensa tumba. Al parecer, los propios florentinos se vieron obligados a cavar largos fosos para enterrar a sus muertos, que se acumulaban en las calles por cientos. Hoy sabemos que la urbe italiana llegaría a perder la mitad de su población durante el verano de 1348. La maravillosa Florencia, la ciudad de las artes que tiempo después resurgiría como cabeza del movimiento renacentista, se teñía de luto bajo un macabro manto del que nada ni nadie podía escapar.

Aunque en la Edad Media la convivencia con la muerte era especialmente cercana, nunca antes había alcanzado cotas semejantes a las vividas tras la llegada de la muerte negra. Y el arte, como manifestación que traduce los anhelos pero también las preocupaciones del ser humano, no pudo mantenerse al margen del mortífero episodio que recorrió Europa en varias oleadas desde 1347. Nuevas iconografías surgieron y la presencia de la muerte y sus consecuencias se hicieron especialmente evidentes, sobre todo mediante su plasmación en la pintura y la escultura de la época.

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