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TEMPLARIOS EN LA PENÍNSULA IBÉRICA

La presencia de los monjes-guerreros en tierras peninsulares es muy temprana. En 1128, tan solo ocho años después de la fundación de la Orden del Temple en Jerusalén, doña Teresa, reina de Portugal, cedía el castillo de Soure, en Braga, al eminente caballero templario Raimundo Bernardo. Tres años después, era el conde de Barcelona, Ramón Berenguer III, el que sorprendía a sus súbditos ingresando en la orden poco antes de fallecer, tras haber cedido el castillo de Granyena en Lérida.

Más tarde, en 1132, el turno es para otro conde, Armengol IV de Urgel, quien cedió a los caballeros de la Orden templaria la imponente fortaleza de Barberá, caracterizada por encontrarse en la primera línea del frente contra los musulmanes, por lo que resultaba evidente el interés que tenía el conde de involucrar a estos prestigiosos guerreros en la defensa de unas tierras que hasta ese momento habían sido escenario de numerosas refriegas entre cristianos y musulmanes.

Más sorprendente resultó, si cabe, la elaboración del testamento del rey aragonés  , que en 1131 declaraba su voluntad de dejar todas sus posesiones

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