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UN PANTANO DIVIDIDO

WASHINGTON es uno de los únicos lugares en Estados Unidos donde una elección transforma la vida social de la ciudad. Es cierto, mucha gente vive aquí sin darle importancia a los inquilinos de la Casa Blanca, sin embargo, gran parte de las conexiones sociales cambian cuando llega un nuevo presidente y trae consigo a miles de parientes ideológicos. En la era de Kennedy y Johnson, Washington se alineaba a la Casa Blanca: cenas glamorosas estaban de moda con JFK, seguidas por carnes asadas más hogareñas con LBJ. Sin importar el presidente, las listas de invitados solían ser las mismas para cualquiera de las fiestas, además de que el fraternizar ayudaba a mantener bien engrasados los engranes y palancas del gobierno.

No obstante, en los ochenta, en las administraciones Reagan-Bush, la vida social en D.C., así como en el resto del país, comenzó a polarizarse con los conservadores empoderados que llegaron con Ronald Reagan, quienes comenzaron a rechazar al establishment (aunque a Nancy Reagan le seguía gustando entretener, en la Casa Blanca, a sus amigos de Hollywood). Un patrón comenzó a notarse: los presidentes demócratas y sus equipos se relacionaban con lo más liberal de la ciudad, mientras que los republicanos comenzaban a ser aislados. Pese a ello, aunque George W. Bush estuviera en cama antes de las 10:00 p.m. y hubiera un choque cultural entre su clan tejano y la ciudad, los miembros de su administración no eran excluidos del todo. Durante su segundo mandato, él y la legisladora demócrata, Nancy Pelosi, quien se convirtió en vocera de la Casa de Representantes, tenían una buena relación, gracias, en parte, a los eventos sociales en la residencia presidencial, que ayudaron a prevenir una ruptura en el gobierno. Lo anterior fue un eco del, ahora legendario, comité entre Reagan y Tip O’Neill, quienes resolvían diferencias legislativas con whisky.

La era de Trump es diferente. Washington se siente como un territorio ocupado y cada interacción social se tensa con preguntas ideológicas e incluso morales sobre si es apropiado defender lo indefendible: mentiras, ataques a reporteros como si fueran enemigos del pueblo, meter a niños migrantes en jaulas, ayudar al encubrimiento del asesinato de Jamal Khashoggi. Tomemos como ejemplo a Juleanna Glover, una de las anfitrionas más conocidas en la ciudad. Su casa se ha convertido en una especie de oasis donde la lista de invitados está escrupulosamente limpia de partidarios y cercanos a Trump. Y Glover no es para nada demócrata; trabajó para John Ashcroft y Dick Cheney. De hecho, últimamente sus fiestas son el centro de la resistencia conservadora de #NeverTrump en (). “Podemos llamarlos los ‘no contaminados’”, bromea Glover sobre el tema. “Reunir a las mentes que piensan igual da esperanzas a la gente. Estás juntando a los intelectualmente disciplinados y que tienen principios. Aunque, también es muy segregante”.

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