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FOPO: EL MIEDO CRECIENTE A LA OPINIÓN AJENA

Hace poco fui con mis hijas de ocho y cuatro años a la Green Expo de Manhattan —una feria de comercio justo y vida sostenible—, en Nueva York. Nos paramos en muchos puestos, aprendimos trucos sobre abonos para las plantas y técnicas para tunear ropa usada y nos concienciamos para darle la comida que sobra a personas sin hogar en vez de tirarla. Las niñas pasaron un rato en un espacio de juegos con recortables y telas recicladas que llevaba una comunidad de artistas sin ánimo de lucro. Te asaltaba una sensación de estar en un evento donde predominaban las ideas más avanzadas y una ética que hace sentirse bien a todo el mundo. El sitio perfecto para quedar bien, donde a cualquiera le gusta que le vean. De hecho no fui la única que lo sintió. Una veinteañera me pidió que le hiciera una foto en uno de los puestos —“Para mi Instagram”, explicó—, mientras donaba dos grandes maletas llenas de ropa. A cambio le pedí que me sacara otra a mí —“Para mi Facebook”, aclaré— con los collages que habían hecho mis hijas con retazos de telas. El postureo eco mola.

Si eres de los que pasan tiempo en las redes sociales, como casi cualquiera que tenga más de doce años, ya conoces la propensión a difundir cosas favorables sobre uno mismo en Facebook, Twitter, LinkedIn, Instagram, Snapchat y otras plataformas. Forma parte del autobombo, como explicó hace más de dos décadas el gurú del neuromarketing Tom Peter en su ensayo The Brand Called You (La marca eres tú), en el que animaba a los lectores a convertirse en agentes de sí mismos en un mundo laboral inestable y competitivo donde la reputación lo es todo: “Cada uno es el CEO de su propia empresa, YO S.A. La clave para estar en el mercado es dirigir la publicidad de esa marca que eres tú mismo”. Cualquiera que sea el contenido de tu actividad —escribir, dar consejos, cuidar niños, construir casas o vender cefalópodos de macramé—, dedicarás parte de tu tiempo, con más o menos descaro, a autopromocionarte. Como mínimo, tendrás una cuenta en LinkedIn. Las redes sociales no solo hacen más fácil la mercadotecnia personal, lo han vuelto obligatorio para encontrar empleo, montar un negocio, conseguir un bolo si eres músico o hasta tener una cita. Actualmente, el 70 % de los empleadores y casi el 80 % de las personas que buscan citas online recurren a las redes para valorar las propuestas. Yo misma he tenido que construirme un personaje virtual acorde con el perfil con el que me gusta que me vean, como escritora y periodista interesada por la cultura y preocupada por el medioambiente.

Pero todos pagamos un peaje, un coste emocional y parte de nuestro tiempo por mantener una identidad online, incluso los Según la consultora eMarketer, el promedio individual de presencia en las redes es de una hora y cuarto al día. Muchos usuarios mantienen una constante lucha interna a la hora de subir comentarios o fotos: “¿Me expongo demasiado o me quedo corto?”. La mayoría asocia la autoestima al tráfico social, al número de seguidores de fans, de amigos. Les preocupa saber quiénes son y qué pensarán de ellos, y así ceden buena parte de su identidad en el proceso de autopromoción. Craso error.

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