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TEMPLARIOS Los soldados de Cristo

Las órdenes caballerescas hunden sus raíces en la explosión de belicosa religiosidad que dio lugar a las Cruzadas. Este exacerbado sentimiento religioso se manifestaba en las peregrinaciones a lugares santos. Roma, meta tradicional de los peregrinos, había sido paulatinamente sustituida desde principios del siglo XI por Santiago de Compostela y sobre todo por Jerusalén, un destino lleno de peligros y obstáculos –salteadores de caminos, fuertes tributos para los señores locales, vejaciones de los musulmanes–que, no obstante, no disuadían a los fieles, seducidos además por la esperanza de hallar en Oriente aventuras y riquezas.

Así, tras la caída de Jerusalén en manos turcas, la Europa cristiana se movilizó para rescatar la ciudad de los musulmanes al grito de “Dios lo quiere” (Deus vult), frase que encabezó el discurso del papa Urbano II en el Concilio de Clermont (1095) en el que convocó la Primera Cruzada [ver artículo al respecto en página 38]. Las recompensas espirituales y terrenales prometidas hicieron que príncipes y señores respondiesen con prontitud al llamamiento del pontífice y, de este modo, la expedición militar culminó con la conquista de Jerusalén en 1099 y con el establecimiento de territorios latinos en la zona: los condados de Edesa y Trípoli, el principado de Antioquía y el reino de Jerusalén, cuyo primer monarca, entronizado en 1100, sería Balduino I.

Poco después, hacia 1118 o 1119 y ya bajo el reinado de Balduino II, algunos de los caballeros que habían participado

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