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EN EL REINO DE LOS DIOSES

A MI LLEGADA A ATENAS, cojo un taxi e indico el nombre de uno de los hoteles de cinco estrellas más céntricos de la ciudad. El conductor se exalta, y no sólo porque no parece hablar inglés. Mientras zigzagueamos vertiginosamente por las abarrotadas calles de la capital, comienza a pulsar frenéticamente su teléfono móvil y a llamar a sus amigos, ninguno de los cuales puede ayudarle. Cuando, finalmente, detiene el coche en la entrada del hotel, un recepcionista de pelo alborotado se acerca a recibirme, gesticulando, y me dice: “Le pedimos disculpas. Hemos tenido un problema, un gran problema. Así que le hemos reservado una habitación en otro de nuestros hoteles, que está a la vuelta de la esquina”.

El problema, consigue explicar el conductor, es que todos los baños del hotel se han inundado.

Cuando entro en el ascensor de mi nuevo alojamiento de lujo –tardamos 20 minutos en llegar a la vuelta de la esquina debido a las angostas calles de una única dirección–, me topo con dos sacerdotes ortodoxos de barbas pobladas con sotana y teléfonos móviles asomando de los bolsillos, que me desean, en un inglés sencillo, “buenas tardes”. El caos de las callejuelas que acabo de atravesar, el desorden de unos edificios bañados por la luz del sol que parecen elevarse y derrumbarse al mismo tiempo, las tumbas en medio de la ciudad… Me siento, con cierto regocijo, como si en lugar de en Europa estuviera en Beirut o Ammán.

La verdadera antigüedad de Grecia, pienso –y un eterno regalo para todo el que la visita–, reside en su vida cotidiana. En este viaje, mientras vuelvo a recorrer el trayecto que seguí hace 35 años, desde los clásicos yacimientos del Peloponeso (la desafortunada ciudad de Micenas y Epidauro, con su esencia sanadora) hasta la célebre casa de Ulises en Ítaca, me doy cuenta de de Benarés, en la India, uno se ve sumergido en el clamor y la devoción de los Vedas. Pero, en Grecia, es la ausencia de los avances modernos –de los rascacielos y las tecnologías de alta velocidad– lo que hace que uno se sienta como si estuviera caminando entre los antiguos filósofos y dramaturgos que nos transmitieron las nociones de y de catarsis.

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