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Detectives privados

En realidad, más que sus aventuras, a mí los que siempre me han fascinado son los detectives privados: el aura de misterio que los envolvía, el perfume de peligrosidad que los acompañaba. A los veinte años me compré una gabardina e intenté fumar en cachimba, pero lo dejé antes de que el ridículo me envolviese, cuando ya la vergüenza me acompañaba. Consumí el corpus sherlockholmesiano antes de cumplir los doce. Antes de los quince ya me habían presentado a Sam Spade y a Philip Marlowe en uno de aquellos cinestudios que salpicaban los barrios madrileños. Comprenderán, pues, que, cuando comencé a leer las novelas de Dashiell Hammett y Raymond Chandler, sus detectives se desenvolvían con los rasgos inequívocos de Humphrey Bogart. Como muchos chavales de mi edad, crecí con los private eyes ochenteros que amenizaban la televisión de entonces: Cannon, Ironside, Colombo, Mike Hammer… siguen indelebles en mi memoria. Comprendí que, a pesar de un escandaloso sobrepeso, una silla de ruedas o un rostro difícil de admirar, no dejaban casos por resolver gracias a un cráneo privilegiado. Bueno, tal vez el último, el detective que surgió de la mente febril de Mickey Spillane, hacía honor a su nombre martilleando las caras de los malos: en las novelas, jamás hizo un prisionero.

“Ya no hay grandes crímenes, Watson. La clase criminal ha perdido toda iniciativa y originalidad. A lo sumo cometen alguna torpe villanía con un móvil tan evidente que hasta un inspector de Scotland Yard puede advertirlo”.
La vida privada de Sherlock Holmes, 1970 (guion de Billy Wilder y I. A. L. Diamond)

Pero el detective que mejor aplicó su mente contra el crimen fue el hombre que, según el doctor Watson, hizo de la ciencia de la deducción un arte. Arthur Conan Doyle lo inmortalizó en unos sesenta relatos y en que Robert Downey Jr. perpetró hace unos años. Siento, sin embargo, debilidad por el Sherlock de Robert Stephen de (1970): tan elegante y sofisticado como la propia película de Billy Wilder. Algunos la rechazan por atípica dentro del repertorio wilderiano, pero no comprendieron nada. Todos sus temas están dentro, el de la eterna decepción en el ser humano, sobre todo. Como su maestro, Lubitsch, cambia de registro vertiginosamente, pasa del drama a la comicidad y de ahí a la farsa o el sentimentalismo casi en la misma secuencia. Al espectador no le confunde el tono porque Lubitsch poseía el “toque”, pero Wilder conocía lo que necesitaba su público en cada momento. Comprendió que el personaje trascendió el género detectivesco para convertirse en subgénero de pleno derecho: nos sirve todos los clichés esperados, acentuó el amaneramiento de Stephens y su ironía. Y no dudó en dejarlo sin palabras, sin posible réplica, para transmitir su desengaño romántico e intelectual, cuando su hermano Mycroft le comunica que la mujer a la que comienza a amar trabaja para el enemigo.

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